Cómo citar este texto:

Vidales, Carlos (1988), Bernadotte, San Bartolomé y los insurgentes de Tierra Firme (La ayuda de Suecia a la causa bolivariana), Instituto de Estudios Latinoamericanos, Universidad de Estocolmo, Informe N° 53, Estocolmo.

 

 

 

Bernadotte, San Bartolomé

y los insurgentes de Tierra Firme

 

Carlos Vidales

 

1. Los primeros contactos

París fue durante la segunda quincena de abril de 1814 una especie de capital política de Europa. Derrocado Napoleón, los jefes de estado y ministros de las grandes potencias que habían tomado parte en la Gran Coalición se daban cita allí para establecer el orden postnapoleónico. Juan Bautista Bernadotte, Príncipe Real de Suecia, llegó allí al atardecer del 12 de abril, procedente de Bruselas, acompañado por Benjamín Constant y por el conde Curt L. von Stedingk.

            Desde luego, Bernadotte empleó la mayor parte de su tiempo en reuniones y entrevistas con sus aliados, durante casi tres semanas de intensas actividades diplomáticas y preparativos militares, antes de abandonar la capital francesa, el 30 de abril, para emprender la campaña de Noruega.

            Pero en el curso de esas tres semanas no se entrevistó únicamente con los grandes de Europa. En París se encontraba, desde el 13 de marzo de 1813, el venezolano Manuel Palacio Fajardo, quien había huido de su patria después de la catástrofe de la Primera República, en la que se había distinguido como diputado por Mijagual ante el primer Congreso Nacional. Era, dice Parra Pérez, un "apureño que traía del fondo de sus Llanos la habilidad diplomática de que diera luego prueba en Europa y una instrucción literaria y política muchas veces utilizada por el Libertador" [1]. Como muchos otros de sus compatriotas -el coronel Simón Bolívar entre ellos- había recibido protección y asilo en el Estado de Cartagena. Palacio Fajardo había logrado interesar al presidente de ese estado, Manuel Rodríguez Torices, en una misión diplomática tendiente a obtener el reconocimiento y la ayuda en favor de la independencia hispanoamericana, de parte de los Estados Unidos de Norteamérica en primer término y, en caso de fracasar esta gestión, de parte de Francia.

            El comisionado se había dirigido primero a Washington, donde, luego de entrevistas con el presidente Madison y con el entonces ministro de relaciones exteriores James Monroe, resultó claro que los Estados Unidos no estaban dispuestos a solidarizar con el empeño de los patriotas por emanciparse de España, "bajo el pretexto de estar en paz con esta Nación; respuesta glacial que algún día podrá servir de regla para nuestras relaciones con aquella Potencia".[2]

            Fracasada, en consecuencia, su misión en Norteamérica, Palacio Fajardo se embarcó hacia Francia y llegó allí cuando comenzaba a declinar la estrella de Napoleón. Logró ser recibido por el duque de Bassano, ministro de relaciones exteriores, y luego por el propio Bonaparte. Los resultados fueron estos:

 

El Emperador se impuso de las proposiciones, sintiendo vivamente que la misión le hubiera sido hecha en un momento tan crítico para la Francia. "Un año antes (estas fueron sus palabras) Cartagena habría recibido recursos de toda especie, sin que la presencia de un solo soldado francés hubiera desmentido la liberalidad de mis intenciones". Sin embargo se resolvió despachar una fragata, conduciendo algunos oficiales, fusiles y otros artículos, con arreglo a la nota que había yo pasado, a petición del Duque de Bassano.[3]

 

Pero esa fragata nunca salió de puerto francés, pues se produjo la caída de Napoleón y la ocupación de Francia por parte de los aliados:

 

En tales circunstancias traté de conocer el espíritu de los soberanos de Europa, reunidos en París, con respecto a la lucha que la América sostenía, y no me fue difícil percibir que ni la Rusia, ni la Prusia, ni la Alemania tomarían parte en nuestras desavenencias. "En este momento de conciliación general, decían ellos, en que la Europa no forma sino una familia, nosotros no debemos mezclarnos en la contienda de la España con sus colonias; mucho más cuando esta Nación fue la primera que levantó el grito contra el tirano común".[4]

 

Juan Bautista Bernadotte, sin embargo, tuvo una actitud completamente diferente a la de sus aliados, hasta el punto de que el comisionado de Cartagena consideró oportuno agregar observaciones acerca del papel que Suecia podría desempeñar en auxilio de la emancipación hispanoamericana:

 

El Príncipe Real de Suecia, menos prevenido contra las innovaciones, que los antiguos Soberanos de la Europa llaman sacrílegas, al paso que ocupado en hacer su nombre digno de la memoria de sus pueblos, se mostró menos austero respecto de los principios en que se cimenta nuestra revolución y "a no verme en la necesidad, decía él, de hacer la guerra a la Noruega, pensaría en proteger la América del Sur".

En realidad, bien meditadas las cosas, parece que la Suecia, que tiene establecimientos en la América (se refiere a la isla de San Bartolomé, de la cual me ocuparé más adelante), que tiene una marina, que vive en paz con sus vecinos, y a quien la enemistad de la España no puede acarrear ningunos perjuicios, se halla en el caso de interesarse en la prosperidad de esas regiones.

Se podría añadir que el Príncipe Carlos Juan es un hombre emprendedor, que el pueblo sueco lo es igualmente, y que sin embargo, ni uno ni otro son bastante poderosos para atentar contra la libertad de la América. Concluída la guerra de la Noruega he tratado de recordarle sus disposiciones favorables, y Don José María Real, enviado de la Nueva Granada, a quien he comunicado estos pormenores, los ha trasmitido ya al Supremo Congreso, creyendo importante el venir a una negociación.[5]

 

Palacio Fajardo, consciente de las dificultades que la coyuntura política presentaba, era entonces de opinión que

 

Inspirar a artistas distinguidos el deseo de emigrar, señalar un teatro glorioso a militares que dejaban el campo de batalla con sentimiento, presentar en América un mercado ventajoso a comerciantes a quienes la paz permitía ya extender sus especulaciones, eran las solas indicaciones que en estas circunstancias podía cumplir un hombre amigo de su patria.[6]

 

El comisionado de Cartagena viajó después de estas entrevistas a Londres y más tarde, al regresar a París, fue arrestado por órdenes de Luis XVIII, bajo la acusación de estar haciendo enganche ilegal de legionarios, recuperando su libertad gracias a los buenos oficios de su amigos Bonpland, Humboldt, Dupont de Nemours y otros personajes importantes. Pese a haber conseguido que se le devolviesen algunos de sus papeles, la policía francesa confiscó muchos de sus documentos. No conocemos, pues, su correspondencia con Bernadotte, si la hubo, pero con lo dicho aquí basta para documentar este contacto, que parece haber sido el primero, entre un diplomático de la independencia hispanoamericana y la corona de Suecia. En su informe, varias veces citado, al presidente del Estado de Cartagena, resumía Palacio Fajardo las razones por las cuales no era posible esperar comprensión y ayuda de los gobiernos europeos, y concluía diciendo: "parece que solamente la Suecia, Dinamarca y Nápoles podrían favorecer la causa de la América".[7]

            Existen circunstancias que indican con mucha claridad el interés de Bernadotte y el crédito que le merecían las informaciones ofrecidas por Palacio Fajardo. Lo que voy a relatar a continuación es, en efecto, muy significativo.

            Infatigable y tenaz, el comisionado de Cartagena siguió trabajando en Londres en favor de la causa emancipadora, y su labor tuvo algún eco en Suecia: en 1817 publicó un libro titulado Outline of the Revolution in Spanish America; or An account of the origin, progress and actual State of the war, carried on between Spain and Spanish America; containing the principal facts which have marked the struggle in Mexico, New-Grenada, Venezuela, Chili and the Provinces of Rio de la Plata. By a South-American. De esta obra se hizo inmediatamente una versión abreviada en sueco que ofreció a sus lectores el Allmänna Journalen de Estocolmo[8]. Como más adelante veremos, este era un periódico estrechamente vinculado a la política de Bernadotte. Pocas dudas podemos tener sobre el modo como llegó a Suecia el trabajo de Palacio Fajardo: es casi seguro que éste lo envió al Príncipe Real, a quien consideraba, como hemos visto, uno de los pocos amigos con que se podía contar en Europa.

            A mediados de 1818, cuatro años después de su entrevista con el Príncipe de Real de Suecia, nuestro personaje salió de Inglaterra a bordo del bergantín de guerra británico Imogen llevando armamentos y pertrechos por valor de 34.000 libras esterlinas, los que llegaron a la isla de San Bartolomé, entonces colonia sueca, para ser allí trasbordados a naves de la Gran Colombia; arribaron a su destino sin contratiempos y estaban ya siendo empleados en los campos de batalla en noviembre de 1818.[9]

            Palacio Fajardo tuvo la fortuna, pues, de ver por sí mismo el cumplimiento de sus pronósticos con respecto a la buena voluntad que se podía esperar de Suecia. Pocos meses más tarde fue elegido representante al Segundo Congreso de Venezuela. Haciendo honor a su valía intelectual, el Libertador le pidió que examinara y corrigiera, para su publicación, el texto de su célebre discurso ante el Congreso de Angostura. Fue esta su última misión: murió el 8 de marzo de 1819, a los treinta y cinco años de edad.

            No me ha sido posible precisar en qué medida el contacto entre Palacio Fajardo y Bernadotte puede haber sugerido ideas al Príncipe Real para la formulación de su política hispanoamericana. Pero la alusión a la isla de San Bartolomé y el comentario sobre el "mercado ventajoso" que las nuevas repúblicas significaban, deben haber llamado sin duda la atención del futuro monarca de Suecia.

            Dos años y medio después de este encuentro, el capitán sueco Severin Lorich, quien había emprendido un viaje que lo llevaría a diversas regiones del mundo, llegó a Haití en los mismos momentos en que Simón Bolívar, con ayuda del presidente Alejandro Pétion, intentaba una nueva expedición libertadora sobre la Costa Firme después del terrible desastre de Ocumare. Bolívar permaneció en Puerto Príncipe desde septiembre hasta diciembre de 1816, y tuvo en ese período, al parecer, más de una conversación con Severin Lorich, quien escribió más tarde un informe para Bernadotte, del cual copiamos el fragmento que sigue:

 

El General Bolívar, enaltecido por un coraje brillante, por talento y por una constancia probada, amado por su noble carácter y por sus maneras dignas, ha sacrificado una muy grande fortuna por la causa de la Libertad. Obligado a retirarse de la Tierra Firme después de un desembarco fallido que le había atraído el descontento de los otros Jefes, se encontraba preparando una nueva expedición durante mi estancia en Puerto Príncipe. Desprovisto de recursos pecuniarios, muchos de sus oficiales dejaron de servirle. Persuadido de que los generales de los independientes harían mejor empleando algunos años en organizar una sola provincia, en lugar de recorrer vastos territorios con algunas centenas de soldados y un gran séquito de oficiales, hice notar al General Bolívar que, si todos los oficiales tomaban las armas y se ponían en filas junto a los soldados, se podría sorprender la ciudad de Santo Domingo y apoderarse de la parte española de la isla, para preparar allí operaciones más extensas; pero habiéndolo hallado dispuesto a retornar para volver a reunir a los Jefes que se habían quedado en la Costa Firme, me embarqué el 29 de octubre, aprovechando la ocasión que se presentó, de regresar a los Estados Unidos de América (...) [10]

 

Hay que hacer honor a la discreción de Lorich y a su benevolente actitud hacia el Libertador. Por aquella época las cosas marchaban francamente mal. Cartagena había caído en poder de los españoles (1815), y Bolívar, espoleado por una tenacidad febril, había armado la célebre Expedición de los Cayos con enormes dificultades, entre las que sobresalía el exceso de arrogantes oficiales y la ausencia de tropa disciplinada. Ducoudray-Holstein, legionario francés participante en esta empresa, y más tarde pirata por cuenta propia y calumniador irreconciliable de Bolívar, nos ha dejado una excelente descripción de sus propios compañeros de armas, que exigían ascensos a cada momento, cuestionaban la jefatura bolivariana y proferían amenazas terribles si no se les daba participación en el liderazgo:

 

La composición de ese ejército expedicionario, que tomó más tarde el título de ejército libertador, era como sigue: había seis generales, nueve coroneles, cuarenta y siete tenientes coroneles, un jefe de estado mayor, tres coroneles ayudantes generales y dieciocho oficiales del estado mayor; un comandante de la artillería, un intendente general, un secretario general de la intendencia, un buen número de oficiales de administración del ejército, un comandante general de la caballería, sin tomar en cuenta que cada general tenía sus edecanes, un secretario, sirvientes, y muchos llevaban también sus amantes o esposas; que cada ayudante general y cada coronel tenía su ayudante; que el número de mayores, capitanes y tenientes ascendía a cerca de quinientos, y que teníamos para todas esas charreteras menos de cincuenta soldados.[11]

 

El testimonio tiene valor, porque Ducoudray-Holstein abandonó luego las filas patriotas a causa de habérsele negado el grado de general. Pero aún aceptando que el mercenario francés exagerase, no puede extrañar a nadie que hubiera allí más oficiales que soldados, que llevasen a sus familiares y sirvientes consigo y que pretendiesen todos ser los jefes supremos de la epopeya que iban a librar. Se trataba, sobre todo, de emigrados que habían perdido su patria y sus haciendas, gente "distinguida" que había tenido propiedad, poder y mando. La revolución no poseía nada: los barcos eran propiedad privada del curazoleño Luis Brión, comerciante, o del francés Luis Aury, "pirata honrado" según habría de decir Adlercreutz cinco años más tarde; los recursos para pagar el avituallamiento del ejército estaban en Tierra Firme, en las haciendas y posesiones de los emigrados, que ellos iban a recuperar por la fuerza. Uno de esos hacendados, Mariano Montilla, indignado porque no se aceptaba su proposición de limitar la autoridad de Bolívar sometiéndola a una especie de consejo colectivo (en el cual pretendía tener voz y voto), amenazó con desafiar a duelo y dar muerte al Libertador, y solamente la enérgica intervención de Brión y las hábiles maniobras del presidente Pétion aseguraron la unidad del mando. Pero Aury y Montilla quedaron expulsados de las filas patriotas. El primero no pudo jamás regresar a ellas; el segundo se reconcilió más tarde con Bolívar y llegó a ser el jefe máximo del departamento del Magdalena, el hombre fuerte de Cartagena y superior inmediato de Federico Tomás Adlercreutz. En sus haciendas se hacía uso de fuerza de trabajo esclava, y se continuó haciéndolo después de la revolución. Bolívar, desde el comienzo, había dado libertad a sus esclavos.

