Gaitán, héroe civil de la República
Luis Vidales
(Bogotá, abril de 1948)
Publicado en el diario "Jornada". Reproducido en el libro
La insurrección desplomada (El 9 de abril, su teoría, su praxis)
, Editorial Iqueima, Bogotá, 1948, págs. 15-38. El autor hizo ligeros cambios de
forma en 1989, los cuales se incluyen en esta publicación.
I
NO HAY DÍA que no me sienta asombrado del inexhausto poder de resistencia del
hombre ante la miseria invasora. Se diría que nada le importa si la desventura
lo acosa. Nunca será lo suficientemente inevitable la ruina a sus ojos. En el
peor de los casos, en el más grave, cuando parece que ya no puede apelar a sus
reservas espirituales, siempre tendrá una justificación interior para esperar
"algo" de la vida. ¡Oh, ese terrible "algo"! Tal vez allí reside el principio
escondido del retardo de las revoluciones. O, acaso, que aquellas que maduran en
el devenir de los pueblos, pasan, sin ser a veces advertidas siquiera. Porque
siempre es indispensable que se presente un momento de tan solemne gravedad, de
tan tremenda evidencia, ante el cual pueda ver el hombre la muerte —su muerte—
como cosa insignificante, inferior en todo caso a su propia desgracia. En este
"tempo" preciso, las insurrecciones deben, seguramente, ganar sus soldados.
Hace tiempo que nosotros estamos en este momento, casi sin darnos cuenta de
ello. Hace años que nuestra gente está decidida a solucionar de una vez el
problema. ¡Tanta acumulación de abandono y miseria ha caído sobre ella! ¿Y
sabéis lo que hacía Gaitán?
Atemperaba esa masa, la ponía —¡casi nada!— al ritmo del clima histórico
colombiano. Ni muy atrás que se apagara; ni muy adelante que se incinerara. La
mantenía en la tónica justa, la propia al estado del progreso nacional. Le
avivaba su viejo dolor, es cierto, porque así la dotaba de la espuela mística.
Pero la retenía en los términos de la vieja revolución liberal.
No. Ni siquiera en los términos de esa vieja revolución, porque a la guerra
civil, a la guerrilla insurgente por nuestros riscos, de que llenamos tramos
enteros de nuestro siglo XIX, él anteponía la guerra civilista, la contienda
ciudadana y política, algo así como una "guerra en frío", de que ahora se habla,
aunque en efecto fuera "caliente". Al vivac de ayer, oponía la urna, en la que
tenía fe absoluta.
El esquema de la historia nacional le daba la razón incontrovertible. Nos
habíamos desarrollado sobre un plano único de conquistas políticas y
filosóficas. Por ellas cruzamos la espada en la centuria anterior, para afianzar
la democracia y hacer de la república la morada común. Pero dejamos intocado el
mejoramiento económico de las gentes de abajo. Les dijimos: "Vosotros, los
pobres, podéis libremente razonar, leer y oír, opinar y votar, si os place,
enteramente a vuestro talante". Pero la república no acompañó su monserga
filosófica, concretamente, con hechos como los de Cristo en la misa: "Comed y
bebed, este es mi cuerpo". Francamente, la república carecía de cuerpo para
tanto, porque la nación se había convertido en patria prematuramente.
Y he aquí lo que Gaitán quería: completar esa transformación. A las libertades
política y filosófica que ya tenían, como herencia de la gesta emancipadora,
Gaitán buscaba ponerles ahora la gran libertad moderna: la libertad económica,
que ya era el objeto de sus luchas profundas.
Jamás, nunca, en ningún momento de su vida política, ni en el más fugaz
siquiera, consideró que para hallar la libertad económica del pueblo fuera
necesario recurrir a la revolución armada. Tenía plena confianza en los
instrumentos de la lucha democrática de tiempos de paz. Se asentaba esa
confianza en el sólido suelo de que el liberalismo era la mayoría en Colombia.
Cuando habló de "paro nacional", había que entenderle que hablaba de prevenir —y
castigar— el posible desconocimiento de la realidad democrática. En forma
similar marchaba al implantamiento del programa de la oposición, que había
estudiado con sumo cuidado, para detener las masacres y aproximar la realidad de
la reconquista, cuando este acto le fue significativamente paralizado, al
troncharle la vida.
