San Bartolomé:

Las Antillas suecas y la Independencia hispanoamericana

(1810-1830)

 

 

Carlos Vidales*

© 1994

 

*Lector del curso de Historia, sociedad y cultura de América Latina

Departamento de Español, Portugués y Estudios Latinoamericanos

Universidad de Estocolmo

Suecia

 

 

Tabla de contenido

 

 

Introducción. 3

Suecia en las Antillas. 4

Neutralidad y libertad de comercio. 5

La administración colonial 6

Los habitantes. 8

Nuevos horizontes. 9

Los beneficios de la guerra. 10

El negocio portuario. 11

Corsarios y comerciantes. 12

Los corsarios y el gobierno colonial 13

Refugio y base de operaciones. 14

El almirante Brión y el gobernador sueco. 15

El gobernador Norderling y sus amigos. 16

Ventas de armas a los insurgentes. 17

Incidentes diplomáticos. 18

Conclusión. 19

Bibliografía / Documentos. 20

Bibliografía / Artículos. 21

Bibliografía / Libros. 23

 


 

Introducción

 

La presencia de Suecia en las Antillas, como potencia colonial, es muy modesta si se considera el tamaño de sus posesiones en la región: solamente la diminuta isla de San Bartolomé, de 21 kilómetros cuadrados, y el islote anexo de La Fourchue, o Five Islands. No se diría que esto fuera suficiente para satisfacer los sueños imperiales de la patria de Carlos XII. Comparados con los establecimientos coloniales y las fuerzas militares de Francia, Inglaterra, Holanda y Dinamarca en las aguas vecinas, los dominios suecos en las Antillas mueven más a la sonrisa que al respeto y podría pensarse que ni siquiera merecen el esfuerzo de una investigación histórica.

 

Sin embargo, la minúscula colonia sueca fue sin duda importante en la historia de la región, y su importancia salta a la vista cuando se resume su carácter con dos palabras, de especial significado en una área geográfica sacudida por guerras incesantes, rebeliones y revoluciones de independencia. Esas dos palabras son: puerto neutral.

 

Desde la conmoción provocada por la Revolución Francesa, seguida por la emancipación de Haití y sus guerras sucesivas, la época napoleónica y la guerra Anglo-Norteamericana de 1812, conflictos que se refundieron sin un solo día de paz en las guerras de la independencia hispanoamericana, San Bartolomé fue puerto neutral, y este carácter determinó su importancia política y económica, su prosperidad y su destino ulterior.

 

En este artículo concentraré mi atención en el período de formación de las nuevas repúblicas hispanoamericanas (1810/30), y muy brevemente mencionaré

 

1. Las relaciones comerciales entre San Bartolomé e Hispanoamérica a través del comercio "de tránsito" y sus principales agentes, los corsarios republicanos;

2. Las relaciones directas entre las autoridades de la isla y los jefes patriotas bolivarianos;

3. Los intentos de comercio entre Suecia y las nuevas repúblicas, por medio de San Bartolomé; y

4. Algunos episodios diplomáticos vinculados con San Bartolomé.

 


 

Suecia en las Antillas

 

San Bartolomé, pequeña isla de 21 kilómetros cuadrados en el grupo de las Antillas menores, rodeada por San Martín, Saba, San Eustaquio, San Cristóbal (St. Kitts) y Barbuda, fue adquirida por Suecia en virtud de los acuerdos complementarios del Tratado de Versalles (30 de septiembre de 1783) que pusieron fin a la guerra entre Inglaterra y la alianza franco-española. En esos acuerdos Francia obtuvo para Suecia la isla de San Bartolomé, a cambio de privilegios comerciales en Gotemburgo. El tratado de cesión se firmó en París el 1 de julio de 1784 y Suecia plantó bandera el 7 de marzo de 1785. La isla regresó a poder de Francia el 16 de marzo de 1878. [Información más detallada sobre el tema de este trabajo, en  VIDALES, Carlos, 1988 y 1989. Ver Bibliografía]

 

Desde los inicios Suecia organizó su pequeña posesión como un establecimiento comercial y portuario. Allí no era posible ningún desarrollo agrícola pues San Bartolomé carecía de agua dulce y ni siquiera las lluvias bastaban para cubrir el consumo local, que se atendía con agua comprada en las islas vecinas. En cambio, la colonia poseía dos excelentes puertos naturales, los mejores de todo el Caribe para los barcos de la época: la bahía de Le Carenage, donde se fundaría en 1785 el puerto de Gustavia, y el islote de Fourchue o Five Islands, que llegaría a ser uno de los lugares favoritos de corsarios y contrabandistas para trasbordo clandestino de sus cargas a naves mercantes regulares.