            Así pues, cuando Lorich habló con Bolívar, lo que se realizaba en Haití era un desesperado intento de reorganizar lo que quedaba de fuerzas republicanas, después de gravísimas derrotas y violentas disensiones. Pese a ello, el Libertador logró infundir en la mente del sueco la convicción de su grandeza:

 

Bolívar ofrecerá por sus reiteradas empresas, aunque no llegue a ver el éxito, un ejemplo más vasto que aquel que podría dar si él redujese su gobierno militar a límites más estrechos,

 

escribió Lorich, reconociendo con ello que el escenario de Santo Domingo, que él había propuesto, era demasiado pequeño para lo que el caraqueño podía hacer.[12]

            El informe de Lorich, que he citado, fue puesto a consideración del rey Carl Johan casi inmediatamente después de su coronación. Positivo fue sin duda el juicio del monarca, pues Lorich fue nombrado cónsul en Philadelphia y en 1823 cumplió una misión de observación y contactos con el gobierno de la Gran Colombia.

            Otro importante contacto, del cual no haré aquí más que una mención, por no tratarse de la Tierra Firme sino de los países del Cono Sur, fue el que logró establecer el capitán Johan Adam Graaner en 1816 con los revolucionarios de Buenos Aires, Tucumán y Chile. Graaner asistió al célebre Congreso de Tucumán, que declaró la independencia de la Argentina. Escribió un informe para el Príncipe Real[13] y dos años después regresó a esas regiones cumpliendo una misión encomendada por Bernadotte. Fue portador de dos importantes mensajes dirigidos al rey sueco, uno por Juan Martín de Pueyrredón, presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y otro por Bernardo O'Higgins, libertador de Chile.

 

 

2. San Bartolomé, base de operaciones

 

La isla de San Bartolomé, pequeño montículo de 21 kilómetros cuadrados, en forma de escuadra (o de bumerang), situada en el grupo de las Antillas menores, rodeada por San Martín, Saba, San Eustaquio, San Cristóbal (St. Kitts) y Barbuda, había sido adquirida por Suecia mediante los acuerdos complementarios del Tratado de Versalles (30 de septiembre de 1783). Gustavo III de Suecia, cuyas estrechas relaciones con el rey de Francia Luis XVI implicaban que el primero recibía subsidios del segundo a cambio del apoyo de Suecia a la política francesa en Europa, había intentado durante varios años obtener una posesión en el Caribe. Sus esfuerzos dieron fruto al discutirse la paz que pondría fin al conflicto entre Inglaterra y la alianza francoespañola: Francia obtuvo para Suecia la isla de San Bartolomé, a cambio de privilegios comerciales en Gotemburgo. El tratado de cesión se firmó en París el 1 de julio de 1784 y Suecia plantó bandera efectivamente el 7 de marzo de 1785. La isla regresó a manos de Francia el 16 de marzo de 1878.

            En más de una ocasión, San Bartolomé ofreció hospitalidad a los patriotas hispanoamericanos. Ya en noviembre 1797 buscaron allí asilo los conspiradores España y Cortés Campomanes, cuando se encontraban en plenos preparativos de revuelta [14]. Más tarde, al producirse la catástrofe de la primera república de Venezuela y la caída de Caracas en manos del feroz Monteverde, Mariano Montilla se refugió en la isla sueca. Desde allí escribía, acosado por las fiebres, a Luis López Méndez, informándole sobre la implacable represión desatada por los realistas [15]. El mismo Montilla habría de cultivar, a lo largo de toda la guerra de independencia, muy buenas relaciones con el vecindario de San Bartolomé, y sus hermanas residieron allí durante algún tiempo, antes de instalarse definitivamente en París. Pero fue principalmente gracias a los vínculos de negocios como podremos comprobarlo en las páginas que siguen que los habitantes de la colonia sueca pudieron entablar amistad duradera con los revolucionarios de la región.

            En el momento de iniciarse la administración sueca, San Bartolomé tenía 739 habitantes, de los cuales 458 eran blancos (franceses, ingleses y holandeses) y 281 esclavos; pero en 1812, cuando fue transferida a la Caja del Rey por orden de Bernadotte, su población había crecido a 5.482 personas (1.948 blancos, 1.128 libres de color y 2.406 esclavos)[16]. Este incremento de la población tenía relación con la prosperidad de la colonia, causada por la situación de guerra en aguas del Caribe y la neutralidad que Suecia mantenía: "El comercio, que ha llegado a ser el oficio de los nuevos colonos, consiste principalmente en el intercambio de los productos de Norteamérica con las mercancías que se introducen, en parte abiertamente, en parte clandestinamente desde las islas vecinas, en cuyos puertos no pueden mostrarse los Americanos. Este movimiento ha sido más activo y más amplio en la medida en que la guerra y otros acontecimientos han hecho menos eficaz el monopolio de las metrópolis lejanas. Como San Bartolomé era entre los años 1809 y 1813 el único puerto neutral en este Archipiélago, se veían allí a veces varios centenares de navíos a un mismo tiempo".[17]

            Hacia 1819 se produjo alguna disminución de la población, causada por emigración de comerciantes y artesanos hacia los nuevos centros de actividad económica creados por la guerra de independencia hispanoamericana. Negociantes como Juan Bernardo Elbers, funcionarios como von Hauswolff o Plageman de quienes hablaremos más adelante, se trasladaron a las tierras de la recién nacida Gran Colombia para abastecer de armamentos y otras mercancías a la nueva república. Al mismo tiempo, una cantidad no determinada de carpinteros y artesanos fijaron residencia en Angostura, en la isla de Margarita y en otros lugares de la costa, para trabajar en la armada y reparación de las naves corsarias republicanas.[18]

            Una estadística, tomada de documentos de la época[19], nos ofrece el siguiente cuadro demográfico de San Bartolomé para el año de 1819:

 

Blancos

1.738

Negros y mulatos libertos

816

Esclavos

2.303

Total

4.857

 

 

            Pese a esta disminución demográfica con respecto a las cifras de 1812, los habitantes de San Bartolomé vivían una época de prosperidad, cuyas premisas habían sido creadas por la política. Al producirse la invasión napoleónica a España, Inglaterra reconoció como gobierno amigo y aliado a la Junta de Cádiz pero, al mismo tiempo, aprovechó la crisis del sistema colonial español para buscar en Hispanoamérica las materias primas que necesitaba para su industria, duramente afectada por el bloqueo continental. Para ello necesitaba intermediarios, pues ni quería ni podía entrar en conflictos con su aliado español. Y no era posible usar a las colonias holandesas y danesas como tales intermediarios, pues tanto Holanda como Dinamarca seguían los dictados de Francia. En tales condiciones, la minúscula colonia sueca de San Bartolomé aparecía como la única base de operaciones accesible. Aunque Suecia debió declarar formalmente la guerra a los ingleses, después del derrocamiento de Gustavo IV Adolfo y de la elección de Bernadotte como Príncipe Heredero, en los hechos continuó funcionando un sistema comercial que garantizaba la supervivencia de la isla. En 1812 Napoleón invadió Pomerania, dominio sueco, y la ruptura que se produjo en consecuencia permitió un juego más abierto en las Antillas. No sin contradicciones: Suecia era ahora aliada de Inglaterra en Europa, pero en el Caribe jugaba a la neutralidad en el conflicto entre Inglaterra y los Estados Unidos. Estado de guerra en la región y política de neutralidad, tales eran las premisas del bienestar de San Bartolomé. El Acta de la sesión del Consejo de Gobierno de la isla, del 20 de abril de 1816, expresaba esta situación de un modo muy exacto:

 

La isla de San Bartolomé se presenta ante el estadista como un fenómeno notable y singular. Desheredada por la naturaleza hasta el punto de que sus productos no alcanzarían a mantener a unos pocos miserables individuos, y de que sus cultivos no ofrecerían ni recompensa ni goce, cercada en un archipiélago por las más bellas y exuberantes islas del globo terrestre, siendo la repulsiva imagen opuesta de todas ellas, allí ha fundado la habilidad estimulada por ventajosas circunstancias políticas, una ciudad habitada por algunos miles de moradores que en ella han puesto una riqueza de significación y cuyo comercio no se ha desatendido durante el último decenio. Esta creación extraordinaria, rápida y opuesta al orden natural, en una época de infortunio general y decadencia, solamente ha podido ocurrir en un sitio que, como San Bartolomé, carece por completo de toda significación política, no teniendo nada que perder y sí todo por ganar. En vano quisiéramos negar que la guerra, tanto entre las grandes potencias coloniales como entre los estados mercantiles rivales, ha levantado nuestro pedazo de roca a la altura de su prosperidad, y que la paz general, que vuelve a poner al movimiento comercial sobre sus viejos rieles, amenaza con socavar la nueva vida de la Colonia, que aún no ha echado raíces, y talvez con retrotraer a la isla a su primera nada... (Firmado) F. L. Thenstedt.

 

Lo arriba dicho, se agregaba de inmediato en una nota anexa al pie del documento, constituía la razón por la cual se adoptaban ahora "ciertos cambios" en las disposiciones sobre comercio, especialmente en lo que se refiere a comercio de tránsito, "el único que alguna vez hemos tenido, y el único con que, parece, podremos contar alguna vez".[20]

            El fin de las guerras napoleónicas amenazaba la prosperidad de la isla; pero, en cambio, el desarrollo y la extensión de las hostilidades entre España y sus colonias sublevadas abría nuevas perspectivas económicas. Por eso, al mismo tiempo que se reconocían con franqueza los beneficios que la guerra puede ofrecer siempre que uno participe en ella únicamente como comerciante, se decretaba una rebaja de las tarifas aduaneras para atraer al puerto de Gustavia a todos aquellos que se dedicaban al "comercio de tránsito".

            Este "comercio de tránsito", que era con mucha frecuencia un comercio de contrabando, así como tráfico de mercancías capturadas mediante corso y piratería, se hacía a través de un buen puerto natural que pertenecía a San Bartolomé, pero que estaba lo bastante alejado como para que las autoridades pudiesen alegar que las transacciones que allí se llevaban a efecto ocurrían sin su conocimiento y sin que fuera posible reprimirlas:

 

A la jurisdicción de San Bartolomé pertenece una pequeña isla llamada Cinco Islas, en inglés Five Islands, en francés La Fourchue. Se encuentra aproximadamente a una milla sueca (10 kilómetros) de distancia y consiste casi únicamente en salientes de roca, pero tiene un pequeño puerto seguro donde a veces buscan refugio Corsarios y Piratas.[21]

 

La expresión "a veces" debe ser tomada con reservas. En un despacho español de Hacienda fechado el 22 de enero de 1820 se hace mención de los daños causados por los corsarios insurgentes, y se incluye una carta de Pablo Chacón, cónsul español en Norfolk (25 de noviembre de 1819), con detalladas noticias de corsarios y sus armamentos. Luego de hacer una relación de la actividad corsaria desde 1816, dice Chacón:

 

El punto de reunión de estos Piratas en las Antillas es el lugar llamado Five Islands, o Cinco Islas, que está entre San Martín y San Bartolomé, y cercanías de San Thomas. En estas dos últimas (es decir en San Bartolomé y San Thomas) residen los Agentes que se les mandaron de Baltimore. Los cargamentos y robos se recogen generalmente en S. Thomas de donde se expiden a los Estados Unidos. Según lo que he podido averiguar se armaron y equiparon en Baltimore unos 25 corsarios que llevaron juntos 289 cañones y 800 hombres de tripulación, la mayor parte marinería de estos estados.[22]

 

El documento citado se refiere exclusivamente a los corsarios de los gobiernos independentistas hispanoamericanos que habían sido armados con patentes de Baltimore y marinería norteamericana. Pero había además corsarios armados en las Antillas, con marineros holandeses, franceses, ingleses y daneses. Muchos cambiaban de bandera según los vientos de la guerra: un día eran de Artigas, otro día enarbolaban el pabellón de la Gran Colombia. Y todos ellos llegaron a ser una de las principales fuentes de dinero para San Bartolomé. Ellos llegaban con mercaderías de Tierra Firme (en especial mulas, usadas preferentemente para el pago de los suministros de armas) y productos de los Estados Unidos, muy apreciados por los habitantes de todas las Antillas. Los comerciantes locales actuaban como intermediarios en estas transacciones. Si los corsarios capturaban una presa española, tenían que llevarla a la isla venezolana de Margarita, donde existía un Tribunal del Almirantazgo que formalizaba la captura y "condenaba" la presa; pero con mucha frecuencia los corsarios apresaban barcos neutrales y, en consecuencia, no se atrevían a presentarse ante el Tribunal. Cuando eso ocurría enfilaban hacia Five Islands y vendían ilegalmente sus cargamentos a los comerciantes de San Bartolomé. A veces, incluso, llegaban hasta el puerto de Gustavia con el pretexto de tener averías, y las autoridades suecas procedían entonces a una confiscación formal de la presa y a la apertura de una investigación, que generalmente resultaba en nada. Se dio el caso, inclusive, de que el gobernador sueco permitió la venta de la presa y luego dejó en libertad al corsario, depositando en la Caja de la Gobernación el producto del botín, a cambio de la promesa de regresar con el fallo favorable del Tribunal del Almirantazgo grancolombiano; y de los documentos surge la evidencia de que esto se hacía con pleno conocimiento de la corte de Estocolmo[23]. Los corsarios tenían en Gustavia, además, la posibilidad de emplear los servicios de excelentes carpinteros, armadores y artesanos, tanto para reparar averías como para equipar navíos. Solamente una cosa estaba prohibida en San Bartolomé: el tráfico de esclavos[24]. Si un corsario de la Gran Colombia había capturado un barco negrero, se dirigía de ordinario a Guadalupe o Martinica, colonias francesas, o a la isla danesa de St. Thomas, donde los esclavos eran vendidos en pública subasta sin que las autoridades locales exigiesen siquiera el fallo del Tribunal del Almirantazgo. Había corsarios grancolombianos que no se limitaban a esperar la suerte de encontrarse con una embarcación negrera sino que hacían expediciones de captura en las plantaciones de las costas de Cuba. Tal era, muy resumida, la actividad financiera del corso hispanoamericano en la región, entre 1816, cuando sus operaciones se iniciaron en gran escala, y 1823, cuando comenzaron a declinar.[25]