Pero hay que repetirlo. Nunca, en ningún momento de su vida política, jamás
abrigó el pensamiento de un golpe de fuerza. Cuatro días antes de ser inmolado,
tuve de sus labios la explicación de esta invariable conducta. Sabido es que en
las zonas públicas —creo que en las militares incluso— se hablaba con frecuencia
de esta posibilidad, ligada al nombre de Jorge Eliécer Gaitán. "Mi rechazo a una
salida de esta índole, me dijo, se basa en una profunda convicción. Creo que en
la mayoría de los países de América Latina, el golpe de cuartel y el golpe de
Estado sólo han podido convertirse casi en leyes históricas debido a la ausencia
de partidos tradicionales, de un hondo legado histórico y de peso realmente
especifico en la vida nacional. Por lo mismo, entre nosotros no prospera esta
forma violenta de alternabilidad en el mando. Nuestros partidos, con un pasado
de cien años, serán siempre, una valla a esas pretensiones. Gobiernos surgidos
de tal cuna, no son capaces de afrontar a la opinión en Colombia. La nación los
tumba a sombrerazos".
¡Es de este hombre, de este mismo hombre, de quien se han atrevido a decir que
preparaba una revolución con los comunistas! ¿Qué se pretende con esa leyenda?
¿Qué cosa se esconde en este asesinato? Porque no esperarán —supongo— que el
pueblo acepte el infundio. Al contrario. A mucha gente le viene pareciendo que
este asesinato se sitúa históricamente dentro de los que suelen cometerse en
vísperas de guerra mundial. Es decir, en el preciso instante en que fue
asesinado Rafael Uribe Uribe; en el mismo en que cayó Jaurés en el “Café
Croisant", en París. En el mismo... Pero no sigamos la lista. ¡Hay asesinatos en
la historia, de un tipo específico inocultable!
II
ERA UN PENSADOR, no solamente por cuanto su profesión de penalista lo había
conducido a ahondar en el alma humana. Quienes le acusaban de demagogo, lo veían
lateralmente por el aspecto del orador tumultuoso. ¡Fue el más grande agitador
de Colombia! Pero sus ideas, sus tesis, sus puntos de vista, eran sorprendentes
de originalidad y de hondura. Buceaba en las cosas, taladraba con el berbiquí
del análisis, cortaba con el bisturí del cirujano, con precisión asombrosa.
Su honda meditación, que en el ultimo tiempo de su vida lo abstraía en una
fijeza muy parecida a la de algunos de los retratos de Bolívar, lo mostraba
poseedor de un sutil instrumento de observación. Daba la impresión de algo así
como un poderoso telescopio tras el cual se hacía luz cenital el universo de los
objetos y los objetivos, como si fuera un cosmos subterráneo. Todo lo relativo a
Colombia giraba en su torno con pasmosa precisión, como si fuera una "patria
doméstica".
Su idea de la "mecánica política", por ejemplo, era el producto de reflexiones
muy hondas sobre la sociología nativa. Veía en esta "mecánica" uno de los rasgos
distintivos de nuestra incipiente estructuración nacional. La política, pero la
política en su expresión electorera, de arribismo y preeminencias sin respaldo
personal, lo era todo. Quien triunfaba dentro de ese engranaje aparecía como el
"tipo de hombre", el representativo máximo del colombiano. A él los honores. A
él los aplausos. A él los puestos de excepción en la consideración nacional. Era
el epicentro de la atención pública. El héroe. El prototipo al que los demás
querían parecerse. En Rusia, solía decir, el "tipo nacional de hombre" es el
trabajador. En los Estados Unidos el "rey del jabón", el "rey de los palillos de
dientes", en suma, el héroe industrial. En Francia, en cambio, es el hombre de
letras. Si André Gide entra a un lugar, la gente se agita; la respiración de
Francia se paraliza por unos minutos. Si el presidente de la república, en
cambio, sale del "Elíseo", el ciudadano francés casi no se da cuenta del hecho.
Entre nosotros, decía, la deficiente densidad cultural hace que el poeta, el
escritor, se vean obligados a ingresar en esa "mecánica" para poder sobresalir.