 


 

Neutralidad y libertad de comercio

 

El monopolio del comercio se otorgó a partir de 1786 a la Compañía de las Indias Occidentales (Vestindiska Kompaniet). Pero este sistema no pudo competir con la actividad privada en la región; los privilegios de la compañía cesaron en 1805, año a partir del cual cada ciudadano sueco gozó del derecho de comercio libre en las Antillas y Norteamérica [Högström, E.O.E., Saint Barthélemy under svensk välde, Almqvist & Wiksells, Uppsala, 1888,.p. 22].

 

La principal consecuencia de este cambio fue que San Bartolomé se convirtió en un excelente intermediario entre los Estados Unidos y las colonias de su entorno continental, posición que ya había sido sugerida por Thomas Jefferson en 1784, en carta al conde de Stäel, embajador sueco ante la corte de Versalles:

 

"El interés de los Estados Unidos, pues, es que se haga de San Bartolomé un puerto de ilimitada libertad; y tal es también, evidentemente, el interés de Suecia" [Citado por Ekman, "St. Barthélemy and the French Revolution", Caribbean Studies, Vol. 3, No. 4, San Juan, Puerto Rico, enero de 1964, pp. 17 a 29. La cita en p. 19].

 

Jefferson aludía, para subrayar su opinión, a la prosperidad conseguida por la isla vecina de San Eustaquio durante la guerra de independencia norteamericana, gracias a la política de neutralidad y puerto libre [Cappon (ed), 1959, I:135]. La alusión resultó ser correcta, pues los mejores beneficios de San Bartolomé habrían de producirse también en el contexto de una guerra de independencia: la de Hispanoamérica.

 


 

La administración colonial

 

El gobierno de la isla quedó presidido a partir de 1811 por un gobernador, quien asistido por el juez de Corte (Justitiarie) y por el secretario de la Gobernación, tenía a su cargo los asuntos de orden público, el mando militar, la administración económica de la isla y las relaciones con las colonias vecinas.

 

El gobernador era además presidente del Consejo, corporación en la cual tenían asiento también el mayor de plaza o alguacil mayor (Place Major), el juez de Corte y el secretario de la Gobernación, así como tres concejales elegidos entre los ciudadanos de la colonia, por períodos de tres años, sin sueldo. Este Consejo resolvía sobre los asuntos económicos y de policía, por votación en la cual el voto del gobernador valía por dos. Cuando esta misma corporación se ocupaba de problemas jurídicos y penales se llamaba entonces Corte o Tribunal (Domstol), y en tal caso el gobernador tenía derecho a un solo voto. Cuando juzgaba sobre presas de corso, la Corte actuaba como Tribunal de Almirantazgo.

 

La administración de la caja de la Corona estaba a cargo de un Consejo de Finanzas. Catorce síndicos (åldermän) representaban a la población, siendo siete de ellos elegidos por los habitantes del campo, y los otros siete por los de la ciudad. Contamos con una excelente y detallada descripción de la organización en la colonia, escrita por un funcionario de importancia, el ciudadano Bergius [Bergius, Olof Erik, Om Westindien, A. Gadelius, Stockholm, 1819]. Bergius nació en 1784 y ya en 1803 trabajaba como oficinista del despacho en relaciones exteriores; en 1813 formó parte de la comisión que habría de tomar posesión de la isla de Guadalupe (cedida por entonces a Suecia), pero al año siguiente, al regresar la isla a Francia, fue designado juez en San Bartolomé. Un conflicto con el gobernador Stackelberg lo obligó a dejar la isla. Viajó por Norteamérica y el sur de Europa y regresó a Estocolmo en 1818, siendo admitido de inmediato como secretario del despacho del departamento colonial. En 1819 fue nombrado consejero de asuntos comerciales. Murió en 1837.

 

Los siete síndicos de la ciudad eran, además, guardianes de la Caja Colonial, es decir del fondo reunido para el mejoramiento de la ciudad y puerto de Gustavia. Este fondo se ponía en manos de particulares contra hipoteca, a tasa fija de interés. Por la época en que se formaron las repúblicas hispanoamericanas (1810-1830), la tasa legal de interés era del 8 por ciento anual [Bergius, Olof Erik, 1819, p. 208], y los préstamos favorecían al círculo de los principales comerciantes locales, quienes además controlaban la mayoría de los asientos en el Consejo de gobierno.