            La abundancia de mercaderías aportadas por las presas de los corsarios se acrecentaba con otras formas de comercio ilícito. El legionario James Hackett, participante en una de las primeras expediciones reclutadas en Londres por el agente grancolombiano Luis López Méndez, nos ha dejado en su Narrative of the Expedition which sailed from England in 1817, un testimonio interesante acerca del comercio de contrabando en San Bartolomé, en donde permaneció con sus compañeros de armas cerca de cinco semanas, a comienzos de 1818, antes de incorporarse a las fuerzas patriotas:

 

Se puede considerar esta isla como el punto de cita general de todos los barcos contrabandistas; a la vista ondean en el puerto de Gustavia los pabellones de todas las naciones, principalmente el de América (del Norte); y me he informado que la mayor parte de la ganancia de los negociantes establecidos en esta isla consiste en el interés que tienen en las naves que practican el contrabando.[26]

 

La importancia del contrabando norteamericano y de otras naciones en la región sufría los altibajos impuestos por las fluctuaciones de la guerra de independencia hispanoamericana, como puede deducirse de los informes enviados por los sucesivos gobernadores de San Bartolomé a la metrópoli. En 1816, el gobernador Stackelberg escribía al Canciller de la Corte, diciendo que "El comercio está debilitado; ningún cambio particular se ha detectado después de la rebaja de los derechos aduaneros; sin embargo he tenido el placer de experimentar que los pocos Americanos que han arribado, han permanecido, y uno ha regresado de la isla más cercana"[27]. Cuatro años después, cuando los corsarios grancolombianos dictaban su ley en las aguas de la región, el gobernador Norderling informaba:

 

Nuestro comercio se mantiene, o más bien se aumenta: vemos ordinariamente de 15 a 30 embarcaciones norteamericanas en el puerto, sin contar los barcos de cabotaje franceses, ingleses y holandeses, que nos traen contrabando de productos coloniales. Yo quisiera sin embargo ver un poco más cantidad de estos últimos, para afrontar el pago del cargamento de los primeros, a falta del cual muchos de ellos se van principalmente a San Tomás.[28]

 

Por esos días, también, el mismo gobernador Norderling se quejaba de no tener mercaderías suficientes incluyendo entre ellas fusiles para atender las crecientes demandas de un mercado muy activo:

 

Deberíamos tener aquí un depósito de toda clase de productos suecos de hierro. Ahora mismo estamos obligados a mandar pedir a San Thomas, clavos que se requieren para la reparación de la casa de la Corona. Ayer habría podido yo vender 3.000 fusiles, si hubiese tenido. Aquí podrían venderse planchas de hierro, cañones, cerrojos, bisagras y azadas.[29]

 

Un ítem importante de entradas para algunos comerciantes de San Bartolomé era la provisión de víveres a los navíos de guerra y de corso grancolombianos. Ya en 1817 había cuentas considerables al respecto, como lo demuestra la siguiente nota de Bolívar al almirante Luis Brión:

 

Al señor Almirante.

Incluyo a V.E. las cartas del señor Cremony, negociante de San Bartolomé, relativas al cobro de mil setecientos cuarenta y un pesos, valor de ciertos víveres que dice entregó al Mayor General de Marina. Infórmeme V.E. si efectivamente se recibieron dichas provisiones, y si su justo valor es el que cobra dicho señor Cremony.

              Dios guarde, etc.                Bolívar [30]

 

El negociante Juan José Cremony había enviado al Libertador, en mayo de 1816, algunos "efectos"  (no sabemos de qué se trataba), "cuyo importe asciende a 1.671 pesos, 7 1/2 reales", los cuales serían pagados con cacao a fines de junio: "Espero que tendrá U. la condescendencia de aguardar hasta entonces".[31]

            La intervención de Suecia, por medio de San Bartolomé, en las operaciones de suministro de armamento por parte de Inglaterra, y de trasbordo de los legionarios ingleses e irlandeses que llegaban a incorporarse al ejército bolivariano, señala un punto decisivo de la política de Bernadotte con respecto a "los insurgentes de Tierra Firme". Ya he mencionado que la primera expedición de voluntarios llegó a la isla al comenzar el año de 1818. Este contingente constaba de cinco cuerpos: la Brigada de Artillería, bajo el mando del coronel J. A. Gilmore, a bordo del Britannia (400 toneladas, capitán Sharpe); el Primer Regimiento de Húsares de Venezuela, comandado por el coronel Gustavo Hippisley, a bordo del Emerald (500 toneladas, capitán Weatherly); el regimiento de Húsares Rojos dirigido por el coronel Wilson, a bordo del Prince (400 toneladas, capitán Nightingale); el Primer Regimiento de Rifles de Venezuela, bajo el mando del coronel Donald Campbell, a bordo del Dowson (400 toneladas, capitán Dormor); y el regimiento Primero de Lanceros encabezado por el coronel Skeene, a bordo del Indian. Este último no llegó jamás a su destino: se hundió poco después de zarpar de Inglaterra, y los 220 legionarios que llevaba murieron en el naufragio, así como toda la tripulación[32]. A mediados de enero de 1818 entró el Emerald en el puerto de Gustavia, y el día 24 atracaron el Britannia y el Prince, siendo recibidos por los suecos "con la mayor cordialidad. El coronel Rosensvärd, gobernador..., invitó a los oficiales, pocos días después de nuestra llegada, a una gran fiesta que ofreció en el palacio de la gobernación para celebrar el aniversario del nacimiento del Príncipe Real de Suecia". [33]

            Los legionarios gozaron de la generosa hospitalidad de autoridades y comerciantes durante cinco semanas; pero pronto se produjeron incidentes que obligaron al gobernador Rosensvärd a exigir a los ingleses su salida de la isla. El hecho más grave fue protagonizado por el coronel Wilson, quien pretendió apoderarse, al mejor estilo pirata, de una polacra española anclada en la bahía de Marigot, es decir en aguas suecas[34]. Los barcos expedicionarios salieron de San Bartolomé el 21 de febrero, y cuando regresaron acosados por las dificultades, cinco semanas más tarde, ya no fueron recibidos con fiestas en Gustavia. El gobernador Rosensvärd se limitó a anotar que "tres de los barcos ingleses que estaban destinados para la Costa Firme han regresado aquí; solamente uno de ellos ha informado sobre sus tropas. Ellos han visitado algunas islas de las Antillas, y parece que su plan no les ha dado resultado". [35]

            Los legionarios fueron remitidos al islote de Five Islands para realizar allí las operaciones de su trasbordo a naves grancolombianas. Esas operaciones se prolongaron durante todo un mes, desde mediados de abril hasta mediados de mayo de 1818, bajo la directa supervisión del almirante Luis Brión, presidente del Consejo de Gobierno. Se trataba de salvar los restos de la expedición y volver a formar los cuerpos disueltos por disensiones, insubordinación y desmoralización[36]. Brión llegó con su escuadrilla a San Bartolomé el 11 de abril y su presencia fue registrada por el periódico local The Report of Saint Bartholomew:

 

GUSTAVIA, abril 20 de 1818.

El sábado 11 del corriente arribó a este puerto el Almirante Brión, con dos bergantines y una goleta; y como fue informado inmediatamente que él no podría ser recibido aquí, ni tampoco se permitiría a sus barcos pasar dentro de una distancia de tiro de cañón, partió para Five Islands, un cayo con una buena bahía situada a la distancia de unas seis millas (quiere decir millas americanas) de esta isla; pero donde solamente se encuentra una sola casa habitada. El Almirante visitó posteriormente esta plaza, observando el más estricto incógnito; pero tan pronto como fue reconocido se le exigió que saliese de Five Island, donde sus embarcaciones no tenían permiso de anclar. El jueves partió a reunirse con su escuadrilla, la que, hasta donde sabemos, todavía permanece en Five Island reparando algunas averías sufridas por el aparejo durante las últimas tempestades.

Es imposible forzar la escuadrilla a salir de su actual atracadero, pero toda comunicación entre esta isla y Five Islands está prohibida por tiempo indefinido, y para que pueda ser efectivamente interrumpida se han apostado guardias y patrullas a lo largo de las costas durante las noches, medida que continuará probablemente en vigor hasta que esos barcos zarpen.[37]

 

Apenas puede dudarse de que la noticia se publicaba por lo menos con la anuencia de las autoridades de la isla. Al mismo tiempo que servía para demostrar ante los gobiernos vecinos que en San Bartolomé no se aceptaban corsarios, aunque no era posible impedir su presencia en Five Islands, la nota periodística era muy útil para hacer creer a esos mismos gobiernos que las autoridades de Gustavia prohibían a los comerciantes locales todo contacto con los insurgentes, aún a título de comercio. Pero todas estas prohibiciones e "interrupciones de la comunicación" entre Five Islands y San Bartolomé no pasaron de las palabras. Al mismo tiempo que ordenaba "interrumpir la comunicación", el gobierno permitía la publicación, en inglés, de la proclama de bienvenida que el Presidente interino del Consejo de Gobierno de Venezuela, Francisco Antonio Zea, había dirigido desde Santo Tomás de la Nueva Guayana a los legionarios de la primera expedición, proclama que sin duda había sido llevada por el propio almirante Luis Brión para alentar a los voluntarios que ahora iba a recoger en Five Islands. [38]

             Más aún, la traducción al inglés de una extensa carta dirigida por el general Anzoátegui al general Tomás Montilla, con detallada información sobre las recientes victorias de los patriotas en Sombrero, Rastro, Guardatinajas y Camaguán, fue publicada íntegramente, ocupando con ello el 40 por ciento de la superficie total de The Report of Saint Bartholomew. El hecho adquiere importancia cuando se considera que precisamente en ese mismo número se publicó la noticia de la muerte del rey sueco Carlos XIII y la proclama del nuevo monarca, Carl XIV Johan, y que estos dos documentos en conjunto ocuparon prácticamente el mismo espacio que la carta de Anzoátegui a Montilla. [39]

            Pero hay algo aún más interesante. En el mismo momento en que las autoridades de San Bartolomé hacían pública su decisión de prohibir toda comunicación con las fuerzas navales patriotas, el gobernador de la isla se entrevistaba en secreto con el almirante Brión y acordaba con él las medidas de discreción necesarias para evitar conflictos diplomáticos entre Suecia y España. He aquí el relato del propio gobernador Rosensvärd:

 

La llegada del Almirante Brión me colocó en una situación bastante difícil, por un lado para no hacer del gobierno objeto de reclamaciones del Gobierno Español, y por otro lado para no chocar, por exceso de celo en favor del interés español, con los Independientes, que son los fuertes en el mar, y que fácilmente podrían destruir todo nuestro comercio (...)

 

Para tener más fácil éxito en ambos asuntos, y no depender de agentes, hice que una persona le dijera a uno de los amigos de Brión (él vivió aquí durante largo tiempo hace unos años): "A pesar del incógnito de Brión, el gobernador sabe que él está aquí. Lo que haga en consecuencia, no lo sé; pero yo pienso que el Almirante podría visitar al Gobernador esta tarde, sin que por ello se produjesen contra él medidas duras o desagradables".

 

Brión vino a verme. Yo le dije que en consideración a España yo estaba obligado a no permitirle a él, a sus barcos, gente y mercaderías aparecer por aquí; y que, puesto que yo no les podía impedir permanecer en Cinco Islas (la Fourchue), yo por lo menos podía y debía prohibir la comunicación entre San Bartolomé y el citado lugar, así como detener a cada uno de los llamados Independientes que viniesen aquí, y expulsarlos de inmediato. Pero si él quisiera observar toda la prudencia posible, y realizar sus diligencias en debida forma, él podía estar convencido de que no veríamos nada más de lo que tenemos que ver (...)

