Asesinos del pueblo
Luis Vidales
(Bogotá, abril de 1948)

Publicado en el diario "Jornada". Reproducido en el libro La insurrección desplomada (El 9 de abril, su teoría, su praxis) , Editorial Iqueima, Bogotá, 1948, págs. 11-13.



¡SE LES CAYÓ el muerto encima! Era pesado el cadáver, y cayó como el inmenso cedro, dejando un gran boquete en la selva...

Si la patria está rota, no la desportillaron sus edades, que es aún joven y hermosa. Los bocados que muestra en su estructura son la huella del gigante, al caer sobre la estatua de su propio cadáver...

"Asesinemos en él al pueblo", dijeron los bandidos, los de siempre, los que nos acompañan de mala gana a forjar nuestra historia. ¡Los mismos! Los que odian a la plebe. Los que odian a la chusma. ¡Los mismos! Los que hace veinte siglos escupieron y crucificaron a Cristo. "Asesinemos en él al pueblo", dijeron otra vez, como entonces, como siempre que surja un apóstol de la pobrería, mientras tenga aliento de serlo. "A él, al defensor de los haraposos! Al que prentende menguar la bolsa de nuestras rapiñas y nuestras exacciones"... Así dijeron los protervos, que creyeron que en él asesinaban al pueblo. Pero mientras el pueblo en su conjunto no pierda la vida -lo cual es imposible- subsiste la posibilidad de victoria.

Y he aquí que el apóstol está ahora más vivo que nunca. Está en el aire de la patria. Su voz se quedó resonando para siempre en las aldeas, en las hondonadas, en los picachos andinos. El susurro de nuestras brisas la lleva. Está más adentro, en el alma del pueblo. Sobre el Nevado del Tolima el viento resuena: ¡A la carga! Y sobre El Ruiz y Santa Isabel, y el Puracé y el Galeras, grita el profundo corazón de Colombia: ¡A la carga! Y las palmeras, y los platanares y los trigales, modulan unísonamente: ¡A la carga! Y lo que dice el Magdalena en su hondo rumor, es: ¡A la carga!

Los asesinos que en él quisieron matar al pueblo no podrán ultimar al aire, a la atmósfera, al cielo de Colombia, allí donde él quedó vivo, y en permanencia perenne, ya librado de toda fugacidad y transitoria envoltura. Vedle ahí, cerca de ti y de mí, en nuestro hogar, junto a nuestra meditación, cerca a la lumbre, o a nuestro lado en la calle. El está aquí, con nosotros porque él es el pueblo, y el pueblo es eterno. En este barro heróico está él redivivo. Y por eso, en medio de la confusión en que nos deja su muerte, oímos una voz clara, firme y rotunda, que no sabemos si es de él o del pueblo, que nos dice, con modulación persistente: los peligros, por grandes que sean, nada valen; lo importante, es estar seguro de los medios de vencer .











Gaitán, héroe civil de la República
Luis Vidales
(Bogotá, abril de 1948)

Publicado en el diario "Jornada". Reproducido en el libro La insurrección desplomada (El 9 de abril, su teoría, su praxis) , Editorial Iqueima, Bogotá, 1948, págs. 15-38. El autor hizo ligeros cambios de forma en 1989, los cuales se incluyen en esta publicación.



I

NO HAY DÍA que no me sienta asombrado del inexhausto poder de resistencia del hombre ante la miseria invasora. Se diría que nada le importa si la desventura lo acosa. Nunca será lo suficientemente inevitable la ruina a sus ojos. En el peor de los casos, en el más grave, cuando parece que ya no puede apelar a sus reservas espirituales, siempre tendrá una justificación interior para esperar "algo" de la vida. ¡Oh, ese terrible "algo"! Tal vez allí reside el principio escondido del retardo de las revoluciones. O, acaso, que aquellas que maduran en el devenir de los pueblos, pasan, sin ser a veces advertidas siquiera. Porque siempre es indispensable que se presente un momento de tan solemne gravedad, de tan tremenda evidencia, ante el cual pueda ver el hombre la muerte —su muerte— como cosa insignificante, inferior en todo caso a su propia desgracia. En este "tempo" preciso, las insurrecciones deben, seguramente, ganar sus soldados.

Hace tiempo que nosotros estamos en este momento, casi sin darnos cuenta de ello. Hace años que nuestra gente está decidida a solucionar de una vez el problema. ¡Tanta acumulación de abandono y miseria ha caído sobre ella! ¿Y sabéis lo que hacía Gaitán?

Atemperaba esa masa, la ponía —¡casi nada!— al ritmo del clima histórico colombiano. Ni muy atrás que se apagara; ni muy adelante que se incinerara. La mantenía en la tónica justa, la propia al estado del progreso nacional. Le avivaba su viejo dolor, es cierto, porque así la dotaba de la espuela mística. Pero la retenía en los términos de la vieja revolución liberal.