Su simple oficio no le acarrea los atributos del éxito. Pero si ha sido
representante, senador o candidato a la presidencia, adquirirá gran prestigio, y
lo curioso es que lo obtendrá como poeta. Aquel que no haya pasado por ese mundo
de las bielas y los tornillos y los cigüeñales de la máquina politiquera, podrá
ser un gran poeta —incluso un inmenso poeta—, pero permanecerá poco menos que
ignorado por el país. Habrá siempre una elisión de su vida, porque solo hay
entre nosotros verdadero triunfo en política. Esos son los casos, solía agregar,
de Guillermo Valencia y de Porfirio Barba-Jacob.
Discurría sobre filosofía, ciencias y literatura con propiedad asombrosa. Hacía
la disección de un libro, como experto lector que era, con destreza de crítico.
Estaba al día en infinidad de cosas graves y abstrusas. Solía estar de acuerdo
con sus juicios, y únicamente en arte guardábamos cierta distancia que no era
solamente de gustos. En nuestra vida de París algún día llegamos acompañados de
Moisés Prieto, al "Cine de las Ursulinas", un modesto teatrico en una calle
escondida, donde se daban las películas más sorprendentes sobre los experimentos
de Picabia y de otros, que querían demostrar que el cinematógrafo es —en su
esencia— movimiento y ritmo. La película que se pasaba esa noche mostraba una
serie de formas geométricas que se agitaban produciendo las más extraordinarias
sugerencias de cosas vividas por el espectador. Pero de pronto, la tremolina se
armó en la sala. Medio teatro comenzó a silbar y patear. El otro medio compuesto
de fanáticos del arte nuevo, aplaudía y vivaba con ardor increíble. Gaitán era
de los impugnadores. Yo de los defensores. En la platea se habían ido a las
manos. El espectáculo fue suspendido. Y Gaitán y Prieto salieron debatiendo
conmigo sobre los nuevos destinos del arte. Pocos días antes de su muerte, aquí
en "Jornada", me recordó el episodio, en todos sus detalles, con memoria
realmente feliz. Después de veinte años, Gaitán no había cambiado su punto de
vista. Y yo, el mío, tampoco.
Tenía ciertos rasgos definitivamente de genio. ¡Cuán equivocados estaban
quienes lo creían mal político! En los últimos tiempos había aprendido ese paso
de gato, esos pies de lana, que es la política. Y, de todas maneras, había algo
grande en su fondo. A veces adoptaba una actitud silenciosa en la que se posaba
un vasto horizonte, como de presagios o de esas cosas interiores que los
meditadores ven a distancia. Una especie de ensanchadura histórica lo rodeaba
entonces casi físicamente como un halo. Jamás se lo dije. Pero para mí, mudo
también frente a él, era un hecho objetivo. Mas cuando discurría le pasaba lo
mismo. Era este el Gaitán maduro. La versión de un Jorge Eliécer Gaitán, que yo
conocí y observé con asiduidad silenciosa, en la última etapa de su prodigiosa
existencia.
III
COMO EN TODO gran hombre —o todo verdadero poeta— en él había mucho de niño.
Era muy fuerte el contraste entre su personalidad tajante, rotunda, de hondo
pensador político o de líder tocado del golpe seco del mando, autoritario y
violento, con aquel aspecto infantil, candoroso, de acusadas suavidad y dulzura,
que en ocasiones lo visitaba. Pero no era solamente la ternura. Era algo de
travesura de chico, afanado por sorprender con pilatuna inocente. "Voy a llevar
a Rómulo Betancourt, me decía, a que observe nuestro movimiento liberal en
algunas ciudades. A que conozca a este gran pueblo nuestro. Pero quiero que todo
sea desprevenido. Sin que lo sepa, concertaremos las recepciones. ¡Se va a
llevar una sorpresa! No se sueñan en el exterior lo que tenemos aquí". Y esas
dos personalidades alternaban en él —jefe y niño, niño y jefe— en un cabrilleo
dialéctico que le prestaba una irresistible atracción. Ahora lo veo en las dos
posiciones de su grande alma, con claridad que su misma presencia no me permitía
fijar. Y sé que solo se comprende lo que ha existido; más aún: lo que ha dejado
de existir.
Amaba al pueblo con amor entrañable, sincero. Su inteligencia, su viveza
mental, su chispa de humor, su rápido sentido de orientación, el ánimo dispuesto
a la defensa de sus derechos más caros... ¡Qué no decía Gaitán de su pueblo! Lo
llevaba en el alma. Era el más grande pueblo de América.
