La cola

Luis Tejada
(1898-1924)


Aquel griego sutil que amputó la cola a su perro en un rapto de irónico buen humor, no adivinaba quizá en toda su magnitud el significado profundo, con proyecciones espirituales, que ese apéndice carnoso y peludo tiene en relación con la vida de los animales superiores.

En la cola reside indudablemente el equilibrio físico, y yo creo que también el sentido del equilibrio intelectual de los mamíferos. Me dicen que un pobre perro sin cola es incapaz de pasar un puente estrecho; esto, aun cuando no fuera cierto, es verosímil y lógico. La cola es para el animalillo como la palanca que el bailarín lleva en la cuerda y que le ayuda a distribuir las fuerzas y los pesos, cuando el cuerpo va a inclinarse demasiado a un lado o a otro. La palanca es la cola del bailarín; le infunde confianza, le encuentra no sé qué invisibles puntos de apoyo en el espacio y lo guía a lo largo de la cuerda, sin que se interrumpa esa situación sutilísima y matemática que llamamos equilibrio.

Ahora bien: un perro sin cola es, además, el pequeño ser melancólico y chiflado por excelencia; ambulante y lleno de leves caprichos, parece que un eje secreto se ha roto en él, que falta a su vida una dirección precisa y ordenada, que su existencia ya no tiene razón de ser porque ha perdido su fin ideal. No me extrañaría que ese perro se hiciera misántropo y hasta que empezara a elucubrar teorías metafísicas y a preguntarse qué puede haber más allá de la vida y cuál es el principio y el fin de las cosas. Claro: el infeliz ha perdido el sentido del equilibrio intelectual, se ha desorbitado, es casi un hombre.

¿Y el hombre? ¿La falta, o mejor dicho, la pérdida de la cola ha influido en él espiritualmente? Porque es innegable que el hombre tenía cola; cualquiera puede cerciorarse personalmente, palpando con discreción los vestigios ancestrales de ese adminículo que llevaron, completo y movible, nuestros abuelos remotos.

En el hombre actual la falta de cola es un defecto verdaderamente esencial, que yo no he podido resignarme a aceptar del todo; a veces en la calle pienso que todos los que van delante de mí, la llevan cuidadosamente enroscada debajo de la americana, y me asalta la extraña presunción de que yo soy el único que no la tengo, convirtiéndome por eso en el ser más desgraciado de la tierra.

Pero en fin: sea que haya ido extinguiéndose lentamente o que un dios caprichoso - como Alcibiades a su perro - la recortó de un tajo en alguna mañana inmemorial, lo cierto es que esa deficiencia ha influido en el hombre de una manera definitiva. ¿Por qué entonces, afirmaba Pascal "que el hombre es el único ser imperfecto" y por qué solía decir el doctor Garavito, que el hombre "es un animal loco"? Os ruego que meditéis en esas dos frases, buscándoles la sutil analogía que tienen; sí, el hombre es un animal loco e imperfecto; una ruptura primordial lo ha descentrado, lo ha dejado sonámbulo y errabundo dentro de la eternidad; lleno de apetitos inconmensurables, de extraños anhelos, de torturantes cavilaciones, el hombre tiende siempre a salirse de la órbita que le ha sido designada en la naturaleza. La sabiduría y la perfección de los otros animales, sobre todo de los que tienen cola, está en el sometimiento inconsciente y maravilloso a su destino; el caballo, por ejemplo, nunca desearía dejar de ser caballo; tranquilo y feliz, vive sujeto a su sino, y no trata de salirse de la escala que le corresponde en la naturaleza; es perfecto. El hombre, en cambio, trata de modificarse a sí mismo, lleno de ansias infinitas, complicando su existencia cada día un poco más; solo en él se encuentra el descontento metafísico, la inconformidad trascendental; solo él no es feliz. En relación a los otros animales, el hombre es como el cometa, ambulante y perdido, en relación a los astros que poseen su órbita fija y la recorren ecuánimes, sencillos, humildes, desde el principio hasta el fin de los tiempos.

Y es que al hombre le falta una batuta, una palanca, un índice que guíe y sostenga su equilibrio; al hombre le falta la cola, cabo flexible y prodigioso que amarra la inteligencia loca a la realidad de la vida.

(1924)

La Rana Dorada