No. Ni siquiera en los términos de esa vieja revolución, porque a la guerra civil, a la guerrilla insurgente por nuestros riscos, de que llenamos tramos enteros de nuestro siglo XIX, él anteponía la guerra civilista, la contienda ciudadana y política, algo así como una "guerra en frío", de que ahora se habla, aunque en efecto fuera "caliente". Al vivac de ayer, oponía la urna, en la que tenía fe absoluta.

El esquema de la historia nacional le daba la razón incontrovertible. Nos habíamos desarrollado sobre un plano único de conquistas políticas y filosóficas. Por ellas cruzamos la espada en la centuria anterior, para afianzar la democracia y hacer de la república la morada común. Pero dejamos intocado el mejoramiento económico de las gentes de abajo. Les dijimos: "Vosotros, los pobres, podéis libremente razonar, leer y oír, opinar y votar, si os place, enteramente a vuestro talante". Pero la república no acompañó su monserga filosófica, concretamente, con hechos como los de Cristo en la misa: "Comed y bebed, este es mi cuerpo". Francamente, la república carecía de cuerpo para tanto, porque la nación se había convertido en patria prematuramente.

Y he aquí lo que Gaitán quería: completar esa transformación. A las libertades política y filosófica que ya tenían, como herencia de la gesta emancipadora, Gaitán buscaba ponerles ahora la gran libertad moderna: la libertad económica, que ya era el objeto de sus luchas profundas.

Jamás, nunca, en ningún momento de su vida política, ni en el más fugaz siquiera, consideró que para hallar la libertad económica del pueblo fuera necesario recurrir a la revolución armada. Tenía plena confianza en los instrumentos de la lucha democrática de tiempos de paz. Se asentaba esa confianza en el sólido suelo de que el liberalismo era la mayoría en Colombia. Cuando habló de "paro nacional", había que entenderle que hablaba de prevenir —y castigar— el posible desconocimiento de la realidad democrática. En forma similar marchaba al implantamiento del programa de la oposición, que había estudiado con sumo cuidado, para detener las masacres y aproximar la realidad de la reconquista, cuando este acto le fue significativamente paralizado, al troncharle la vida.

Pero hay que repetirlo. Nunca, en ningún momento de su vida política, jamás abrigó el pensamiento de un golpe de fuerza. Cuatro días antes de ser inmolado, tuve de sus labios la explicación de esta invariable conducta. Sabido es que en las zonas públicas —creo que en las militares incluso— se hablaba con frecuencia de esta posibilidad, ligada al nombre de Jorge Eliécer Gaitán. "Mi rechazo a una salida de esta índole, me dijo, se basa en una profunda convicción. Creo que en la mayoría de los países de América Latina, el golpe de cuartel y el golpe de Estado sólo han podido convertirse casi en leyes históricas debido a la ausencia de partidos tradicionales, de un hondo legado histórico y de peso realmente especifico en la vida nacional. Por lo mismo, entre nosotros no prospera esta forma violenta de alternabilidad en el mando. Nuestros partidos, con un pasado de cien años, serán siempre, una valla a esas pretensiones. Gobiernos surgidos de tal cuna, no son capaces de afrontar a la opinión en Colombia. La nación los tumba a sombrerazos".

¡Es de este hombre, de este mismo hombre, de quien se han atrevido a decir que preparaba una revolución con los comunistas! ¿Qué se pretende con esa leyenda? ¿Qué cosa se esconde en este asesinato? Porque no esperarán —supongo— que el pueblo acepte el infundio. Al contrario. A mucha gente le viene pareciendo que este asesinato se sitúa históricamente dentro de los que suelen cometerse en vísperas de guerra mundial. Es decir, en el preciso instante en que fue asesinado Rafael Uribe Uribe; en el mismo en que cayó Jaurés en el “Café Croisant", en París. En el mismo... Pero no sigamos la lista. ¡Hay asesinatos en la historia, de un tipo específico inocultable!

II

ERA UN PENSADOR, no solamente por cuanto su profesión de penalista lo había conducido a ahondar en el alma humana. Quienes le acusaban de demagogo, lo veían lateralmente por el aspecto del orador tumultuoso. ¡Fue el más grande agitador de Colombia! Pero sus ideas, sus tesis, sus puntos de vista, eran sorprendentes de originalidad y de hondura. Buceaba en las cosas, taladraba con el berbiquí del análisis, cortaba con el bisturí del cirujano, con precisión asombrosa.

Su honda meditación, que en el ultimo tiempo de su vida lo abstraía en una fijeza muy parecida a la de algunos de los retratos de Bolívar, lo mostraba poseedor de un sutil instrumento de observación. Daba la impresión de algo así como un poderoso telescopio tras el cual se hacía luz cenital el universo de los objetos y los objetivos, como si fuera un cosmos subterráneo. Todo lo relativo a Colombia giraba en su torno con pasmosa precisión, como si fuera una "patria doméstica".