De esta profunda compenetración surgió para mí el Gaitán más conmovedor, más
grande y más puro. Era un espectáculo verlo. Estaba galvanizado, incinerado,
fundido —no sé como decirlo— en su pueblo. Casi no era ya un jefe de partido.
Amaba el liberalismo, era hijo auténtico de la gran tradición liberal. Pero se
salía de los marcos estrictamente banderizos. Gaitán ya era más que eso, si cabe
decirlo. Era, en la última etapa de su vida, un gran líder social. ¿Me explico?
Amaba al pueblo, al liberal y al conservador, ya sin distinciones de bandera
política. "Aquí si es cierto que las fronteras se acaban, solía exclamar. Tanto,
como entre los oligarcas". Sus frases: "El hambre no tiene color político", "las
enfermedades no son conservadoras ni liberales", respondían a su íntimo
sentimiento sobre nuestra lamentable realidad nacional.
Es así como había penetrado a un punto de partida —más histórico y sólido,
realmente— desde el cual dominaba una concepción infinitamente más vasta y mucho
más generosa de su tarea política. Sus discursos están saturados de este
espíritu eminentemente social. Pero es en las conversaciones donde esta
personalidad de la etapa final de su vida resplandece con más intenso fulgor.
Era de ver el asombro que le causaba la frialdad de la opinión dirigente, y de
los propios jefes liberales, por las masacres de cuño oficial. "Desangran al
partido, decía, mutilan hogares humildes y honrados, y nadie se conmueve por
ello. Colombia está atravesando, definitivamente, por una crisis profunda. Todos
los valores morales están subvertidos. De ahí nace el asco que me da la
política. Cada vez más me invade la repulsión ante esta cosa viscosa, ante esta
política que sólo entiende de vilezas, emulaciones bastardas y engaños groseros.
No soy yo para esto. A mí solo me interesa lo grande, lo humano. Y es que lo
humano es lo único permanente, lo único no transitorio. Todo lo demás puede
pasar: partidos, hombres, instituciones. Sólo lo humano queda".
A esta concepción en que su personalidad se demoró en la fase final de su vida,
le daba Gaitán su característico fervor y el caluroso entusiasmo que solían
distinguir sus empresas. A mí, este nuevo Gaitán, forjado en la lucha, en la
ardida experiencia —la más dura y difícil que político alguno haya tenido en
Colombia— me acercaba entrañablemente a su pensamiento. ¡Si eso mismo había
sentido yo toda la vida! Porque al cabo, ¿qué vale esa gritería de nuestro mundo
moderno —y de nuestro colombiano universo contra lo "comunista", contra "lo
liberal", contra "lo conservador" o viceversa, si por debajo de este debate se
deja intacto el grande infierno en que el pueblo, que todo lo forja, se agita
sin esperanzas de redención? Sí. Lo importante es saber qué intereses se
defienden en ese debate. Porque hoy, más que nunca, ¡solo son sagrados los
intereses del pueblo!
IV
ES DIFÍCIL LLEGAR a la comprensión plena de lo que ocurría entre el orador y la
masa cuando Gaitán hablaba. Era una intimidad profunda, una estrecha alianza,
cuyos términos precisos no son susceptibles de reducir a cifras de análisis
ortodoxo ninguno. La filosofía tradicional solo le concede al hombre
aisladamente considerado los atributos del honor, el deber y la responsabilidad.
Es cosa de ver a los más grandes filósofos cuando se refieren a lo colectivo. La
masa para ellos es torpe e inconsciente. No le conceden la menor importancia.
Solo ahora, con los nuevos estudios de la sociología, la psicología colectiva
está siendo vindicada del ataque cerrado que sobre ella lanzó la teoría del
conocimiento "renacentista", esto es, basada en la exaltación única de lo
individual.
En Gaitán había una fusión conmovedora entre individuo y masa. Esa alianza de
contrarios, ese conjunto de términos antagónicos fundidos en una poderosa fuerza
análoga, era en Gaitán, el orador popular, de una presencia emocional intensa.