 

Una minúscula guarnición, casi siempre en lamentable estado de salud y de dotación, constituía la fuerza aparente de esta posesión colonial. En realidad la única defensa real de la isla fue siempre su política de neutralidad y su peculiar posición en el comercio internacional.

 


 

Los habitantes

 

La población era una colección abigarrada de individuos de distintas nacionalidades. Bergius decía que esta gente era "la mezcla de los más refinados pueblos de la tierra" [Bergius, 1819, p. 220]. Muy pocos meses después de haber publicado esta opinión, Bergius recibió una carta del nuevo gobernador de San Bartolomé en la cual éste decía que había tenido que recurrir a "hombres buenos" para obligar a los habitantes a vivir en paz, y que "pescozones e insultos ocupaban sesiones enteras del Consejo" [Norderling a Bergius, Gustavia, 16/11/1819. Cf. Åberg, 1965, II:241 a 245. Esta parte, en sueco en el original; otras partes del documento, en francés].

 

El sueco era el idioma oficial de la colonia, pero únicamente para efectos de actas y facturas de aduana. Los procesos, pleitos y negocios se arreglaban en lenguas comprensibles para las partes y en la conversación cotidiana dominaba el francés, seguido por el inglés, siempre acribillados ambos de términos españoles, alemanes, italianos, portugueses y daneses.

 

Cuando pasó a poder de Suecia San Bartolomé tenía 739 habitantes, de los cuales 458 eran blancos y 281 esclavos; pero en 1812, cuando fue transferida a la Caja del Rey, su población había crecido a 5.482 personas (1.948 blancos, 1.128 libres de color y 2.406 esclavos) [RA/SB; Högström, 1888, p. 37; Åberg, 1965, I:135/136.].

 

Este incremento demográfico tenía relación con la prosperidad de la colonia, causada por la situación de guerra en aguas del Caribe y la neutralidad que Suecia mantenía en la región. Bergius señala que "como San Bartolomé era entre los años 1809 y 1813 el único puerto neutral en este Archipiélago, se veían allí a veces varios centenares de navíos a un mismo tiempo" [Bergius, 1819, p. 200.].

 


 

Nuevos horizontes

 

Hacia 1819 se inició una cierta emigración sueca en menor escala hacia los nuevos centros de actividad económica creados por la guerra de independencia hispanoamericana. San Bartolomé tuvo estrecha relación con este movimiento. El negociante local Juan Bernardo Elbers se estableció en Colombia para abastecer de armas a la nueva república e intentar el establecimiento de la navegación a vapor por el río Magdalena. El ex secretario de la gobernación Carl Ulrich von Hauswolff llegó a nacionalizarse colombiano y organizó una fracasada empresa para explotar oro en Antioquia. El contratista Christopher F. Plageman viajó a la recién fundada Gran Colombia desde Suecia para organizar las cuadrillas de mineros reclutados en Alemania o Inglaterra, y no hay duda de que en su decisión de emigrar influyó su hermano Conrad Ludwig, administrador de aduana de San Bartolomé. De la isla procedía también una cantidad de carpinteros y artesanos que fijaron residencia en Angostura, en la isla de Margarita y en otros lugares de la costa, para trabajar en la armada y reparación de las naves corsarias republicanas. La abundancia de carpinteros suecos entre los artesanos de Venezuela era todavía muy notable en 1843, según un documento citado por Magnus Mörner [1970, p. 299]. Yo pienso que debe haber una conexión entre la gran proliferación de carpinteros suecos y la actividad de armamento y reparación de barcos corsarios republicanos.

 


 

Los beneficios de la guerra

 

San Bartolomé vivió hacia 1820 una época de prosperidad cuyas premisas habían sido creadas por la política internacional. Aunque Suecia fue una potencia beligerante en Europa durante las guerras napoleónicas, mantuvo en el Caribe una política de neutralidad que benefició grandemente a su posesión antillana. Durante la primera mitad de la década de 1810/19, la actividad comercial de la isla estuvo directamente vinculada a la intensidad de las operaciones bélicas en el área [Ver p. ej. Bergius, 1819, p. 200.].

 

Las premisas del bienestar de la colonia podían, pues, formularse así: estado de guerra en la región y política de neutralidad. El Acta de la sesión del Consejo de Gobierno de la isla, del 20 de abril de 1816, reconocía que

 

"la guerra, tanto entre las grandes potencias coloniales como entre los estados mercantiles rivales, ha levantado nuestro pedazo de roca a la altura de su prosperidad",

 

y agregaba que la paz general

 

"amenaza con socavar la nueva vida de la Colonia, que aún no ha echado raíces, y talvez con retrotraer a la isla a su primera nada..."