Su idea de la "mecánica política", por ejemplo, era el producto de reflexiones muy hondas sobre la sociología nativa. Veía en esta "mecánica" uno de los rasgos distintivos de nuestra incipiente estructuración nacional. La política, pero la política en su expresión electorera, de arribismo y preeminencias sin respaldo personal, lo era todo. Quien triunfaba dentro de ese engranaje aparecía como el "tipo de hombre", el representativo máximo del colombiano. A él los honores. A él los aplausos. A él los puestos de excepción en la consideración nacional. Era el epicentro de la atención pública. El héroe. El prototipo al que los demás querían parecerse. En Rusia, solía decir, el "tipo nacional de hombre" es el trabajador. En los Estados Unidos el "rey del jabón", el "rey de los palillos de dientes", en suma, el héroe industrial. En Francia, en cambio, es el hombre de letras. Si André Gide entra a un lugar, la gente se agita; la respiración de Francia se paraliza por unos minutos. Si el presidente de la república, en cambio, sale del "Elíseo", el ciudadano francés casi no se da cuenta del hecho. Entre nosotros, decía, la deficiente densidad cultural hace que el poeta, el escritor, se vean obligados a ingresar en esa "mecánica" para poder sobresalir. Su simple oficio no le acarrea los atributos del éxito. Pero si ha sido representante, senador o candidato a la presidencia, adquirirá gran prestigio, y lo curioso es que lo obtendrá como poeta. Aquel que no haya pasado por ese mundo de las bielas y los tornillos y los cigüeñales de la máquina politiquera, podrá ser un gran poeta —incluso un inmenso poeta—, pero permanecerá poco menos que ignorado por el país. Habrá siempre una elisión de su vida, porque solo hay entre nosotros verdadero triunfo en política. Esos son los casos, solía agregar, de Guillermo Valencia y de Porfirio Barba-Jacob.

Discurría sobre filosofía, ciencias y literatura con propiedad asombrosa. Hacía la disección de un libro, como experto lector que era, con destreza de crítico. Estaba al día en infinidad de cosas graves y abstrusas. Solía estar de acuerdo con sus juicios, y únicamente en arte guardábamos cierta distancia que no era solamente de gustos. En nuestra vida de París algún día llegamos acompañados de Moisés Prieto, al "Cine de las Ursulinas", un modesto teatrico en una calle escondida, donde se daban las películas más sorprendentes sobre los experimentos de Picabia y de otros, que querían demostrar que el cinematógrafo es —en su esencia— movimiento y ritmo. La película que se pasaba esa noche mostraba una serie de formas geométricas que se agitaban produciendo las más extraordinarias sugerencias de cosas vividas por el espectador. Pero de pronto, la tremolina se armó en la sala. Medio teatro comenzó a silbar y patear. El otro medio compuesto de fanáticos del arte nuevo, aplaudía y vivaba con ardor increíble. Gaitán era de los impugnadores. Yo de los defensores. En la platea se habían ido a las manos. El espectáculo fue suspendido. Y Gaitán y Prieto salieron debatiendo conmigo sobre los nuevos destinos del arte. Pocos días antes de su muerte, aquí en "Jornada", me recordó el episodio, en todos sus detalles, con memoria realmente feliz. Después de veinte años, Gaitán no había cambiado su punto de vista. Y yo, el mío, tampoco.

Tenía ciertos rasgos definitivamente de genio. ¡Cuán equivocados estaban quienes lo creían mal político! En los últimos tiempos había aprendido ese paso de gato, esos pies de lana, que es la política. Y, de todas maneras, había algo grande en su fondo. A veces adoptaba una actitud silenciosa en la que se posaba un vasto horizonte, como de presagios o de esas cosas interiores que los meditadores ven a distancia. Una especie de ensanchadura histórica lo rodeaba entonces casi físicamente como un halo. Jamás se lo dije. Pero para mí, mudo también frente a él, era un hecho objetivo. Mas cuando discurría le pasaba lo mismo. Era este el Gaitán maduro. La versión de un Jorge Eliécer Gaitán, que yo conocí y observé con asiduidad silenciosa, en la última etapa de su prodigiosa existencia.

III

COMO EN TODO gran hombre —o todo verdadero poeta— en él había mucho de niño. Era muy fuerte el contraste entre su personalidad tajante, rotunda, de hondo pensador político o de líder tocado del golpe seco del mando, autoritario y violento, con aquel aspecto infantil, candoroso, de acusadas suavidad y dulzura, que en ocasiones lo visitaba. Pero no era solamente la ternura. Era algo de travesura de chico, afanado por sorprender con pilatuna inocente. "Voy a llevar a Rómulo Betancourt, me decía, a que observe nuestro movimiento liberal en algunas ciudades. A que conozca a este gran pueblo nuestro. Pero quiero que todo sea desprevenido. Sin que lo sepa, concertaremos las recepciones. ¡Se va a llevar una sorpresa! No se sueñan en el exterior lo que tenemos aquí". Y esas dos personalidades alternaban en él —jefe y niño, niño y jefe— en un cabrilleo dialéctico que le prestaba una irresistible atracción. Ahora lo veo en las dos posiciones de su grande alma, con claridad que su misma presencia no me permitía fijar. Y sé que solo se comprende lo que ha existido; más aún: lo que ha dejado de existir.