El pueblo y él, eran una sola entidad vibrante. ¿Qué pasaba entonces? Nunca se
sabrá suficientemente. Pero prendía la chispa escondida del alma humana, como
nadie lo haya hecho en Colombia. Parecía que removía sedimentos de siglos que
yacían aparentemente muertos en el cotidianismo del alma del pueblo y los ponía
a operar como una avasalladora fuerza en marcha. Pero donde quiera que hablara,
no solamente en Colombia, su palabra solía quemar la desuetud del tiempo en la
vida del pueblo para incorporarlo hacia el paraíso de la pobrería. ¡Qué poder!
¡Qué íntimo conocimiento del duro sueño del pobre! Me cuentan que en Caracas,
cuando Gaitán habló ante sesenta mil manifestantes en la Plaza de "El Silencio",
se cumplió con fidelidad asombrosa el milagro. El milagro que solo él sabía
producir. Y eso que habló después de dos grandes oradores colombianos. Nada
menos que Carlos Lozano y Silvio Villegas. Tan solo ocupó diez minutos. Pero
suficientes para que esa masa, ardida de entusiasmo, se alzara como un solo ser
poderoso y terrible, moldeado a su amaño por el taumaturgo de nuestra oratoria.
Y es lo interesante que era solo por el sentimiento que movía a la gente. A
veces, a base de simple raciocinio —¡tan poderoso en él!— causaba idéntico
efecto en el pueblo.
Su idioma —eso sí— era exactamente el vehículo preciso de sus victorias
gigantescas de orador popular. Había suprimido la excrecencia de las palabras de
parapetaje retórico. El adorno gramatical, el brillo literario, la perfección de
la forma aparecían en él reducidos a su máxima expresividad esencial. En el
último tiempo de su vida había llegado, a este respecto, a una maestría y un
dominio perfectos. Su oratoria era una arquitectura móvil, flexible, bella, todo
por la desnudez que la enseñoreaba. Por eso era un orador eminentemente moderno,
con esa modernidad que en arquitectura está representada en el muro liso. Como
cualquier gran orador de la hora mundial (como ocurre en Roosevelt, Stalin,
Churchill) atendía a la estructura, dejando para el forraje flores gramaticales
y hojillas de acanto. Era un anti-grecolatino. Y lo más importante es que ello
respondía en él a un claro criterio teórico. Despreciaba el recargo de la prosa
de que está saturada —aún a estas alturas— la cultura provinciana en Colombia.
Toda cultura, como todo creador, pasa por dos períodos específicos. Uno,
afanoso, fatigante, en que el atropello por decir todas las cosas no permite la
respiración tranquila. Y otro, en que el dominio conduce a la expresión
sosegada. En todo escritor, en todo pintor, en todo poeta, esas dos etapas
señalan la del aprendizaje y la de plenitud de su arte. Y efectivamente en
Colombia la cultura se encuentra en la primera clase de esas etapas. De ahí el
"grecolatinismo". El floripondio vacuo. La adjetivación enfermiza. Y toda esa
expresión sobrada, a la que se le atribuye el valer y lo hermoso en cultura.
Pues bien. Gaitán estaba lejos de eso. Había llegado a un sosiego perfecto de su
expresión, a una respiración natural de su discurso. Se reía cuando se le
acusaba de que "cien palabras formaban todo su léxico". "Ni quiero, ni necesito
más", solía decir. "El vestido idiomático, como lo usan aquí, es un estorbo
pedante. Solo deseo machacar las ideas con las expresiones que elegí para que
cumplan un objeto preciso. Repetir las cosas, inferirlas, encarnarías en el alma
del pueblo. No soy un expositor de estética. Soy un político".
Pasados en su vida los años de la insurgencia verbal, el poder razonador se
había hecho en Gaitán robusto e invencible. El despliegue de su discurso en la
plaza, en la tribuna, en el parlamento, no difería de la disposición ejemplar en
que un general coloca a sus tropas. Era pura artillería pesada. A ese campo
mortífero no entraba impunemente ningún enemigo. Pulverizaba al antagonista. Lo
volatizaba. Y todo con una elegancia y una finura de profesor de academia.
Cuando Alzate Avendaño vino al Senado, sus amigos nos advirtieron que le había
llegado el momento a Gaitán. Alzate lo iba a meter en solfa. Alzate no dejaría
de Gaitán ni el recuerdo. Nos lo decían Carranza y todos los jóvenes derechistas
con él. Pero se enfrentaron Y bastó un capeo, dado así, como sin gran
trascendencia, para que el señor Alzate quedara como no digan dueñas. Si dicen
ahora, hasta sus partidarios, que el fracaso del líder azul como parlamentario
es definitivo. Pero bueno... ¡siquiera triunfó como periodista! ¿O tampoco?