 

El Almirante respondió que él por supuesto consideraba la necesidad de apoyar lo que yo decía, y que él deseaba observar toda la prudencia posible y actuar ajustándose a mis indicaciones, y agradeció en el nombre de la República mi buena voluntad. Agregó que él había vivido largo tiempo aquí, amaba este lugar y tenía aquí muchos amigos, y para no crearles problemas a ellos ni al Gobernador así como, de ser posible, para favorecerlos, se había mostrado fuera del puerto con la bandera de Venezuela, convencido de que ella no podía entrar en él; pues su pensamiento fue en todo caso anclar en Cinco Islas, de lo cual no se me podía culpar, puesto que yo no tenía barco armado con qué echarlo de allí. El había ido allí para hacer reparaciones, etc...; y al mismo tiempo para comunicarse con los barcos que se encontraban allí, que habían entrado en su servicio, pero que por falsos rumores oídos en Granada habían regresado aquí y tal vez proyectaban volver a Inglaterra o dirigirse a otra parte. [40]

 

En fin, el almirante Brión pudo cumplir con éxito su misión, con ayuda de la "vista gorda" de las autoridades de Gustavia. Según había de decir Rosensvärd, "una gran prudencia y moderación han sido sin embargo necesarias para no exponer nuestro comercio y nuestros barcos a la mala voluntad de este partido, cuyos corsarios abundan en nuestros mares" [41]. El Correo del Orinoco, por su parte, constataba con satisfacción que "ocho mil fusiles, quinientos quintales de pólvora y el doble de plomo, un tren completo de Artillería, máquinas, instrumentos, hábiles Artistas (técnicos), y cuanto es preciso para hacer la guerra, como jamás se ha hecho en Venezuela, todo ha llegado felizmente a la Guayana por efecto de su actividad, de su celo y de su intrépido valor. Ha venido también la Brigada de Artillería, y la mayor parte de las tropas Inglesas". [42]

 

            El gobierno sueco, adelantándose a cualquier protesta diplomática de parte de España, dirigió una nota de respuesta al gobernador de la isla de San Bartolomé, nota no exenta de picardía, como el lector podrá ver:

 

El Rey aprueba vuestra conducta con respecto a Brión, al comandante español y al bergantín español Santiago ("St. Iago"), que habéis restituído al gobierno de La Habana. Es la voluntad expresa de S.M. que evitéis en el futuro como lo habéis hecho hasta ahora, dar al gobierno español, que se encuentra en relaciones amistosas con Suecia, algún motivo valedero de acusaros de condescendencia con cualquiera de las colonias que se han alzado contra él (...)

 

(...) Si no habéis podido alejar de La Fourchue la escuadra de Brión, y su presencia allí se ha hecho sonar mucho en las gacetas de vuestra vecindad, vos habéis de todas maneras cumplido con lo que el Rey os ha hecho presente... interrumpiendo la comunicación entre esta escuadra y San Bartolomé (...)

 

(...) La escuadra de S.M. Católica no ha juzgado conveniente atacar a la de Brión, y sería entonces demasiado exigir que vos hubiéseis podido y debido expulsarla de La Fourchue, con algunas embarcaciones descubiertas llevando una veintena de soldados (...) [43]

 

Bolívar, por su parte, continuaba recibiendo provisiones desde San Bartolomé [44] y tanto el almirante Brión como el comandante de la marina grancolombiana Nicolás Joly seguían visitando la isla sueca en busca de dichas provisiones, que los comerciantes les adelantaban al fiado [45]. No es posible omitir aquí que Nicolás Joly, considerado en Colombia y Venezuela como un héroe y por algunos escritores suecos como un pirata sanguinario, se casó con una hermana del general Juan Bautista Arismendi con el propósito explícito de mejorar su imagen ante el mando bolivariano, y estableció un jugoso negocio de corso con su cuñado, quien además de ser propietario de navíos tenía influencia sobre el Tribunal del Almirantazgo, en su carácter de general del Ejército Libertador y gobernador de la isla de Margarita. Joly residía en San Bartolomé, en donde negociaba sus presas ilegales, sin dejar de vivir oficialmente en Venezuela, donde funcionaba como capitán de la marina patriota. [46]

            No es posible dudar de la hospitalidad con que se recibía a Joly en San Bartolomé. En carta a Bolívar, fechada el 25011819, nos ha dejado él mismo datos elocuentes:

 

(…) salgo al momento en la corbeta de la República Victoria, que mando, teniendo al mismo tiempo bajo mis órdenes los buques cuyos nombres siguen: el bergantín Libertador, las goletas Espartana, Bruto, y Favorita. Me dirijo a San Bartolomé, para unir a la misma División el hermoso bergantín de dieciocho cañones que tengo comprado, así como la goleta Belona, que dejé como crucero en dicho punto. [47]

 

Tres años después, con ocasión de una protesta que el almirante francés Donzelot, gobernador de la Martinica, presentó ante el gobernador de San Bartolomé en 1822, a causa de las piraterías de Joly, respondió el funcionario sueco lo que sigue:

 

El Sr. Joly reside aquí por intervalos, desde hace aproximadamente un año, con su esposa (una hermana del General Arismendi) y un hijo. Yo creo que él ha sido Comodoro al servicio de Colombia, y puede ser que todavía lo sea. Cuando llegó aquí por primera vez comandaba un bergantín muy grande, que poco tiempo después tuvo necesidad de grandes reparaciones. No habiendo obtenido mi permiso de hacerlas en este puerto, fue obligado a enviar su nave a Nueva York, de donde, se dice, la espera para regresar a la Costa Firme. En cuanto a los vínculos y operaciones del Sr. Joly en otros países, casi nada puedo decir, y esos no son asuntos míos; pero Vuestra Excelencia puede estar persuadida de que en esta colonia no se permite a nadie el saqueo de naves capturadas. [48]

 

En lo que a Joly y Arismendi respecta, ya en el año de 1819 el general Rafael Urdaneta había escrito a Simón Bolívar una carta con observaciones muy francas:

 

Si V.E. fía en mi palabra, desprecie V.E. todos cuantos informes reciba del General Arismendi, del Almirante y de cualquiera otro, y crea que aquí no se trata sino del negocio personal. A V.E. le dirán que en la escuadra hay 400 fusileros que sirven a la República, y que por eso no pueden sacar más tropas de la isla. Es verdad que están en la escuadra, pero de la escuadra pertenecen dos buques al Estado, los demás hacen el corso por Joly, por Arismendi, Brión, etc., y servir a particulares, no es servir a la República. Hay mucho que hablar en estos asuntos, y sería nunca acabar. Es necesario tener la cosa presente para poder juzgar de ella.

 

Acompaño en copia a V.E. la orden que he pasado al Comandante Rosales para que salga, y si en dos horas no lo hace, saldrá Bravo con la goleta. También son asuntos personales los que han detenido a Rosales. El cargamento que lleva es de él y de Arismendi. [49]

 

Y en lo que tiene que ver con el gobernador Norderling, debemos a uno de sus enemigos, Erik Dalbeck, expulsado de la isla a causa de conflictos de carácter burocrático, una extensa carta dirigida al conde Gustaf af Wetterstedt, secretario del gabinete, en la que incluía una "Tabla enunciativa de las sumas recibidas de los Capitanes de Corsarios, de Piratas o de sus Agentes" [50]:

 

 

1°

* Dubouil, pirata, Gourdes efectivas $

10.000

2°

* Danells, Comodoro al servicio de la República de Colombia, teniendo bajo sus órdenes numerosos corsarios, ha dicho él mismo que él ha pagado setenta y seis mil gourdes por la entrada de sus presas en el Puerto de Gustavia, y se presume que de esta suma, veinte mil gourdes han entrado en la Caja del Rey, bajo el nombre de derechos de Aduana, y que cincuenta y seis mil gourdes han sido recibidas para el camino a construir

56.000.

3°

* Northrop

8.000.

4°

* Pilot

8.000.

 5°

* Wilson

2.700.

 6°

* D'Autant

1.200.

 7°

* Por el Independencia, Capitán Johnston

2.000.

 8°

* Jolly, Pirata

6.000.

 9°

  Jesupe

2.000.

10°

+ Powel (fallecido)

3.000.

11°

* Armstrong, Americano

6.000.

12°

* Debouge

1.000.

13°

  Slaymaker

2.000.

14°

  Bugait

1.000.

15°

* Bernard, Pirata

3.000.

16°

  Rafetier, goleta pirata

1.000.

17°

+ John Imlay (agente)

1.000.

18°

+ Por una goleta pirata perteneciente a Cremony & Paris

2.000.

19°

  Capitán Austin

500.

20°

  Cathery

1.200.

 

Total $

117.600.

 

(He marcado con asterisco (*) a los corsarios grancolombianos, y con cruz (+) a los comerciantes de San Bartolomé que aparecen en esta lista).

 

 

3. Venta de armas, pólvora y municiones

 

Suecia exporta cañones, pólvora y armamento en general desde el siglo XVII, y no siempre ha podido hacerlo de manera pública y abierta. Por lo menos es posible documentar una situación en que los clientes querían adquirir armas para hacer la guerra a un gobierno que tenía buenas relaciones diplomáticas y comerciales con Suecia, en tanto que ésta deseaba vender las armas en cuestión, tanto por hacer un buen negocio como por simpatía política con los compradores. Tal fue el caso de los patriotas hispanoamericanos durante el período 1810-1825.

            Ya he mencionado la actitud positiva de Bernadotte hacia la causa de la independencia de Hispanoamérica. Ahora trataré de mostrar cómo se materializó esa actitud en el suministro de equipo bélico.

            El 29 de febrero de 1816 se envió desde Estocolmo una nota de consulta al entonces gobernador de San Bartolomé, barón Stackelberg, a fin de conocer su opinión sobre el posible uso de la isla como lugar de depósito para los envíos de armamentos a los insurgentes de la Costa Firme. La respuesta del barón, fechada en Gustavia el 16-05-1816, contenía los siguientes conceptos:

 

(...) He tenido el honor de recibir hace un par de días la comunicación del Señor Barón de 29 de febrero, y debo, en obedecimiento a la orden del Señor Barón y Canciller de Corte, exponer mi pensamiento sobre la materia planteada en el primer punto: la creación de un depósito de provisiones de guerra en San Bartolomé para su expendio, podría posiblemente realizarse con beneficios si los numerosos estados de la costa española de América tienen suerte en sus empresas, es decir, si los Insurgentes tienen éxito; pero en cambio, si no triunfan, no veo ninguna posibilidad para una venta tan grande. En lo que se refiere a Santo Domingo (quiere decir Haití), ha sido provisto de todos sus equipos militares por Inglaterra; no obstante lo cual podría lograrse allí algún expendio, pero yo creo que nunca será significativo. Para que el Señor Barón forme su propio juicio, me permito del modo más humilde interrogarme si el establecimiento aquí del depósito en cuestión podría tal vez llegar a ser lesivo para los barcos mercantes, tanto de la metrópoli como de la colonia, en estas aguas. Los españoles, sin duda, no verían esto con tranquilidad y quizá se produjeran consecuencias. Los capitales comerciales de la colonia no son suficientes para el mantenimiento de una empresa tan grande. De este modo, ella debería ser realizada por cuenta de Su Real Majestad y de la Corona, aunque bajo el nombre de algún agente de confianza. Si un transporte fuese capturado, no podría compensarse la pérdida con otro, y esto podría resultar muy sensible. No hacer de nuevo ninguna expedición desde aquí, sino solamente dejar que el extranjero vaya a buscar (las mercancías) me parece que es lo mejor, si la situación política lo permite. Con ello, hay que anotar también, los expendios van a ocurrir más lentamente; en todos sentidos es éste un negocio que sin duda va a exigir algunos años de esfuerzo hasta que pueda realizarse el plan, pues no se puede esperar pago al contado, sino que debe hacerse por medio de trueque de mercancías, una parte de las cuales podría transportarse hasta la metrópoli, como por ejemplo productos coloniales y maderas de las Antillas. Los americanos con los cuales yo podría pensar en hacer algunas especulaciones, no llevan dinero sino productos de su país para dar en pago, los que podrían venderse aquí y a través de cambios seguros ser remitido su valor.

 

Por todas estas razones resumidas, comprenderá seguramente el Señor Barón, igualmente, que para la creación del depósito se requiere también la creación de una oficina con personal necesario... etc. [51]

 

Este dictamen parece haber convencido a Bernadotte, pues entre 1816 y 1819 no se hicieron nuevos proyectos de esta naturaleza, y se dejó simplemente a la iniciativa privada el negocio de la venta de armas a los rebeldes de la región, negocio que debe haber sido relativamente provechoso a pesar de la competencia inglesa: "se han visto afortunadas especulaciones de armamento y municiones" decía por esta época Olof Erik Bergius en un libro que habría de convertirse en fuente de consulta –al igual que su autor– para la formulación de la política comercial de Suecia en las Antillas.[52]

            En efecto, las ideas de Bergius acerca de la venta de armamento en la región, y de la inevitable emancipación de Hispanoamérica, expuestas en su libro [53], se ven claramente reflejadas en las instrucciones que el rey Carl XIV Johan entregó a Johan Norderling en el momento de nombrarlo gobernador de San Bartolomé [54]. Con extraordinaria franqueza y yendo derechamente al meollo, el monarca comenzaba esas instrucciones con órdenes precisas sobre la venta de un cargamento de armas y pertrechos por cuenta de la Caja Real. He aquí las citas pertinentes del documento:

 

Instrucción a la que deberá ceñirse el Sr. Norderling en el ejercicio de sus funciones de Gobernador de la Colonia de San Bartolomé; dada en el Castillo de Estocolmo, el 29 de abril de 1819.

 

Art. 1.-

El Rey, habiendo querido aprovechar la partida del Sr. Norderling para enviar a San Bartolomé un armamento completo de cañones, armas, pólvora y otras municiones de guerra, por un valor considerable, confía por la presente al Sr. Norderling, la tarea de vender esos efectos en beneficio de la Caja Colonial, y de la manera que él encuentre más conveniente. El Sr. Norderling no ignora que esos efectos han sido extraídos de los Almacenes de la Corona, y que los diversos Administradores que los han cedido a crédito deben tener sus reembolsos según la liquidación que debe hacerse a este respecto (...) Es pues esencial que al menos esta suma deba ser obtenida tan pronto como sea posible, y el Rey cuenta con los esfuerzos asiduos del Sr. Norderling para conseguirlo. S. M. impone a la venta o a la disposición de los efectos en cuestión, la condición expresa de que las transacciones y rendiciones de cuentas no pongan al Gobierno en ninguna conexión directa con los compradores pertenecientes a los países insurgentes contra los gobiernos que se encuentran en relaciones de amistad con S.M.; que esos efectos sean expedidos de San Bartolomé por personas bien conocidas y hacia un puerto neutral; que por estos medios y por la discreción de quienes tomen parte en el negocio, el interés del Gobierno sea disimulado ("deguisé") bajo el de los expedidores, sea en Suecia, sea en San Bartolomé, y tenga únicamente un carácter de tolerancia debida al comercio de exportación de los objetos fabricados en la metrópoli. Si esto tuviese éxito, los Almacenes de la Corona podrían anualmente proveer cañones, proyectiles y sobre todo pólvora para alimentar a la vez la actividad del comercio de San Bartolomé y el interés de la Caja Colonial. El Rey quiere que los gastos, así como las entradas de dinero que provengan de esta empresa, sean llevadas en una cuenta separada, y que se incluyan en un artículo aparte en los informes del Sr. Norderling.