Amaba al pueblo con amor entrañable, sincero. Su inteligencia, su viveza mental, su chispa de humor, su rápido sentido de orientación, el ánimo dispuesto a la defensa de sus derechos más caros... ¡Qué no decía Gaitán de su pueblo! Lo llevaba en el alma. Era el más grande pueblo de América.

De esta profunda compenetración surgió para mí el Gaitán más conmovedor, más grande y más puro. Era un espectáculo verlo. Estaba galvanizado, incinerado, fundido —no sé como decirlo— en su pueblo. Casi no era ya un jefe de partido. Amaba el liberalismo, era hijo auténtico de la gran tradición liberal. Pero se salía de los marcos estrictamente banderizos. Gaitán ya era más que eso, si cabe decirlo. Era, en la última etapa de su vida, un gran líder social. ¿Me explico? Amaba al pueblo, al liberal y al conservador, ya sin distinciones de bandera política. "Aquí si es cierto que las fronteras se acaban, solía exclamar. Tanto, como entre los oligarcas". Sus frases: "El hambre no tiene color político", "las enfermedades no son conservadoras ni liberales", respondían a su íntimo sentimiento sobre nuestra lamentable realidad nacional.

Es así como había penetrado a un punto de partida —más histórico y sólido, realmente— desde el cual dominaba una concepción infinitamente más vasta y mucho más generosa de su tarea política. Sus discursos están saturados de este espíritu eminentemente social. Pero es en las conversaciones donde esta personalidad de la etapa final de su vida resplandece con más intenso fulgor. Era de ver el asombro que le causaba la frialdad de la opinión dirigente, y de los propios jefes liberales, por las masacres de cuño oficial. "Desangran al partido, decía, mutilan hogares humildes y honrados, y nadie se conmueve por ello. Colombia está atravesando, definitivamente, por una crisis profunda. Todos los valores morales están subvertidos. De ahí nace el asco que me da la política. Cada vez más me invade la repulsión ante esta cosa viscosa, ante esta política que sólo entiende de vilezas, emulaciones bastardas y engaños groseros. No soy yo para esto. A mí solo me interesa lo grande, lo humano. Y es que lo humano es lo único permanente, lo único no transitorio. Todo lo demás puede pasar: partidos, hombres, instituciones. Sólo lo humano queda".

A esta concepción en que su personalidad se demoró en la fase final de su vida, le daba Gaitán su característico fervor y el caluroso entusiasmo que solían distinguir sus empresas. A mí, este nuevo Gaitán, forjado en la lucha, en la ardida experiencia —la más dura y difícil que político alguno haya tenido en Colombia— me acercaba entrañablemente a su pensamiento. ¡Si eso mismo había sentido yo toda la vida! Porque al cabo, ¿qué vale esa gritería de nuestro mundo moderno —y de nuestro colombiano universo contra lo "comunista", contra "lo liberal", contra "lo conservador" o viceversa, si por debajo de este debate se deja intacto el grande infierno en que el pueblo, que todo lo forja, se agita sin esperanzas de redención? Sí. Lo importante es saber qué intereses se defienden en ese debate. Porque hoy, más que nunca, ¡solo son sagrados los intereses del pueblo!

IV

ES DIFÍCIL LLEGAR a la comprensión plena de lo que ocurría entre el orador y la masa cuando Gaitán hablaba. Era una intimidad profunda, una estrecha alianza, cuyos términos precisos no son susceptibles de reducir a cifras de análisis ortodoxo ninguno. La filosofía tradicional solo le concede al hombre aisladamente considerado los atributos del honor, el deber y la responsabilidad. Es cosa de ver a los más grandes filósofos cuando se refieren a lo colectivo. La masa para ellos es torpe e inconsciente. No le conceden la menor importancia. Solo ahora, con los nuevos estudios de la sociología, la psicología colectiva está siendo vindicada del ataque cerrado que sobre ella lanzó la teoría del conocimiento "renacentista", esto es, basada en la exaltación única de lo individual.

