Un poeta nuevo

Luis Tejada
(1898-1924)

Este país es esencialmente conservador en todos los aspectos de su vida, pero singularmente en lo que se refiere a la literatura; nadie experimenta aquí la inquietud del porvenir, ni siquiera del presente; todos somos inmunes a los gérmenes de renovación y preferimos encerrarnos en la contemplación del pasado, antes que adoptar una actitud de simpatía activa incorporándonos a la agitada vida que transcurre fuera, uniéndonos por algún hilo vital al mundo conmovido y maravilloso que va en marcha hacia adelante; se cree que la circunspección clásica, que el encerrarse dentro de ciertos moldes trasegados y consagrados es una postura elegante; puede serlo quizá, según lo que se entienda por elegancia; pero, en todo caso, es también una postura perfectamente imbécil y estéril.

Nuestra lírica, sobre todo, está retrasada cincuenta años; se hacen versos, más o menos como los hacían a fines del siglo pasado, Baudelaire, Verlaine y el bueno de Rubén Darío, que en paz descanse; pero toda la agitación lírica que desde ellos hasta hoy se ha producido en la tierra, permanece inadvertida para la sensibilidad de nuestros poetas; todas las inquietudes de los últimos veinte años les merecen, a los que por casualidad tienen noticias de ellas, cuando más una sonrisa, pero nunca un gesto de comprensión ni mucho menos una simpatía estimulante.

Por eso, pasan muchos días antes de que quien se inclina con angustia expectante sobre el panorama nacional, atisbando la aparición de un valor nuevo, vea al fin lo que esperaba. Yo creo, sin embargo, haber tenido ahora esa fortuna y mi alegría efusiva puede compararse a la del pillete que hallara de repente en la calle una libra esterlina. ¡Ah, es bien raro encontrar entre nosotros ese hombre nuevo, que rompa con el pasado, que aparezca con su personalidad genuina, que traiga un poco de materia sorprendente en su obra!

Yo presento hoy, y reclamo para él, el título de poeta en el mejor y más noble sentido de la palabra, a Luis Vidales; sé que sus versos no irán a gustar todavía a esa gran masa de público rutinizada en el viejo sonsonete parnasiano, sin alma y sin médula, que nos dan diariamente los que confunden la belleza con la sonoridad vacua y pretenden hacer poesía escalonando adjetivos arquitectónicamente, o decorativamente, como se escalonan baldosines de colores.

La poesía de este muchacho es, en esta primera etapa de su obra, una poesía de ideas, sobria y sintética; él no sufre la voluptuosidad rudimentaria del color ni de la forma: sufre la voluptuosidad de las ideas puras y, lo que es todavía más revolucionario y excepcional entre nosotros. las presenta en una forma esencialmente humorista. El humorismo es, siempre, una actitud trascendental, y hasta podría decirse que todo gran pensamiento es humorístico; el humorista posee una visión cósmica del universo: mira siempre las cosas, y sobre todo, la esencia de las cosas, desde un punto de vista eminente; no hay humorismo desde luego en el juego vulgar de palabras, ni siquiera en el contraste simple de situaciones externas, como lo hace Luis C. López; no hay humorismo sino en la comparación de ideas, o de series de ideas, confrontándolas entre sí o asociándolas a pequeñas cosas de manera que determinen un contraste trascendental, que al encerrarlas dentro de un leve marco vulgar, nos den sin embargo una sensación de infinito; así, al tocar las menudas cosas cotidianas, el poeta no pierde su situación eminente, su punto de vista universal y esencial. ¿Y en este sentido cósmico de la vida y del mundo, no está realmente la verdadera, la única poesía?

Luis Vidales posee estas características primordiales en un grado todavía incipiente, puesto que apenas empieza a escribir y a pensar, pero lo suficientemente acentuado ya para construir un valor efectivo, excepcional y admirable en nuestra poesía de hoy y de mañana.

(1923)

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