 

(...) Si las circunstancias favoreciesen exclusivamente un pago en productos coloniales, y su transporte inmediato a Suecia, el Sr. Norderling está autorizado a hacerse reembolsar de esta manera, al menos por la mitad de la carga. El Rey se reserva la facultad de estatuir la gratificación por estas transacciones (...)

 

Art. 10.-

Siendo el comercio, protegido por una perfecta neutralidad, la base de la prosperidad de la Colonia de San Bartolomé, el Rey autoriza al Sr. Norderling a mantener con todas las naciones vínculos puramente comerciales, y a recibir en San Bartolomé a todos los comerciantes que se presenten bajo banderas reconocidas, y cuya conducta no sea contraria a las leyes del país. En cuanto a las naves negreras, o a las presas hechas a las naciones española o portuguesa, ellas no podrán ni ser recibidas ni vendidas en San Bartolomé; pero para los efectos causados legalmente por la posesión de un tercero, aún provenientes de una captura, no podrá tener lugar ninguna persecución por parte del Gobierno. El Sr. Norderling pondrá en las comunicaciones, que algunas veces serán inevitables, con los Jefes de los Insurgentes, o con los gobernantes de San Domingo, toda la franqueza y los procederes convenientes, sin reconocerles jamás oficialmente sus títulos y el carácter de Independencia (...)

 

Art. 14.-

El Rey espera del Sr. Norderling informes mensuales sobre la situación, no solamente de la Colonia, sino también de las otras colonias y países de América, cuyos acontecimientos no pueden carecer de interés para Suecia, sobre todo si las circunstancias permitiesen tener con ellos un comercio de exportación por la vía de San Bartolomé. El Rey está persuadido de que nada de lo que sea digno de atención escapará a la vigilancia y al celo del Sr. Norderling, y a fin de asegurar de la mejor manera el secreto de la correspondencia, el Gobernador será provisto de una clave (código cifrado) de la que deberá servirse cuando lo considere necesario.[55]

 

            El primer envío de equipo bélico llegó a la isla junto con el nuevo gobernador, a bordo del navío Nils Theodor, el 20 de agosto de 1819 [56]. El cargamento consistía en:

 

 

Cartuchos de guerra

50.000

Pólvora para fusiles (quintales)

200

Pólvora para cañones (quintales)

375

Pólvora para explosivos (quintales)

25

Fusiles ingleses

500

Machetes con empuñadura de bronce

200

Carronadas de 12 libras

6

Cañones de 12 libras

2

Cañones de 6 libras

7

Cañones de 4 libras

30

Cañones de 2 libras

30

Balas de 12 libras

1.500

Balas de 6 libras

2.000

Balas de 4 libras

7.500

Balas de 2 libras

7.500

Cureñas de 12 libras

8

Cureñas de 6 libras

7

Cureñas de 4 libras

30

Cureñas de 2 libras

30

Recargas de 12 libras

500

Recargas de 6 libras

700

Recargas de 4 libras

1.000

Recargas de 2 libras

1.500

 

además de otros accesorios y repuestos para piezas de artillería[57]. Las ventas no marcharon del todo mal, pues ya el 19 de abril del año siguiente, es decir ocho meses después de iniciadas las operaciones, comenzó Norderling a remitir dinero en forma regular. Ese día, en efecto, zarpó de Gustavia el Nils Theodor llevando 2.080 pesos españoles (en la documentación sueca, "piastras"), producto de la venta de 486 fusiles. Y el 4 de junio siguiente envió el gobernador, con nota cifrada, 514,9 pesos que el comerciante Juan Bernardo Elbers había pagado a cuenta de sus compras de cartuchos de guerra. Elbers había adquirido el día anterior 22.000 cartuchos y 35 quintales de pólvora.[58]

            Este último dato merece un comentario. Elbers era alemán, naturalizado en San Bartolomé; de carácter audaz, había promovido en 1810, junto con Juan José Cremony, una especie de rebelión contra el juez y el secretario de la Gobernación; en 1812, siendo miembro del Consejo de Gobierno, había tenido un conflicto abierto con el gobernador Berndt Robert Stackelberg; dos años después, en 1814, cuando el comercio local era acosado por los corsarios ingleses, había recibido del propio Stackelberg autorización para equipar sus barcos con cañones a fin de responder fuego con fuego; él era el único negociante con capacidad de especular, había dicho el siguiente gobernador, Rosensvärd, en 1817; en ese mismo año había comenzado Elbers sus negocios en gran escala con el ejército bolivariano, y en 1819 ya estaba instalado en la Costa Firme. El Libertador le confirmó un contrato, el 27 de agosto de 1820 (dos días antes de recibir en audiencia al voluntario sueco Federico Tomás Adlercreutz, con quien Elbers habría de establecer una amistad duradera), por el cual debería "negociar y comprar cuatro mil fusiles de primera calidad" y cien quintales de pólvora [59]. El hecho de que sus ventas al ejército Libertador no coincidan con sus compras en San Bartolomé, se explica porque Elbers adquiría armas directamente de proveedores ingleses, tanto en las islas de las Antillas como en Baltimore. De hecho, la provisión de fusiles por parte de los suecos puede calificarse de tímida, si se tiene en cuenta que Bolívar compraba por miles de unidades[60]. El gobernador Norderling vio muy pronto que no sería posible competir, y anotó en su informe del mes de marzo de 1820:

 

Deberíamos tener aquí un depósito de toda clase de productos suecos de hierro. Ahora mismo estamos obligados a mandar pedir a San Thomas, clavos que se requieren para la reparación de la casa de la Corona. Ayer habría podido yo vender 3.000 fusiles, si hubiese tenido. Aquí podrían venderse planchas de hierro, cañones, cerrojos, bisagras y azadas". [61]

 

Cumpliendo con las instrucciones que el rey le había dado, Norderling utilizó comerciantes particulares para la venta del armamento y los pertrechos. El hecho de que algunos de esos comerciantes fuesen miembros del Consejo de Gobierno de la isla no parecía perturbarlo: Robert Petersen, Juan José Cremony, Imlay, son nombres ligados a la administración colonial tanto como al comercio y al contrabando. Otros negociantes de peso eran los hermanos Bigard, mulatos, en constante conflicto con el gobernador y quienes compraron casi de inmediato 480 fusiles de la partida de 500 [62]. No podemos estar muy seguros de que esas armas fueron a parar a manos de Bolívar: los hermanos Bigard se vieron envueltos, tiempo después, en una conspiración para promover una rebelión de mulatos en las colonias francesas, como se desprende de la documentación que he podido examinar. [63]

            Por otra parte, el propio Johan Norderling se vería obligado a reconocer que la competencia inglesa era demasiado fuerte a causa de sus implicaciones políticas:

 

Los negociantes de nuestro vecindario, que han especulado con la venta de pólvora y de otros pertrechos de guerra a las nuevas autodenominadas repúblicas del continente, se encuentran bastante decepcionados, por la contrata hecha entre estas repúblicas y negociantes de Inglaterra, en virtud de la cual ellas serán abastecidas de estos artículos a un precio bastante alto (la pólvora, por ejemplo, a 55/100 de piastras de España la libra), pero con un crédito de seis meses, a cuyo vencimiento ellas pagarán doce por ciento de interés. Esto forma parte de la lucha entre Inglaterra y los Estados Unidos, por decidir quién se apoderará del comercio de la América del Sur. Es también una especie de garantía de la independencia de los insurgentes, por parte de Inglaterra. Al menos ésta no consentirá una reconciliación de ellos con España, sino después de que se le hayan pagado los créditos". [64]

           

En lo que respecta a la venta de los cañones, no parecía sensato esperar muy brillantes resultados: los suecos habían enviado, como se ha visto, calibres 12, 6 y 4; pero el Ejército Libertador usaba casi exclusivamente calibre 8, unas pocas piezas de 4, y ninguna de 12. [65]

            No me ha sido posible determinar con exactitud si hubo más partidas de armamento por cuenta de la Corona, aunque sí las hubo, como en el caso de Elbers, por parte de comerciantes locales que hacían el papel de intermediarios entre los proveedores ingleses y los compradores grancolombianos.

            También hubo por lo menos una partida de material de guerra remitida directamente desde Suecia: en un informe fechado el 8 de noviembre de 1823 Norderling hace constar que

 

el bergantín sueco Thetis, Capitán Helleberg, llegó aquí el 4 del corriente, destinado al parecer a Cartagena, con una carga de 1.500 quintales de pólvora. Tenía necesidad de algunas provisiones, y de informaciones acerca del estado de cosas en la costa. Le he dicho que a los españoles ya no les queda más que los puertos de Puerto Cabello y Veracruz; que no teniendo necesidad de navegar muy cerca de Cuba, no había casi nada que temer de parte de los piratas; que de vez en cuando los corsarios españoles toman presas en sus parajes, pero no son muchas".

 

Y agrega:

 

No quiero verlo permanecer aquí más que el tiempo indispensable para su avituallamiento, en vista de nuestra vecindad con San Tomás y Puerto Rico. [66]

 

Las cuentas, al parecer completas, del cargamento enviado por Bernadotte por la vía de San Bartolomé, fueron rendidas mediante sucesivas planillas (con detalle de artículos, nombres de los comerciantes involucrados, precios e inventarios) de 31-07-1823, 20-08-1823, 31-12-1823, 12-05-1824, 30-06-1824, 31-12-1824, 31-12-1825, 27-04-1826 y 01-05-1826. En esta última fecha firmó los papeles el Mayor de Plaza James Haasum, yerno de Norderling, como autoridad interina, pues el gobernador había sido destituído súbitamente mediante una orden expedida en febrero y recibida en San Bartolomé el 29 de abril de 1826. [67]

            La destitución de Norderling da lugar a interrogantes. Es verdad que había sido acusado de corrupción (como hemos visto) y algunas veces habían aparecido en Gustavia enormes y escandalosos pasquines denunciando sus connivencias con corsarios y piratas [68]. Sin intentar entrar en una discusión que nos llevaría muy lejos de nuestro tema, plantearé solamente la cuestión de en qué medida puede haber contribuído a la caída de Norderling el escándalo de la venta de barcos suecos a la Gran Colombia, y el deseo consiguiente de Carl Johan de echarle tierra al asunto de las armas.

            El escándalo de los barcos es bastante conocido, y sólo hablaré de él aquí resumiendo la historia: en 1824, a través de la representación diplomática en Londres, el gobierno de la Gran Colombia manifestó a Suecia su deseo de comprar algunas naves de guerra. Luego de negociaciones en las que participaron tanto representantes de los gobiernos como agentes privados, a comienzos de 1825 se acordó la venta, por parte de Suecia, del navío de 60 cañones Tapperheten y de las fragatas Chapman y Eurydice. Los dos navíos primeramente mencionados serían comprados por Colombia, y el tercero por México. La venta del Tapperheten alcanzó a realizarse, pero se produjo una enérgica protesta de España, complicada con reclamaciones colombianas acerca del mal estado de los barcos. Lo más grave de todo fue la vigorosa protesta de Rusia, erigida en defensora de los derechos monárquicos contra la causa republicana; de hecho, Rusia había protestado antes que España, y su voz era más respetable (o temible) para el gobierno sueco. A los incidentes diplomáticos siguió una interpelación en la Dieta, con el consiguiente sacudimiento de la política interna. Finalmente se congeló la operación, con graves pérdidas para las empresas privadas que habían servido de intermediarias, y con cierta lesión para el prestigio de Suecia en el ámbito de las relaciones diplomáticas. [69]

            Puede parecer extraño que yo no dedique a este episodio más espacio que el de un párrafo, si se tiene en cuenta que ha sido considerado como "la piedra de escándalo" de la política latinoamericana de Carl Johan. Mis razones tengo: el negocio de los barcos se produjo seis años después del primer envío de armamento y constituye por consiguiente la continuación de una política, no su primer acto. El hecho de que el envío de armamento mencionado no haya causado escándalo, indica solamente que el secreto se pudo guardar, pero no pone a prueba su verdadera importancia. De hecho, me parece necesario revalorar el negocio de los barcos, colocándolo en el lugar que le corresponde: el de una pieza integrante de un mecanismo más amplio, pieza que no es necesariamente la más importante, del mismo modo que la parte visible del iceberg no es más que una pequeña porción de su masa real.

            Un indicio de lo dicho se halla a la mano: a pesar del escándalo diplomático, el fracaso en el negocio de los barcos no disuadió a Carl Johan de su propósito de vender armamento por la vía de San Bartolomé: el 11 de julio de 1826 envió el monarca una nota al conde de Wetterstedt, ordenándole que gestionara un empréstito de cien mil escudos para auxiliar a la isla a salir de su crisis económica, y agregando: "Si el empréstito puede realizarse, será necesario enviar sin pérdida de tiempo un barco a San Bartolomé, cargado con la cantidad de pólvora que el Gobierno ha prestado al Departamento Colonial. La venta de esta pólvora se hará de una manera sucesiva en San Bartolomé y el producto servirá (...) para el pago de los sueldos de los funcionarios públicos". [70]

            Pero ya para esa época habían terminado las guerras de independencia, y con ello la posibilidad de resucitar las vacas gordas de San Bartolomé.