En Gaitán había una fusión conmovedora entre individuo y masa. Esa alianza de contrarios, ese conjunto de términos antagónicos fundidos en una poderosa fuerza análoga, era en Gaitán, el orador popular, de una presencia emocional intensa. El pueblo y él, eran una sola entidad vibrante. ¿Qué pasaba entonces? Nunca se sabrá suficientemente. Pero prendía la chispa escondida del alma humana, como nadie lo haya hecho en Colombia. Parecía que removía sedimentos de siglos que yacían aparentemente muertos en el cotidianismo del alma del pueblo y los ponía a operar como una avasalladora fuerza en marcha. Pero donde quiera que hablara, no solamente en Colombia, su palabra solía quemar la desuetud del tiempo en la vida del pueblo para incorporarlo hacia el paraíso de la pobrería. ¡Qué poder! ¡Qué íntimo conocimiento del duro sueño del pobre! Me cuentan que en Caracas, cuando Gaitán habló ante sesenta mil manifestantes en la Plaza de "El Silencio", se cumplió con fidelidad asombrosa el milagro. El milagro que solo él sabía producir. Y eso que habló después de dos grandes oradores colombianos. Nada menos que Carlos Lozano y Silvio Villegas. Tan solo ocupó diez minutos. Pero suficientes para que esa masa, ardida de entusiasmo, se alzara como un solo ser poderoso y terrible, moldeado a su amaño por el taumaturgo de nuestra oratoria. Y es lo interesante que era solo por el sentimiento que movía a la gente. A veces, a base de simple raciocinio —¡tan poderoso en él!— causaba idéntico efecto en el pueblo.

Su idioma —eso sí— era exactamente el vehículo preciso de sus victorias gigantescas de orador popular. Había suprimido la excrecencia de las palabras de parapetaje retórico. El adorno gramatical, el brillo literario, la perfección de la forma aparecían en él reducidos a su máxima expresividad esencial. En el último tiempo de su vida había llegado, a este respecto, a una maestría y un dominio perfectos. Su oratoria era una arquitectura móvil, flexible, bella, todo por la desnudez que la enseñoreaba. Por eso era un orador eminentemente moderno, con esa modernidad que en arquitectura está representada en el muro liso. Como cualquier gran orador de la hora mundial (como ocurre en Roosevelt, Stalin, Churchill) atendía a la estructura, dejando para el forraje flores gramaticales y hojillas de acanto. Era un anti-grecolatino. Y lo más importante es que ello respondía en él a un claro criterio teórico. Despreciaba el recargo de la prosa de que está saturada —aún a estas alturas— la cultura provinciana en Colombia. Toda cultura, como todo creador, pasa por dos períodos específicos. Uno, afanoso, fatigante, en que el atropello por decir todas las cosas no permite la respiración tranquila. Y otro, en que el dominio conduce a la expresión sosegada. En todo escritor, en todo pintor, en todo poeta, esas dos etapas señalan la del aprendizaje y la de plenitud de su arte. Y efectivamente en Colombia la cultura se encuentra en la primera clase de esas etapas. De ahí el "grecolatinismo". El floripondio vacuo. La adjetivación enfermiza. Y toda esa expresión sobrada, a la que se le atribuye el valer y lo hermoso en cultura. Pues bien. Gaitán estaba lejos de eso. Había llegado a un sosiego perfecto de su expresión, a una respiración natural de su discurso. Se reía cuando se le acusaba de que "cien palabras formaban todo su léxico". "Ni quiero, ni necesito más", solía decir. "El vestido idiomático, como lo usan aquí, es un estorbo pedante. Solo deseo machacar las ideas con las expresiones que elegí para que cumplan un objeto preciso. Repetir las cosas, inferirlas, encarnarías en el alma del pueblo. No soy un expositor de estética. Soy un político".

Pasados en su vida los años de la insurgencia verbal, el poder razonador se había hecho en Gaitán robusto e invencible. El despliegue de su discurso en la plaza, en la tribuna, en el parlamento, no difería de la disposición ejemplar en que un general coloca a sus tropas. Era pura artillería pesada. A ese campo mortífero no entraba impunemente ningún enemigo. Pulverizaba al antagonista. Lo volatizaba. Y todo con una elegancia y una finura de profesor de academia. Cuando Alzate Avendaño vino al Senado, sus amigos nos advirtieron que le había llegado el momento a Gaitán. Alzate lo iba a meter en solfa. Alzate no dejaría de Gaitán ni el recuerdo. Nos lo decían Carranza y todos los jóvenes derechistas con él. Pero se enfrentaron Y bastó un capeo, dado así, como sin gran trascendencia, para que el señor Alzate quedara como no digan dueñas. Si dicen ahora, hasta sus partidarios, que el fracaso del líder azul como parlamentario es definitivo. Pero bueno... ¡siquiera triunfó como periodista! ¿O tampoco?