V
HAY UN RASGO estelar en la vida de Gaitán, que lo define y distingue de todos
los demás políticos colombianos. Sus victorias así fueran parciales, producían
efectos mortíferos de victorias definitivas. Hecho tan espectacular en la
política colombiana se debía, creo yo, a que ellas eran el resultado de su único
esfuerzo, contra el querer de fuerzas poderosas. Si algún político se hizo solo
en Colombia, en medio de la lucha más feroz e inhumana por impedírselo, ese fue
Jorge Eliécer Gaitán. Quizás por eso mismo, un éxito de su parte, forjado a
costa de tanto sacrificio, aparecía siempre como mayor al de su valor
intrínseco. Era tan pertinaz, tan constante, tan vigoroso en su inconcebible
capacidad de trabajo e iba tan directamente a su objetivo, que cuando lo lograba
dejaba una estela de estupor, aun en el campo de su enemigo tradicional: las
oligarquías. Sus triunfos eran —naturalmente— avances contra los poderes
pretendidamente invencibles, y acaso por ello, aun no siendo totales le
prestaban ese halo de vencedor, que lo distinguía a la legua de todos los demás
políticos. De esa manera la alarma oligárquica contribuía —acaso sin saberlo— a
darle un contenido virtual a sus éxitos. En la última batalla presidencial,
Gaitán obtuvo menos votos que los demás candidatos. Pero bastó que pusiera más
de los que se le calculaban, para que todo el país, sin distingos, lo señalara
como el ganador de una singular victoria. Y así fue. Porque acaso lo fundamental
de estos éxitos se debía a la expresión intrínseca de su movimiento. Con él era
el pueblo el que avanzaba. El pueblo adquiría con él un contorno específico en
la vida política nacional. Cuando él hacía un triunfo era el pueblo —el pueblo
raso— el que aparecía acercándose al logro de sus propias conquistas. Y que el
pueblo raso se acerque a su liberación, es algo que siempre asombra, en primer
término a quienes lo miran con desprecio.
Fue así —de esta manera— como Jorge Eliécer Gaitán, el jefe de facción, el
director de la UNIR y del "gaitanismo", sobre quien recayó constantemente la
acusación de haber abandonado las toldas de su partido, se hizo Jefe Único del
Partido Liberal colombiano. Fue así —de esta manera, con estos métodos— como
Jorge Eliécer Gaitán unificó en torno suyo al partido liberal colombiano. ¡Qué
lección tan poderosa entraña este hecho sorprendente! ¡Qué herencia táctica tan
honda se encarna allí! Mientras se le estaba acusando de que había abandonado al
partido, él, impertérrito, como un estratega consumado, estaba haciendo
precisamente la unión del partido por el único método fecundo: por el método de
la antinomia y de la diferenciación de las fuerzas. Había que diferenciarse para
poderse juntar. Era necesario consolidar primeramente el bloque unitario
constituido por sus prosélitos y por él, en una sola masa pensante, para que
pudiera operar dentro de su signo político la consolidación de todo el
liberalismo. Y a fe que lo consiguió. Quizás no fuera un dialéctico en la
teoría. Pero era un maestro de la sagacidad casi enojosa en la dialéctica
práctica. ¡No se le escapaba un detalle! Tal es la lección, la más sorprendente
de la política colombiana de los últimos tiempos, que nos deja este experto
piloto político. Desde su tumba parece gritar: "¡A aplicarla!".
En realidad, tuvo que hacer todo esto con un ejército imperfecto, como es el
partido liberal colombiano. Claro que posee su organización específica. Que la
tiene, lo revela el despliegue electoral, llamativo por su organización. Pero
carece de estructuración moderna, lo que no le permite moverse unitariamente en
momentos que no sean propiamente los electorales. Gaitán dejó precisamente el
esquema de esta organización, de este "acuartelamiento" de las fuerzas
liberales. Y ella debe hacerse, porque se necesita hoy más que nunca y como el
mayor homenaje a la memoria del gran táctico desaparecido.