 

 

4. La causa de Bolívar y la opinión pública

 

            La circunstancia de que, por razones comerciales, la población de la isla de San Bartolomé estuviese permanentemente interesada en saber lo que ocurría en Hispanoamérica, tenía necesariamente que reflejarse en el único periódico local, el ya mencionado The Report Of Saint Bartholomew. Este semanario había publicado, antes de la década 1810-1819, algunas informaciones sobre las colonias españolas de la Costa Firme, y particularmente noticias sobre la famosa expedición de Francisco de Miranda, quien en 1806 intentó desembarcar en Venezuela y establecer un gobierno independiente con ayuda de Inglaterra. En abril de 1807, en efecto, apareció en primera página de The Report Of Saint Bartholomew un artículo titulado "Of General Miranda", en el cual se intentaba describir brevemente la trayectoria del Precursor[71]. Construído sin duda sobre la base de informaciones obtenidas por relatos de refugiados y marinos, el artículo contenía errores de calibre: "El General Miranda nació en México", se decía ya en la primera frase. Pero lo que aquí importa destacar es que la nota periodística estaba escrita con evidente simpatía por la causa de la emancipación o, tal vez sería más correcto decir, con evidente antipatía contra el imperio español. En ese mismo número (p. 3), se ofreció a los lectores un "Extracto de los informes oficiales recibidos en la Habana relativos a la reconquista de Buenos Aires por Don S. Liniers" y la consiguiente derrota de los ingleses en el Río de la Plata.

            En 1810, también en abril, volvió Miranda a ser objeto de interés. Esta vez se le dedicaron dos números sucesivos, y en cada uno de ellos fueron ocupadas más de las tres cuartas partes del periódico. Se trataba de un extenso relato sobre la expedición de Miranda, hecho por uno de los participantes en ella, quien luego de sufrir mil penalidades a manos de los españoles había logrado fugarse de la prisión de Puerto Cabello. La narración, doblemente interesante por el hecho de que su autor era un hombre instruído, reclutado como impresor de la expedición, debe sin duda haber contribuído a una excelente venta del periódico.[72]

            Los años inmediatamente posteriores a la formación de las Primeras Juntas de Hispanoamérica fueron ricos en acontecimientos dramáticos en el Caribe (guerra entre Estados Unidos e Inglaterra, aumento del corso inglés y francés, etc.) y por ello no hubo tiempo ni espacio para los asuntos de los patriotas de Tierra Firme. Sin embargo, algunas notas aparecían de vez en cuando, como por ejemplo una noticia sobre la insurrección en España contra Fernando VII y "su diabólico proyecto de restablecer la Inquisición", lo que presagiaba "una guerra civil entre el Rey y sus súbditos" y obligaba a Fernando a usar contra su pueblo "5.000 hombres que estaban destinados a actuar contra los insurgentes del Río de la Plata" [73], o tres informes detallados acerca de actividades corsarias en la región, con datos sobre capitanes y marinos al servicio del gobierno republicano de Cartagena.[74]

            Es a partir de 1815, no obstante, que las notas periodísticas se vuelven más frecuentes y de más sólido contenido. Comienza lo que podría llamarse el período de "reproducción de documentos originales", que denuncia a las claras los contactos directos entre los comerciantes de la isla y la flota corsaria de los republicanos. Así, una proclama del coronel Juan Bautista Arismendi, dirigida el 2 de diciembre de 1815 a los ciudadanos de la isla de Margarita, estaba ya en manos de los lectores de San Bartolomé, traducida al inglés y en texto completo, el día 30 del mismo mes [75]; y en el mes de julio de 1816 se informaba que

 

habiendo sido favorecidos con el envío de los Boletines 3° y 4° del Ejército Libertador, tenemos el placer de informar a nuestros lectores ("we are happy to inform our readers") que el 31 de mayo, el Escuadrón anclado ante Carúpano al frente de la batería de Santa Rosa, después de haber recibido el fuego que contra él efectuaron las tropas españolas durante más de dos horas, tomó posesión de las torres y el fuerte sin sufrir ninguna pérdida, capturando todos los españoles de la guarnición así como el bergantín Indio Bello y la goleta Fortuna... [76]

 

            Es necesario comentar de paso que por la misma época el gobernador de San Bartolomé enviaba con cierta frecuencia a Suecia estos documentos originales, al parecer por requerimiento del propio Bernadotte. Es el caso de la proclama de Bolívar a los venezolanos, firmada en el Cuartel General de la Villa del Norte (isla de Margarita) el 8 de mayo de 1816, y de los números 1 y 2 del Boletín del Ejército Libertador de Venezuela con proclamas de Santiago Mariño, adjuntos a uno de los informes de Stackelberg. [77]

            En abril de 1817 publicó el periódico una nueva nota sobre los progresos de las fuerzas libertadoras, con palabras positivas para los jefes republicanos: a Bolívar lo designaba como "Jefe Supremo de la República de Venezuela"; Arismendi era "el Héroe de Margarita"; Zaraza, "un distinguido Oficial de Caballería", etc. El artículo comentaba el avance de las fuerzas de Urdaneta y Valdés sobre Calabozo, "después de ocupar toda la provincia de Barinas; ellos solamente necesitan armas y municiones para destruir los miserables restos de los españoles en la provincia de Caracas" [78]. Es difícil imaginarse una información más estimulante para los comerciantes de armamento como Cremony, Elbers o los hermanos Bigard.

            En el mismo tono, invariablemente elogioso, aparecieron informaciones sobre la gesta emancipadora en las ediciones de los días 26-05, 08-09, 24-11 y 15-12 de 1817. En el año siguiente, al iniciarse las operaciones de enrolamiento de ingleses en gran escala, en el ejército bolivariano, The Report of Saint Bartholomew tomó parte en el asunto, como ya hemos tenido oportunidad de ver.

            Las noticias sobre la guerra emancipadora fueron muy numerosas en los años de 1818 y 1819. En marzo de 1818 se publicó un artículo sobre la captura, en México, de Francisco Javier Mina, comentando que "esto no prueba que la revolución haya terminado" y agregando que "también en las provincias de Texas existen otros ejércitos patriotas" [79]; tres semanas más tarde se informó que el general español Pablo Morillo, Pacificador de Tierra Firme, "derrotado y huyendo del Ejército Patriota, los días 10, 11 y 12 de febrero pasado, se había retirado 60 leguas con grandes pérdidas". [80]

            Particular interés tiene para nosotros una nota aparecida a comienzos de mayo, comentando un escrito del coronel Gustavo Hippisley contra otros legionarios ingleses. Como se sabe, este individuo había llegado a Venezuela entre los primeros legionarios, y se le había reconocido antigüedad desde el 01-06-1817, así como el mando del cuerpo de Húsares de Venezuela. Pronto comenzó a exigir más y más prerrogativas, alegando que se le debía dar el rango de general de brigada. Su situación se complicó porque otro legionario, el coronel Wilson, promovió una rebelión de la que hablaré más adelante, arrebatándole el mando. Bolívar, con bastante paciencia, escribió varias cartas a Hippisley tratando de explicarle por qué debía sujetarse a los términos en que había sido enrolado, al mismo tiempo que ordenaba el arresto de Wilson. Hippisley habría de terminar, después de una larga y enojosa correspondencia con el Libertador, renunciando en forma arrogante el 19 de junio de 1818. Pues bien, ya en el mes de mayo, mientras escribía a Bolívar informándole de la rebelión de Wilson, Hippisley desarrollaba una campaña de prensa en las Antillas presentándose a sí mismo como un gran jefe y a sus rivales como "el Riff Raff de este regimiento". The Grenada Royal Gazette fue anfitrión de una pintoresca y escandalosa polémica entre oficiales ingleses al servicio de Bolívar, y The Report of Saint Bartholomew reprodujo una de las respuestas que se le dieron a Hippisley, en la cual se aludía a las depredaciones cometidas por él en las Antillas:

 

Estamos coleccionando unos pocos detalles particulares muy interesantes de este distinguido oficial, desde la fecha de su embarque hasta la hazaña galante de quemar un barco español cerca de San Eustaquio y Saint Kitts... [81]

 

            No solamente los asuntos bolivarianos tenían cabida en el periódico: también los del Cono Sur. Un "Extracto del INDEPENDIENTE DEL SUD", fechado en Buenos Aires el 19 de abril, trajo el relato, breve pero entusiasta, del histórico triunfo de los patriotas en la batalla de Maipo (05-04-1818), que selló la independencia de Chile[82]. El general José Gervasio Artigas, héroe de la emancipación uruguaya, recibía por otra parte un tratamiento muy especial en las páginas del periódico de San Bartolomé, y en la prensa de las otras islas de las Antillas, lo cual no debe sorprender si se considera que Artigas tenía entonces una gran cantidad de corsarios operando en la región. El Protector de los Pueblos Libres mereció, pues, dos números casi completos de The Report of Saint Bartholomew, y no pocas notas menores sobre su política y sus naves de corso. [83]

            En resumen, la prensa bartolomeica mantenía a sus lectores constantemente informados sobre la causa de la emancipación. En el terreno de las consideraciones personales, tal vez la figura mejor tratada era la de Simón Bolívar. Es oportuno reproducir aquí, íntegramente, un artículo aparecido en el mes de agosto de 1819, cuando aún no había llegado a la isla la noticia de la decisiva victoria ganada por el Libertador en la batalla de Boyacá (07-08-1819):

 

BOLIVAR

El Jefe Supremo de la República de Venezuela, Simón Bolívar, nació en Caracas, y no es de ningún modo un aventurero. El infatigable promotor, durante 15 años, de la libertad de su país, ha asumido ahora la actitud de un segundo Washington. Surgido de una noble familia, heredó un patrimonio que daba 200.000 francos de ingreso anual, el que se ha consumido en parte para el éxito de una empresa cuyo proyecto se le ocurrió en medio de los placeres y las diversiones de París, a donde había llegado para completar sus estudios. El era muy conocido hace 12 o 15 años en la sociedad de París. Entonces tenía unos 22 o 23 años de edad. Tenía un rostro español, una expresión muy agradable, ojos negros, vivaces y ardientes, proporciones regulares, estatura mediana, gran facilidad de elocuencia, brillante imaginación, y un carácter enérgico que no había sido en manera alguna afectado por la finura con que había sido educado. Habla francés tan bien como cualquier inglés o español puede hacerlo generalmente. Es activo, ansioso de ilustración, y tiene un nivel acorde con los conocimientos de su época. Ha seguido todos los cursos de lecturas y se ha iniciado en todos los descubrimientos modernos. Es íntimo amigo del ilustre Humboldt y de Bonpland, con quienes ha viajado hace largo tiempo: para estudiar la humanidad atravesó Francia Italia, Suiza, y una parte de Alemania. En esas circunstancias comenzó su lucha, y bajo los auspicios del General Miranda, quien puso en sus manos esa espada que él, hasta ahora, ha usado tan bien. Los gustos y hábitos de su vida juvenil parecían señalarlo para un destino diferente. El Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, M. Pallecio (sic) es un viejo compañero y amigo del Jefe Supremo Bolívar. En Francia vivió con él, y es también un hombre de mente elevada e ilustrada. [84]

 

No puede negarse que en San Bartolomé se tenía estimación por el Libertador, y que se creía necesario aludir elogiosamente a Manuel Palacio Fajardo, el venezolano con quien Bernadotte, Príncipe Real de Suecia, había conversado en abril de 1814.

            Desafortunadamente The Report of Saint Bartholomew dejó de aparecer a fines 1819. John Allan, editor y propietario de la única imprenta de la isla, "un mulato" según la despectiva descripción de Norderling, publicaba también hojas de noticias sueltas y extraordinarias, y según parece no desperdiciaba la oportunidad de hacer circular pasquines contra sus enemigos. Uno de esos pasquines, dirigido contra el vicegobernador Berghult, fue causa de que la imprenta y el periódico fueran sometidos a censura[85]. La situación no mejoró con la llegada del nuevo gobernador, Norderling, a quien sin duda convenía la supresión de la prensa para guardar mejor el secreto de sus operaciones mercantiles. De hecho, el semanario no volvió a publicarse. No he hallado en la documentación ningún rastro del editor John Allan después de este episodio. Probablemente, como era lo usual en la isla en casos de conflicto con la autoridad, tuvo que irse al destierro a alguna de las colonias vecinas.

            No es posible finalizar este capítulo sin hacer, al menos, alguna breve referencia a la publicidad que tuvo en Suecia la independencia de Hispanoamérica. El historiador Sven Olla Swärd hizo notar ya en 1949 el interés que el tema despertaba en la opinión pública sueca, y la activa intervención de Bernadotte para difundir artículos, noticias y comentarios favorables a la causa emancipadora[86]. La prensa de Estocolmo, particularmente después de la caída de Napoleón, frecuentemente se hacía eco de las opiniones y debates de carácter liberal publicados en los periódicos franceses. La amistad entre Bernadotte y Benjamín Constant influyó sin duda para que los publicistas suecos tratasen con especial benevolencia al ideólogo del liberalismo, pero además de esta razón había motivos más amplios y profundos: toda la sociedad sueca se encontraba fuertemente ligada a los principios democráticos que habían sido establecidos a partir de la "revolución de Estado" de 1809-10.

            Dos periódicos de la capital se distinguieron por su continua información sobre las guerras de independencia hispanoamericanas: el Allmänna Journalen y el Stockholmsposten. Se trataba del periodismo más cercano al gobierno y, en el caso del Allmänna Journalen, más directamente vinculado al Príncipe Real. Esta última publicación, sobre la cual concentraré mi atención aquí, desarrolló una verdadera campaña periodística que se prolongó desde los primeros días de septiembre hasta el 10 de diciembre de 1817. Numerosas noticias sueltas sobre los avances de los patriotas venezolanos y sus triunfos sobre las fuerzas de Morillo se alternaban con extensos artículos que presentaban al lector un panorama histórico de los antecedentes, los inicios y el desarrollo de la revolución en Hispanoamérica.