V

HAY UN RASGO estelar en la vida de Gaitán, que lo define y distingue de todos los demás políticos colombianos. Sus victorias así fueran parciales, producían efectos mortíferos de victorias definitivas. Hecho tan espectacular en la política colombiana se debía, creo yo, a que ellas eran el resultado de su único esfuerzo, contra el querer de fuerzas poderosas. Si algún político se hizo solo en Colombia, en medio de la lucha más feroz e inhumana por impedírselo, ese fue Jorge Eliécer Gaitán. Quizás por eso mismo, un éxito de su parte, forjado a costa de tanto sacrificio, aparecía siempre como mayor al de su valor intrínseco. Era tan pertinaz, tan constante, tan vigoroso en su inconcebible capacidad de trabajo e iba tan directamente a su objetivo, que cuando lo lograba dejaba una estela de estupor, aun en el campo de su enemigo tradicional: las oligarquías. Sus triunfos eran —naturalmente— avances contra los poderes pretendidamente invencibles, y acaso por ello, aun no siendo totales le prestaban ese halo de vencedor, que lo distinguía a la legua de todos los demás políticos. De esa manera la alarma oligárquica contribuía —acaso sin saberlo— a darle un contenido virtual a sus éxitos. En la última batalla presidencial, Gaitán obtuvo menos votos que los demás candidatos. Pero bastó que pusiera más de los que se le calculaban, para que todo el país, sin distingos, lo señalara como el ganador de una singular victoria. Y así fue. Porque acaso lo fundamental de estos éxitos se debía a la expresión intrínseca de su movimiento. Con él era el pueblo el que avanzaba. El pueblo adquiría con él un contorno específico en la vida política nacional. Cuando él hacía un triunfo era el pueblo —el pueblo raso— el que aparecía acercándose al logro de sus propias conquistas. Y que el pueblo raso se acerque a su liberación, es algo que siempre asombra, en primer término a quienes lo miran con desprecio.

Fue así —de esta manera— como Jorge Eliécer Gaitán, el jefe de facción, el director de la UNIR y del "gaitanismo", sobre quien recayó constantemente la acusación de haber abandonado las toldas de su partido, se hizo Jefe Único del Partido Liberal colombiano. Fue así —de esta manera, con estos métodos— como Jorge Eliécer Gaitán unificó en torno suyo al partido liberal colombiano. ¡Qué lección tan poderosa entraña este hecho sorprendente! ¡Qué herencia táctica tan honda se encarna allí! Mientras se le estaba acusando de que había abandonado al partido, él, impertérrito, como un estratega consumado, estaba haciendo precisamente la unión del partido por el único método fecundo: por el método de la antinomia y de la diferenciación de las fuerzas. Había que diferenciarse para poderse juntar. Era necesario consolidar primeramente el bloque unitario constituido por sus prosélitos y por él, en una sola masa pensante, para que pudiera operar dentro de su signo político la consolidación de todo el liberalismo. Y a fe que lo consiguió. Quizás no fuera un dialéctico en la teoría. Pero era un maestro de la sagacidad casi enojosa en la dialéctica práctica. ¡No se le escapaba un detalle! Tal es la lección, la más sorprendente de la política colombiana de los últimos tiempos, que nos deja este experto piloto político. Desde su tumba parece gritar: "¡A aplicarla!".

En realidad, tuvo que hacer todo esto con un ejército imperfecto, como es el partido liberal colombiano. Claro que posee su organización específica. Que la tiene, lo revela el despliegue electoral, llamativo por su organización. Pero carece de estructuración moderna, lo que no le permite moverse unitariamente en momentos que no sean propiamente los electorales. Gaitán dejó precisamente el esquema de esta organización, de este "acuartelamiento" de las fuerzas liberales. Y ella debe hacerse, porque se necesita hoy más que nunca y como el mayor homenaje a la memoria del gran táctico desaparecido.

Libró sus más recias batallas con dos elementos: la masa y él. Y las libró contra todos los opositores a la preponderancia. popular dentro de su partido. Y contra todas las oligarquias. En estos combates, que a veces revestían caracteres violentos, la táctica de la ofensiva y la contraofensiva era perfecta en Gaitán. Sabía suavizar las palabras al oído del enemigo o lanzarse encima de él con ardiente ánimo de cruzado, según el momento y la circunstancia política. Atraía o repelía con sabiduría consumadas, según lo exigieran las conveniencias de su movimiento.

No dejaba nada a medias. A cada cosa le daba el giro decisivo. Hasta cuando dejaba algo a medias, estaba en esa forma situándolo exprofeso en su fase final. Era suave y rudo, dulce y bronco, terciopelo y alambre de púas. Y en ambas fases era oportuno. Conocía a los hombres y sabía tratarlos de conformidad con estas dos alas de su personalidad. Acaso el estrado judicial, donde es preciso conseguir la absolución con guante de seda —y donde cosechó los más íntimos triunfos de su vida— le dio la suavidad y le afinó la exquisita delicadeza que solía exteriorizar en ocasiones. El rudo estruendo del ágora le prestó el acento marcial.