Libró sus más recias batallas con dos elementos: la masa y él. Y las libró
contra todos los opositores a la preponderancia. popular dentro de su partido. Y
contra todas las oligarquias. En estos combates, que a veces revestían
caracteres violentos, la táctica de la ofensiva y la contraofensiva era perfecta
en Gaitán. Sabía suavizar las palabras al oído del enemigo o lanzarse encima de
él con ardiente ánimo de cruzado, según el momento y la circunstancia política.
Atraía o repelía con sabiduría consumadas, según lo exigieran las conveniencias
de su movimiento.
No dejaba nada a medias. A cada cosa le daba el giro decisivo. Hasta cuando
dejaba algo a medias, estaba en esa forma situándolo exprofeso en su fase final.
Era suave y rudo, dulce y bronco, terciopelo y alambre de púas. Y en ambas fases
era oportuno. Conocía a los hombres y sabía tratarlos de conformidad con estas
dos alas de su personalidad. Acaso el estrado judicial, donde es preciso
conseguir la absolución con guante de seda —y donde cosechó los más íntimos
triunfos de su vida— le dio la suavidad y le afinó la exquisita delicadeza que
solía exteriorizar en ocasiones. El rudo estruendo del ágora le prestó el acento
marcial.
El poder de concentración sobre sí mismo era en él absoluto. Aquí residían en
gran parte sus éxitos. Su poderosa actividad era eficaz, sin duda. Su energía,
su voluntad, su capacidad de lucha, verdaderamente monstruosas. Tenía rango de
faro. Siempre despierto, siempre alumbrando pasionalmente las vastas zonas
oscuras, atento siempre a los movimientos más sutiles en torno. Poseía un olfato
tremendo, como el de todo zorro político. Pero, a pesar de todo, en la manera de
reconcentrarse en sí mismo veía yo su mejor cualidad de político. Permanecía
algún tiempo así ausente del mundo circundante. Quien lo veía y no lo conocía
juzgaba que aquello era fingido. ¡Mentira! En Gaitán no había nada de pedante.
Era más bien un hombre llano. Gaitán concentraba su pensamiento y siempre, de
allí, salía un camino a seguir.
Nunca dudó de su estrella. Y a fe que tenía razón. Cuando lo sorprendió la
muerte, iba procelosamente hacia una de las batallas decisivas del liberalismo
colombiano. El programa de la oposición que Gaitán había planeado hubiera sido
suficiente, en su aplicación, para poner sobre la víspera de la reconquista de
1950 al partido liberal. Pero había quienes no podían esperarse a semejante
prueba. Y ellos se jugaron el todo por el todo. "¡Es el comunismo!, ¡Es el
comunismo!", dijeron. Pero no consultaron a la opinión para su juicio. El pueblo
supo que esa acusación era una finta. Otros, ante el terror de la derrota
obraron como aventureros desesperados. ¡La conciencia del país los conoce!
Lo mataron. Pero hoy, un Jorge Eliécer Gaitán, el más grande líder de la gleba
colombiana, es el que alienta en la conciencia del pueblo. ¿Alcanzaría a
descubrirlo el propio Gaitán? A veces me detengo a pensar que si lo hubiera
visto en su inmensidad soberana, se habría aterrado. Tan descomunal es su propia
proyección sobre el alma de los humildes. Sobre el estero de la historia
nacional, esa figura marcha hacia la conquista popular. Lo vemos a él, alto como
el cielo, grande como el cuerpo de la República. El asesinato lo trasladó a esa
vida infinita en la que ya no lo puede alcanzar la muerte. En muchas casas de
pobre, en la Colombia lejana, a estas horas están alumbrando en la pared su
retrato. ¡Y está haciendo milagros! El fue quien dijo: "Yo no soy un hombre; yo
soy un pueblo". Ahora el pueblo le dice: "Yo no soy solamente un pueblo; yo soy
Jorge Eliécer Gaitán".
Si. Nos hallamos en uno de esos períodos en que solo florece la muerte, como la
ofrenda más tímida que podamos hacer, en aras de quienes vienen detrás de
nosotros. Con ser la más valiosa de todas, Gaitán dio la suya. He aquí el
significado profundo de su muerte gloriosa. Y es ese su ejemplo. Estas palabras
parecen ascender de su tumba...
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