            Es preciso destacar algunos de los hitos de esa campaña. El 4 de octubre se dedicaron tres de las cuatro páginas del periódico al artículo "Sobre las Colonias y la actual Revolución en América", que era en realidad un comentario sobre la obra escrita por el célebre Abate de Pradt Des Colonies et de la révolution actuelle de l'Amérique, que acababa de publicarse en París. Además de exponer sintéticamente las ideas de Pradt, Allmänna Journalen daba su propia opinión sobre el destino de Hispanoamérica: "la independencia de las colonias podrá, dentro de corto tiempo y con muchísimos fundamentos, considerarse como inevitable" [87]. Pocos meses más tarde, a comienzos de 1818, se publicó la traducción al sueco de la obra del Abate de Pradt, y en el prólogo se aludía al príncipe Bernadotte, en obedecimiento de cuya "superior voluntad" se había realizado la edición. El traductor, Bernt Bergman, fue después ennoblecido por sus servicios a la Corona. [88]

            Una serie de extensos artículos apareció durante la segunda quincena de octubre, ocupando más de la mitad del espacio en cuatro números. Su título era largo: "Bosquejo histórico de las Revoluciones en Hispanoamérica, desde 1810 (Extracto del trabajo recién publicado en Londres: An account of the origin, progress and actual State of the war, carried on between Spain and Spanish America; containing the principal facts which have marked the struggle in Mexico, New-Grenada, Venezuela, Chili and the Provinces of Rio de la Plata. By a South-American)" [89]. El dato es para nosotros muy importante: se trataba, como he comentado en páginas anteriores, de la obra escrita por Manuel Palacio Fajardo, a quien ya vimos entrevistándose con Bernadotte en París, en abril de 1814, y quien se encontraba ahora en Londres.

            El 3 de noviembre de 1817 continuó Allmänna Journalen su campaña insertando la respuesta que el londinense The Morning Chronicle, defendiendo a los "insurgentes", daba al periódico ministerial The Courier. La polémica se centraba en el reclutamiento de oficiales ingleses para el ejército de Bolívar y The Courier había sostenido que ese era un ejército de jacobinos, aventureros norteamericanos y viejos partidarios de Napoleón. Los argumentos de The Morning Chronicle consistían en demostrar que la independencia hispanoamericana servía a los intereses comerciales británicos, en denunciar las atrocidades cometidas por los españoles y en insinuar que los legionarios extranjeros podían conquistar la gloria defendiendo esa causa.

            El 13 de noviembre se publicó un curioso e interesante artículo: "Algunas informaciones estadísticas acerca de la situación en la América Española y de las causas de la Insurrección (Tomado de un periódico inglés)". En él se incluían estos datos: "De los 166 Virreyes, 588 Capitanes Generales y un total de 754 Gobernadores y Presidentes que han sido nombrados desde la primera organización de Hispanoamérica hasta 1810, solamente 18 han sido Criollos o nativos". Se continuaba luego con una crítica del monopolio comercial establecido por España en perjuicio de todas las naciones, para terminar informando que el Consulado de Comercio de México había declarado en 1811 que los nativos de América eran "una raza de monos, llenos de vicios y de ignorancia, e incapaces de representar ellos mismos, o de ser representados como una Nación". La frase final del artículo no deja lugar a dudas acerca de la posición del periódico: "Tal es la profundidad de la degradación a la cual ha sido sometida la región del planeta más favorecida por la Naturaleza, tanto por medio de la mezquindad y la opresión como por el mantenimiento de sus habitantes en la ignorancia y la servidumbre". Pero más importante aún: las frases fundamentales de esta nota, incluídos los datos estadísticos, coinciden con el texto del trabajo escrito por Palacio Fajardo, capítulo 1°. [90]

            El 10 de diciembre terminó esta campaña periodística con una información sobre los triunfos de los patriotas venezolanos en Cumaná y Barcelona. Pero con ello no concluía la labor pro-emancipadora del Allmänna Journalen: durante los años siguientes continuó apoyando a los patriotas hispanoamericanos, con el estímulo activo de Carl Johan, ahora rey de Suecia. El 16 de diciembre de 1818, el secretario privado de Carl Johan, coronel Holst, envió al redactor del Allmänna Journalen, Per Adam Wallmark, un artículo que contenía informaciones sobre la jefatura suprema de Bolívar, las graves pérdidas sufridas por los españoles y el gran contingente de legionarios extranjeros reclutados por el Ejército Libertador. El artículo iba acompañado de la siguiente nota de Holst:

 

El Rey desea que el señor consejero de la Cancillería tenga a bien incluir en el periódico el artículo marcado de St. Thomas del 12 de sept., como un extracto de The Courier. [91]

 

            Con lo dicho hasta aquí basta para concluir que Carl Johan tenía efectivamente una actitud positiva hacia la causa de Bolívar; que él mismo estimulaba la publicación de libros, artículos y noticias favorables a esa causa; que al comenzar su reinado dio órdenes explícitas de vender armamento en una región donde el único comprador posible era el ejército bolivariano; que desde antes de ascender al trono permitió el uso de San Bartolomé como base de operaciones para los corsarios grancolombianos; que tomó en consideración los informes de viajeros como Lorich y Graaner, a quienes después encomendó misiones de confianza en tierras latinoamericanas; y que, en consecuencia, no es posible que la emigración de suecos hacia la Gran Colombia al comenzar la década de 1820 (como su edecán Federico Tomás Adlercreutz, o como el secretario de la gobernación de San Bartolomé, Carl Ulrich von Hauswolff), haya sido producto de decisiones exclusivamente particulares, al margen de toda intervención del monarca. Las vicisitudes personales de estos emigrantes deben ser estudiadas dentro del marco de la política general de Carl Johan hacia Hispanoamérica.

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFIA

 

 

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[1]  C. Parra Pérez, 1939, I:479.

[2]  Informe de Palacio Fajardo al presidente del Estado de Cartagena, Londres, 07-02-1815. Versión íntegra en O'Leary, Memorias, 9:403-410. La cita del texto, en la p. 406.

[3] Palacio Fajardo, informe citado:406. Para más detalles acerca de esta parte de la negociación, ver Parra Pérez, 1953. En su petición al gobierno francés, el comisionado de Cartagena actuó conjuntamente con un enviado del ya por entonces desaparecido gobierno de la Primera República de Venezuela. Este era Luis Delpech, quien había recibido su comisión de manos del generalísimo Francisco Miranda. Luis Delpech era cuñado del hacendado Mariano Montilla, quien llegaría a ser general del Ejército Libertador y jefe inmediato del voluntario sueco Federico Tomás Adlercreutz.

[4] Ibid.:406-407.

[5] Ibid.:407. Los subrayados son míos.

[6] Ibid.:408.

[7] Ibid.:409. Debe recordarse que en el momento en que Palacio Fajardo escribía su informe el reino de Nápoles estaba en manos de Joaquín Murat, quien había sido puesto en el trono por Napoleón pero había logrado mantenerse en él después de la caída de su Emperador. Pero pocos meses más tarde, al producirse el retorno de Bonaparte y el dramático episodio de los cien días, Murat fue derrocado por los aliados. A fines de 1815 cayó prisionero mientras intentaba recuperar su trono y fue fusilado.

[8] AJ:13, 14, 15, y 21-10-1817; y 13-11-1817. Parra Pérez consultó exhaustivamente el trabajo de Palacio Fajardo para su Historia de la Primera República de Venezuela, pero no tuvo acceso a la edición original inglesa, sino a su traducción al francés: Esquisse de la Révolution de l'Amérique Espagnole, ou Récit de l'origine, des progrès et de l'état actuel de la guerre entre l'Espagne et l'Amérique Espagnole, contenant les principaux faits et les divers combats, etc., etc.; par un Citoyen de l'Amérique Méridionale. Traduit de l'anglais. Paris, Imp. de Fain, 1817. Ver Parra Pérez, 1939, I:83-84. La obra alcanzó gran difusión internacional: fue reimpresa en Nueva York el mismo año de 1817, traducida al alemán y publicada en Hamburgo en 1818, y en 1824 llevaba ya tres ediciones en francés (cf. CO, N° 31, Angostura, 15 de mayo de 1819, p. 3; y nota bibliográfica de C. Pi Sunyer en la versión española de 1953, citada en bibliografía).

[9] Bolívar a Bermúdez, 22-09-1818, y Bolívar a J. B. Arismendi, 04-11-1818, en Parra Pérez, 1953:87; sobre el arribo a San Bartolomé, Bolívar a López Méndez, 22-10-1818, en Mier, 1971:86-88.

[10] Severin Lorich, Rapport sur ses voyages en 1816 et 1817 à Saint-Barthélemy, à Haïtí, aux Etats Unis de l'Amérique du Nord et en Egypte (Estocolmo, 30-05-1818), fragmento publicado por primera vez en francés por M. Mörner, 1960 :4-9; traducido al español por mí y publicado en Varios Autores, 1983:83-85. Severin Lorich (1789-1837) fue nombrado cónsul en Philadelphia en 1818; mayor, cónsul general en 1819.

[11] Ducoudray-Holstein, Memoirs of Simón Bolívar, President Liberator of the Republic of Colombia; and of His Principal Generals; Secret History of the Revolution, and the Events Which Preceded It, from 1807 to the Present Time, Boston, 1929. Fragmento reproducido en Bushnell (ed.) 1970:136-143. La traducción al español es mía.

[12] Lorich, obra y lugar citados. Para mayor información en español acerca del destino ulterior de Lorich, ver Magnus Mörner, 1970:300-302.

[13] "Essai sur l'état actuel des Provinces Unies de l'Amérique méridionale, avec quelques notices sur les révolutions depuis l'abolition de la Vice-Royauté en 1810 jusqu'au mois de novembre 1816", RA, Karl XIV Johans papper, vol. 2. Se ha publicado en español bajo el título Las Provincias del Río de la Plata en 1816 (trad. de José Luis Busaniche, Ed. El Ateneo, Bs. As., 1949). Detallada información sobre los viajes de Graaner, en Baulny, 1966; Swärd, 1949, pp. 96 a 112; Paulin, 1951, pp. 257 a 262; y Mörner, 1966.

[14] C. Parra Pérez, 1959, I:139, nota.

[15] M. Montilla a Luis López Méndez, Gustavia, 04101812, F.O., 72/157. Citado por C. Parra Pérez, 1959, II:515.

[16] RA/SB; Högström, 1888, p. 37; Åberg, 1965, I:135-136.

[17] Bergius, 1819, p. 200.

[18] La abundancia de carpinteros suecos entre los artesanos de Venezuela era todavía muy notable en 1843, según un documento citado por Magnus Mörner, 1970, p. 299. Mörner no establece, sin embargo, ninguna conexión entre esta notable proliferación de carpinteros suecos y la actividad de armamento de corso y reparación de barcos.

[19] Ballivet (Canónigo), Voyage aux îles de Saint-Martin et de Saint-Barthélemy, fragmentos publicados en el folleto Saint-Martin et Saint-Barthélemy – Extrait de "Nos Paroisses", Imprimerie Catholique, 1965, BasseTerre, p. 32.

[20] Acta de la sesión del Consejo de Gobierno en la ciudad de Gustavia, 20 de abril de 1816, firmada por el Presidente de la Corte de Justicia, F. L. Thenstedt. Cf. Åberg, 1965, I:173174.

[21] Bergius, 1819, p. 205.

[22] AGM, 4.041, 4.042 y 4.087. Cf. José L. Franco, 1957, 142143. Franco cita una carta del mismo Pablo Chacón al intendente Ramírez, de fecha diferente (24 de octubre de 1819) pero de idéntico contenido al menos en el párrafo citado aquí, y da como referencia el Archivo Nacional de Cuba, fondos del Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio y de la Junta de Fomento, legajo 90, signatura 3777.

[23] Informe del gobernador Johan Norderling al rey, 06071823 (en francés): "El corsario al partir prometió que obtendría la sentencia sobre su presa, por el Almirantazgo de Cumaná, pero hasta ahora nada he visto de eso. En el caso de que, en el intervalo, los ex propietarios del bergantín lo reclamasen, así como su monto, yo me encontraría en una situación bastante embarazosa. Suplico a Vuestra Majestad tenga a bien significarme sus órdenes al respecto". RA/SB, VIII:B.

[24] Johan Norderling describe en un informe la prosperidad que el contrabando de los patriotas hispanoamericanos ha producido en San Bartolomé, y agrega: "El descargue de las mercancías se hace mar afuera, fuera del alcance de los cañones, y a veces al amparo de las rocas de las islas vecinas. Nunca hay esclavos entre las mercancías. Ellos son enviados directamente a Guadalupe" (Norderling al rey, Gustavia, 04101820, RA/SB, VII:B. Original en francés. Cf. la versión en sueco que ofrece Åberg, 1965, II:261 y 262).

[25] Las informaciones que aquí ofrezco sobre corsarios proceden de: AGM; DHVC; DL; CO; EBB; RA/SB, vols. VI a X; ROSB, ejemplares de los años 1816 a 1819; Ballivet, 1940; Bergius, 1819; Bourdin, 1978; Coleridge, 1835; Fortique, 1968; Franco, 1947; Goslinga, 1979; Hartog, 1968; Hasbrouk, 1969; Högström, 1888; Lecuna, 1950; Murray, 1979; O'Leary, Memorias, tomos 14 a 18; Ortiz, 1971; Sjögren, 1966; Vargas, 1964; Vawell, 181721; y Åberg, 1965. De estas fuentes, la más rica en documentos es RA/SB, y la más rica en noticias es ROSB.

[26] James Hackett, 1819, pp. 24 y 25. El libro del teniente Hackett no pertenece, como el de su contemporáneo el coronel Hippisley, al género de la detracción bolivariana inspirada en resentimientos personales. Hackett no pisó jamás tierra grancolombiana, pues su brigada se disolvió en la isla de Granada, a causa de las desalentadoras informaciones que corrían sobre los patriotas. Hackett reconoce que su versión procede de lo que otros le han dicho. Al mismo tiempo critica las arbitrariedades de Hippisley y pone en evidencia "el espíritu de envidia y de desunión" entre los oficiales legionarios y sus "odios y disputas" (p. 33). Por otra parte, su testimonio sobre San Bartolomé coincide con los informes oficiales de las autoridades locales.