El poder de concentración sobre sí mismo era en él absoluto. Aquí residían en gran parte sus éxitos. Su poderosa actividad era eficaz, sin duda. Su energía, su voluntad, su capacidad de lucha, verdaderamente monstruosas. Tenía rango de faro. Siempre despierto, siempre alumbrando pasionalmente las vastas zonas oscuras, atento siempre a los movimientos más sutiles en torno. Poseía un olfato tremendo, como el de todo zorro político. Pero, a pesar de todo, en la manera de reconcentrarse en sí mismo veía yo su mejor cualidad de político. Permanecía algún tiempo así ausente del mundo circundante. Quien lo veía y no lo conocía juzgaba que aquello era fingido. ¡Mentira! En Gaitán no había nada de pedante. Era más bien un hombre llano. Gaitán concentraba su pensamiento y siempre, de allí, salía un camino a seguir.

Nunca dudó de su estrella. Y a fe que tenía razón. Cuando lo sorprendió la muerte, iba procelosamente hacia una de las batallas decisivas del liberalismo colombiano. El programa de la oposición que Gaitán había planeado hubiera sido suficiente, en su aplicación, para poner sobre la víspera de la reconquista de 1950 al partido liberal. Pero había quienes no podían esperarse a semejante prueba. Y ellos se jugaron el todo por el todo. "¡Es el comunismo!, ¡Es el comunismo!", dijeron. Pero no consultaron a la opinión para su juicio. El pueblo supo que esa acusación era una finta. Otros, ante el terror de la derrota obraron como aventureros desesperados. ¡La conciencia del país los conoce!

Lo mataron. Pero hoy, un Jorge Eliécer Gaitán, el más grande líder de la gleba colombiana, es el que alienta en la conciencia del pueblo. ¿Alcanzaría a descubrirlo el propio Gaitán? A veces me detengo a pensar que si lo hubiera visto en su inmensidad soberana, se habría aterrado. Tan descomunal es su propia proyección sobre el alma de los humildes. Sobre el estero de la historia nacional, esa figura marcha hacia la conquista popular. Lo vemos a él, alto como el cielo, grande como el cuerpo de la República. El asesinato lo trasladó a esa vida infinita en la que ya no lo puede alcanzar la muerte. En muchas casas de pobre, en la Colombia lejana, a estas horas están alumbrando en la pared su retrato. ¡Y está haciendo milagros! El fue quien dijo: "Yo no soy un hombre; yo soy un pueblo". Ahora el pueblo le dice: "Yo no soy solamente un pueblo; yo soy Jorge Eliécer Gaitán".

Si. Nos hallamos en uno de esos períodos en que solo florece la muerte, como la ofrenda más tímida que podamos hacer, en aras de quienes vienen detrás de nosotros. Con ser la más valiosa de todas, Gaitán dio la suya. He aquí el significado profundo de su muerte gloriosa. Y es ese su ejemplo. Estas palabras parecen ascender de su tumba...










Otros responsables del 9 de abril
Luis Vidales
(Bogotá, mayo de 1948)

Publicado en el diario "Jornada". Reproducido en el libro La insurrección desplomada (El 9 de abril, su teoría, su praxis) , Editorial Iqueima, Bogotá, 1948, págs. 77-82.



Uno de los capítulos más fecundos de la alucinante doctrina de Segismundo Freud es, sin duda, el de la asociaciones de ideas. Por los caminos más sutiles de esa especie de "caneca de la basura espiritual" que es el subconsciente, un objeto, una palabra una idea revelada de pronto por el contorno presente del sujeto, lo traslada a viejas cosas vividas, especialmente en la infancia, en la que según el judío vienés, quedaron para siempre grabados los rumbos del destino del hombre.

Algo parecido me ha ocurrido en estos días, con el solo anuncio, leído en la prensa. de que entre los escombros del palacio arzobispal fue hallado un libro que ardía misteriosamente desde el 9 de abril: la "Historia de los Padres de la Iglesia". La obra humeante aún, en condiciones que el periódico parece atribuir a un milagro, me trasladó a algo que en mí grabó su impronta con el sello de otro tiempo. Entre el 9 de abril y los Padres de la Iglesia parecía surgir en mí una asociación extraña, de esas que como chispas iluminan un minuto la conciencia y nos trasladan a cosas ya vividas. Yo era algo así como la sirvienta de los clérigos, que durante treinta años estuvo oyéndoles sus latines y de pronto, una mañana, irrumpió a hablar en el correcto idioma de los "clercs", como un dulce Virgilio de cocina.

Y se hizo en mí la luz. Era como si la "Historia de los Padres de la Iglesia", de par en par abierta ante mis ojos, me invitara a la lectura. Y comenzó el hojeo de las páginas.

Aquí, en ésta, estaba San Justino el Mártir, que me decía con su tibia voz de agonizante: "Nosotros traemos a la comunidad cuanto poseemos y lo repartimos con quien lo necesita". Más adelante, la hoja del libro se abría para San Ambrosio, con estas palabras suyas: "No es la naturaleza la que ha creado el derecho de la propiedad privada".

Y no bien había pasado cinco páginas, cuando di de manos a boca con el propio San Agustín y sus palabras de fuego: "Poseemos demasiadas cosas superfluas. Contentémonos con lo que Dios nos ha dado y tomemos solo aquello que necesitamos para vivir, porque lo necesario es obra de Dios y lo superfluo, obra de la codicia humana. Lo superfluo de los ricos es lo necesario de los pobres. Quien posea un bien superfluo, posee un bien robado".

La cuestión, como se ve, estaba cobrando suma gravedad. Sátiras, indirectas, flechas sardónicas arrojaban los Padres de la Iglesia... ¿Contra quién? Es lo que yo no sabía con justa precisión. Pero como entonando en el coro de los doctores de nuestra santa madre, etc., San Ambrosio volvió a la carga (¡siempre a la carga!), para decir: "La Naturaleza da todo para todos. Dios ha creado los bienes de la tierra para que los hombres los disfruten y para que sean propiedad de todos". ¡Cómo así!, exclamé yo, fuera de mí, ya maliciando con quiénes se las había mi memoria freudiana. ¡Cómo así! ¡Mucho cuidado con nuestro 9 de abril! Pero al punto San Agustín volvió a tornar en sus manos la metralla cristiana y exclamó, ya con más ira en la voz: "No por virtud del derecho divino, sino por virtud del derecho de guerra, alguien puede decir: Esta casa es mía, esta es mi villa. este criado es mío. La propiedad privada provoca disenciones. guerras, matanzas, insurrecciones, pecados mortales y veniales. Por eso, si no nos es posible renunciar a la propiedad en general, renunciemos, cuando menos, a la propiedad privada".

De aquí en adelante, los Padres de la Iglesia entonaron tremenda grita. Uno alzaba la voz y más allá otro se unía al coro, hasta formar una orquesta de denuestos, regaños, acusaciones, condenas. Ordenando sus palabras. fueron éstas las más significativas: San Clemente de Alejandría: "Todas las cosas son comunes. No existen para ser adquiridas únicamente por los ricos".

San Barnabás de Chipre: "Tendrás todo en común con tu prójimo. No deberás poseer nada en propiedad. Porque si posees en común lo que es eterno, ¿con cuánto más motivo no debes poseer en común lo que no lo es?".

San Jerónimo: "Quien quiera que posea más de lo necesario para vivir, deberá dárselo a otro, y considerarse deudor de tanto como da".

San Cirilo de Alejandría: "Ni la Naturaleza ni Dios conocen ninguna diferencia social de las que ha introducido la codicia humana".

Tertuliano: "Nosotros, los cristianos, somos hermanos en lo que concierne a la propiedad, que origina entre vosotros tantos conflictos. Unidos de corazón y de alma, estimamos todas las cosas como pertenecientes a todos. Compartimos todo, excepto nuestras mujeres. Entre vosotros, por el contrario, es lo único que poseéis en comun". San Juan Crisóstomo, Patriarca de Constantinopla: "Imposible enriquecerse honestamente".

San Basilio, el Grande: "¿Podemos ser más crueles que los animales, nosotros que estamos dotados de razón? Porque ellos consumen en común los productos de la tierra. En el mismo rincón de la montaña pacen los rebaños de carneros y caballos. Pero nosotros nos apropiamos los bienes que deben pertenecer a todos. El pan que te apropias es del que tiene hambre, del que está desnudo la vestidura que guardas, del que va descalzo los zapatos de tu armario, del que no posee nada el dinero que escondes".

Un último respiro, una pequeña mota de silencio, y con más furia golpeó el aire como un alfange de filo la tremebunda voz de Santiago, ruda, fulminante, desde el fondo de su Epístola:

"¡Llorad por la miseria que os aguarda a vosotros los ricos! ¡Vuestras riquezas han entrado en putrefacción! ¡Vuestros lujosos trajes están roídos por los gusanos! ¡Herrumbosos están vuestro oro y vuestra plata! Habéis acumulado tesoros, mientras guardábais en provecho vuestro el trabajo de los obreros que segaron vuestros campos. La querella de los segadores ha subido a los oídos de Dios".

Llegado a este punto, la cosa para mí se hizo clarísima. El coro de los santos doctores se estaba refiriendo —¡quién lo creyera!— al 9 de abril. ¡Sí señores! Yo había descubierto, sin saberlo, por una simple reminiscencia freudiana, a los autores intelectuales del 9 de abril. Con qué saña los oí referirse a los especuladores, a los de los dólares al 175, a los de las ganancias del 400 y el 500 por ciento, a los... ¡Bueno! Ya no me queda más camino que darle traslado de mi hallazgo a los de Scotland Yard. ¡Que sigan por esa pista!

Mientras tanto, la obra de la "Historia de los Padres de la Iglesia" continúa ardiendo milagrosamente desde el 9 de abril entre los escombros del palacio arzobispal de Bogotá. ¡Y después, hay quienes no creen en milagros!