[27] Stackelberg al Canciller de la Corte, Gustavia, 041816, citado por Åberg, 1965, I:175.

[28] Informe de Norderling, Gustavia, 17011820, RA/SB, VII:A. Original en francés.

[29] Informe de Norderling, Gustavia, 031820, RA/SB, VII:A. Original en francés. Citado por Åberg, 1965, II:249.

[30] Bolívar a Brión, Angostura, 10101817, Fundación John Boulton, Escritos del Libertador, XI:228229.

[31] Bolívar a Juan José Cremony, Carúpano, 15061816, EL, IX, pp. 220221. El hijo de Juan José Cremony, de nombre Juan E., había escrito el 30 de abril del mismo año al Libertador, manifestándole que él y su padre tenían en San Bartolomé 46 marineros dispuestos a enrolarse, pero que por falta de buque no podían todavía incorporarse a las fuerzas patriotas (Ibid., p. 221, nota). Hackett, 1819, pp. 38 a 46, ofrece abundante información sobre Juan José Cremony, "uno de los negociantes más ricos y más respetables de las Antillas... cuyo honorable carácter y veracidad merecen una confianza sin límites" (p. 44), y sobre su hijo, "propietario de la lotería" en San Martín (p. 38).

[32] Hackett, 1819, pp. XIV a XVII.

[33] Ibid., pp. 23 y 25.

[34] Hackett, 1819, pp. 48 a 51.

[35] Informe de Rosensvärd, Gustavia, 25041818, RA/SB, V:A. Original en francés.

[36] Cf. Bolívar a López Méndez, 02061818, en Mier, 1971, pp. 73 a 75.

[37] The Report of Saint Bartholomew, N° 326, 20041818, p. 2. Original en inglés. El periódico, editado por John Allan, era un semanario, y apareció casi sin interrupciones desde 1804 hasta 1819. La noticia sobre Brión coincide casi textualmente con el informe de Rosensvärd, Gustavia, 25041818, RA/SB, V:A (Original en francés).

[38] Francisco Antonio Zea "To the British Officers, Noncommissioned Officers, and Privates of the Brigade of Artillery; and of the Four Regiments Enlisted under our Standard", Saint Thomas of NewGuayana, March 6, 1818. The Report of Saint Bartholomew, N° 326, 20041818. Texto en español, en O'Leary, Memorias, 16:910.

[39] Anzoátegui a Montilla, Calabozo, 23021818, The Report of Saint Bartholomew, N° 327, 04051818. No he hallado publicada la versión de esta carta en español, ni he tenido ocasión de buscar su original en archivos; pero cotejando la información que contiene con la que ofrece el diario de operaciones del ejército correspondiente a febrero de 1818 (cf. O'Leary, Memorias, 15:608614), se puede asumir que la carta es auténtica.

[40] Rosensvärd a Wetterstedt, Gustavia, 22041818, RA/SB, V:A. Original en sueco.

[41] Informe de Rosensvärd, Gustavia, 25041818, RA/SB, V:A. Original en francés.

[42] CO, Angostura, 18071818, p. 4. Sobre la satisfacción de Bolívar por los éxitos de Brión, ver carta del Libertador al general Páez, Angostura, 01071818, O'Leary, Memorias, 16:63; del mismo a Brión, Angostura, 12071818, Ibid., 16:67 y 6768; y del mismo a Páez, Angostura, 13071818, Ibid., 16:6970.

[43] RA, Statsrådsprotokoll, Kolonialärenden, 20011819 (en francés; firmas de Carl XIV Johan y de Wetterstedt).

[44] Carta de Bolívar a Brión, Angostura, 22021819, O'Leary, Memorias, 16:253254.

[45] De Rafael Urdaneta al ministro de Guerra, Juan Griego, 18041819. O'Leary, Memorias, 16:323 a 325.

[46] Vargas, 1964, pp. 291 a 297, presenta una biografía muy elogiosa de Joly; Holmström, 1931, lo pinta como un pirata temible. Entre sus contemporáneos, Yanes, 1822, p. 152, lo llama "bravo y generoso marino" mientras que Bergius, 1819, le otorga el primer lugar entre los corsarios que "se han hecho famosos por las crueldades que han cometido y las riquezas que han acumulado" (p. 144). La rivalidad entre Brión y Joly está documentada (EBB, DL, RA/SB); en cambio, pocos saben que Joly, comandante de la fragata Cundinamarca en 1830, trató de suavizar la situación del entonces preso Francisco de Paula Santander, con quien siempre había tenido excelentes relaciones (SAAC, t. 18, p. 303).

[47] Nicolás Joly a Bolívar, 25011819, DL, 15:3435; y O'Leary, Memorias, 16:203204. En la misma carta se incluye un informe sobre el número de hombres a bordo de los buques de la División, cuyo total era de 792.

[48] Carta del gobernador Johan Norderling al general conde de Donzelot, gobernador de Martinica, Gustavia, 06051822. En francés. Copia hecha por el propio Norderling, RA/SB, VIII:A.

[49] Rafael Urdaneta a Bolívar, Juan Griego, 17031819, O'Leary, Memorias, 16:276277.

[50] Carta de Erik Dalbeck al conde de Wetterstedt, Gustavia, 03041822. RA/SB, VIII:A. La carta tiene un anexo en sueco, con citas en inglés, en que se refiere el caso del corsario Pilot, a quien el gobernador exigía 3.000 dólares de soborno. Al final hay una nota escrita por el propio Wetterstedt, según me parece después de haber comparado varios documentos suyos de la misma época. En ella dice: El anexo contiene hechos ya conocidos ("Utdragen innehålla redan kända händelser").

 [51] RA/SB, IV:A. Original en sueco. Swärd, 1949, p. 49, menciona el documento pero no cita su contenido. Evidentemente no percibió su importancia.

 [52] Bergius, 1819, p. 212. Véase la nota N° 15.

 [53] En pp. 212 y 213, sobre la no conveniencia de un depósito de armas en la isla, insinuando que es mejor dejar el negocio en manos privadas; en todo el último capítulo, consideraciones sobre la inevitabilidad de la emancipación y la necesidad de establecer relaciones comerciales con las nuevas repúblicas.

 [54] Johan Norderling, hijo del deán Norderling de By, Dalarna; n. en 1760, m. en 1828, Dr. Fil., secretario de la Legación en Marruecos; magistrado de la Corte de Justicia de San Bartolomé entre 1787 y 1797; Agente General en Argelia, entre 1801 y 1817; Gobernador de San Bartolomé durante el período 1819-1826. (Svensk Slägt-Kalender, citado por Åberg, 1965, II:232).

 [55] RA, Statsrådsprotokoll, Kolonialärenden, 06-05-1819. Documento en francés, firmado por Carl Johan y el conde de Wetterstedt. Swärd, 1949, p. 49, menciona estas instrucciones pero dice únicamente que en ellas consta lo deseables que serían los vínculos comerciales con Sudamérica por medio de San Bartolomé. Es sorprendente que no se haya dado cuenta del envío de armamento.

 [56] Informe del vicegobernador Berghult al Rey, sept. 1819, RA/SB, VII:B. Original en francés. Cf. Åberg, 1965, II:229. También, rendición de cuentas de Johan Norderling, Gustavia, 17-02-1822, RA/SB, VIII:A.

 [57] Johan Norderling, rendición de cuentas sobre las ventas de armas, Gustavia, 17-02-1822, RA/SB, VIII:A.

 [58] Norderling, rendición de cuentas citada.

 [59] Bolívar a Elbers, Barranquilla, 27-08-1820, O'Leary, Memorias, 17:398. Los datos sobre la actividad de Elbers en San Bartolomé, en Högström, 1888, pp. 35, 40, 47, 52, 57 y 58. Cf. RA/SB, III a VII.

 [60] Numerosas cartas al respecto en O'Leary, Memorias, tomos 16 y 17.

 [61] Citado por Åberg, 1965, II:249.

 [62] Norderling, rendición de cuentas citada.

[63] RA/SB, VIII a X.

 [64] Norderling, informe del 04-08-1820, RA/SB, VII:B.

 [65] Cf. Bolívar al Consejo de Gobierno, Borbón, 24-12-1818, O'Leary, Memorias, 16:188-189. En cambio, los calibres que los suecos vendían eran muy usados por los corsarios republicanos.

 [66] Informe de Norderling, 08-11-1823, RA/SB, VIII:B.

 [67] Todas las cuentas citadas, en RA/SB, IX:B.

 [68] Por ejemplo, el 8 de mayo de 1822 fue pegado en las paredes un pasquín en inglés que decía entre otras cosas: "Nuestro Borracho y Despótico DEY ha sido observado desde hace tiempo y se ha visto que tiene muy mal humor... algunos pretenden que es por malos Sueños, o quizá mala Conciencia... tiene tan pocos Amigos, excepto uno o dos Agentes de Corsarios... está cada día ocupado en apurar y terminar la construcción de una casa, a eso de media milla de distancia de la Ciudad, la que será llamada el Palacio Jappa en honor a los Corsarios, Piratas y Presas que han contribuído al Costo de esta construcción &a. &a. &a." (RA/SB, VIII:A).

 [69] Detalles del episodio en Swärd, 1949, pp. 164 a 180. En español, valiosa información en Magnus Mörner, 1960-b, pp. 20 a 26. Mörner, 1947, es pionero en el asunto: le dedicó su atención en el primer artículo que publicó sobre temas latinoamericanos.

 [70] Carl Johan al conde de Wetterstedt, Drottningholm, 11-07-1826. Original en francés. RA/SB, IX:A. Los subrayados son míos.

[71] ROSB, N°. 103, Gustavia, 10-04-1807.

[72] ROSB, Nos. 117 y 118, 05-04 y 19-04-1810. En inglés.

[73] ROSB, N° 167, 22-10-1814.

[74] ROSB, N° 191, 06-05-1815.

[75] ROSB, N° 219, 30-12-1815.

[76] ROSB, N° 245, 20-07-1816. Sobre la procedencia de esta información, cf. carta de Bolívar a Juan José Cremony, 15-06-1816: "Nuestras operaciones son tan felices hasta ahora, que no nos queda qué desear. Los boletines adjuntos instruirán a U. de nuestras ventajas" (EL, IX:221. Otros párrafos de esta carta han sido citados en páginas anteriores).

[77] RA/SB, IV:A. En la carpeta rotulada "Diverse 1816" se encuentran las respectivas traducciones al francés. En ellas se tradujo el nombre de Santiago Mariño por "Saint Jacques Marinio". En la parte superior consta una anotación, también de la época, que prueba la existencia de los originales: "El original ha sido entregado, a su solicitud, al Consejero de Estado etc. Señor Conde Mörner" (Originalet aflemnadt på begäran till Statsrådet m.m. Herr Grefve Mörner). El contenido de los documentos coincide con la versión de O'Leary, Memorias, 15:52-56.

[78] ROSB, N° 279, 14-04-1817.

[79] ROSB, N° 322, 16-03-1818. Francisco Javier Mina (1789-1817), español, había participado en la lucha contra Napoleón. Convertido en republicano, en 1815 viajó a los Estados Unidos, donde reclutó 500 hombres para liberar México. Con ellos llegó a Haití (oct. de 1816), donde intentó convencer a Bolívar de que se sumara a su expedición. En abril de 1817 desembarcó en México, fue hecho prisionero por los realistas y fusilado (Mörner, 1960, pp. 4 a 9; y Varios Autores, 1983, p. 84).

[80] ROSB, N° 325, 06-04-1818.

[81] ROSB, N° 328, 11-05-1818. Cartas entre Hippisley y Bolívar, en DL, t. 13 y 14; y O'Leary, Memorias, t. 12 y 29.

[82] ROSB, N° 335, 20-07-1818.

[83] ROSB, Nos. 349, 16-11; 350, 23-11; 341, 30-11; 352, 07-12 de 1818; 357, 18-01; y 358, 25-01 de 1819.

[84] ROSB, N° 362, 12-08-1819. En inglés. La traducción al español es mía. Se puede seguir el rastro de esta nota: fue publicada por primera vez en The Times, de Londres, citando una carta particular fechada en París el 10 de junio de 1819. Luego apareció en San Bartolomé, el 12 de agosto; y finalmente vio la luz, traducida al español, en el Correo de Orinoco N° 39, del 11-09-1819.

[85] Högström, 1888, p. 58; y Ballivet, 1938-40, p. 31.

[86] Cf. Swärd, 1949, pp. 108 a 112. Algo de la información aportada por Swärd ha sido ya comentado en español por Lucio Cabrera (1951, pp. 23 a 28) y Magnus Mörner (1960-b).

[87] AJ, 04-10-1817, p. 2.

[88]  Swärd, 1949, p. 108. Bernadotte tenía en su biblioteca un ejemplar de la obra del Abate de Pradt, que aún existe, en la sección de la Biblioteca Bernadotte que se encuentra en el castillo de Rosendal. Agradezco al Bibliotecario del Palacio Real, Dr. Adam Heymowski, el haberme permitido examinar tanto los libros que pertenecieron a Carl Johan como el fichero original.

[89] AJ, 13, 14, 15, y 21-10-1817.

[90] AJ, 13-11-1817, p. 1. He mantenido mi propia traducción de las frases, del sueco al español, y luego he cotejado los textos con la versión española del primer capítulo, según aparece en Palacio Fajardo, 1953, pp. 5 a 17 y en TEE, 1961, pp. 242 a 256.

[91] KB/H, Wallmarks saml., EP V 4:10. Cf. Swärd, 1949, p. 110. En la misma colección documental he hallado numerosas notas similares de von Holst; en una de ellas se ordena a Wallmark incluir en el periódico una proclama del presidente haitiano Alejandro Pétion.


La Rana Dorada