 

Con esta significativa fundamentación se presentaban en seguida nuevas disposiciones sobre comercio, especialmente en lo referente a comercio de tránsito,

 

"el único que alguna vez hemos tenido, y el único con que, parece, podremos contar alguna vez". [Acta de la sesión del Consejo de Gobierno en la ciudad de Gustavia, 20 de abril de 1816, firmada por el Presidente de la Corte de Justicia, F. L. Thenstedt. Cf. Åberg, 1965, I:173/174.]

 


 

El negocio portuario

 

Efectivamente, el comercio de tránsito fue la más importante fuente de ingresos de la isla desde los inicios del siglo. Las mercaderías llegadas a Gustavia, procedentes de diversos establecimientos de la región, eran en su mayor parte reembarcadas a otras islas vecinas, a los Estados Unidos o a Europa. Aparte de que la administración ganaba por el cobro de derechos portuarios, que incluían tarifas de trasbordo, los comerciantes y armadores de barcos suecos se beneficiaban con contratos de transporte, puesto que una carga que se trasbordaba en el puerto era considerada primero "desembarcada" y luego "embarcada". En ambos momentos debía ser declarada en la Aduana, y esto solamente podía ser hecho por un ciudadano de la isla. Los capitanes y propietarios extranjeros debían, pues, pagar a agentes locales (generalmente comerciantes establecidos) comisiones cuya tarifa estaba fijada en el 5 por ciento del valor de la carga. Aparte de eso, una carga podía ser "desembarcada" y luego vendida o negociada varias veces antes de ser nuevamente "embarcada" hacia su destino final [Cf. Bergius, 1819, p. 201].

 

Por ejemplo el algodón, tan necesario para la industria textil inglesa, salía de las costas de Nueva Granada y Venezuela en barcos contrabandistas, violando el monopolio comercial establecido por España, y en San Bartolomé era trasbordado a naves suecas que lo conducían a las colonias inglesas vecinas. Como una muestra de estas operaciones puede mencionarse que en los nueve meses que van de octubre de 1804 a julio de 1805, la isla de Dominica importó 541 fardos de algodón, todos procedentes de San Bartolomé en barcos suecos [Armytage, 1953, p. 77, citando registros de naves existentes en Colonial Office Papers, Londres]. El algodón procedía de las colonias españolas vecinas, especialmente Nueva Granada y Venezuela, y cada fardo contenía 100 libras.

 

La información que sigue nos da una idea clara de la intensa actividad sueca en estas operaciones mercantiles:

 

"...Incluso en tiempo de paz, en el trimestre precedente a la declaración de guerra por parte de España, en diciembre de 1804, de los 21 barcos extranjeros que arribaron a Dominica solamente 5 eran españoles procedentes de Tierra Firme, 3 eran daneses, y el resto (13) eran naves suecas del establecimiento comercial de San Bartolomé" [Armytage, 1953, p. 103].

 

Este comercio de tránsito era sin duda muy intenso al comenzar el movimiento de independencia en Hispanoamérica a juzgar por el hecho de que en 1811 entraron al puerto de Gustavia 1.793 navíos. [Kellenbenz, 1989, p. 462, basándose en los Archivos Departamentales de Basse-Terre (Guadalupe).]

 


 

Corsarios y comerciantes

 

Entre 1810 y 1815 los corsarios norteamericanos y su extensa red de contrabando en la región aportaron abundantes mercaderías de tránsito a San Bartolomé. Ellos establecieron las modalidades de tráfico y comercio tan ampliamente usadas después por el corso hispanoamericano. El hecho de que los corsarios de todas las naciones tuviesen el mal hábito de hacer presas ilegales (es decir, de practicar la piratería) cuando así se les antojaba, dio a San Bartolomé y a su islote de Five Islands un gran encanto para estos legionarios del mar. Era en Five Islands donde se hacían las descargas y cargas de presas ilegales y se falsificaban las cartas de remisión de las mercaderías, tanto en el período del corso norteamericano como en el de los corsarios de Hispanoamérica. De este modo, puede decirse que entre 1814 y 1823 los corsarios fueron los principales agentes del comercio de tránsito en San Bartolomé. El legionario inglés James Hackett nos ha dejado un testimonio interesante acerca del comercio de contrabando en la colonia sueca, en donde permaneció con sus compañeros cerca de cinco semanas, a comienzos de 1818, a la espera de incorporarse a las fuerzas patriotas de Venezuela. Según Hackett,

 

"se puede considerar esta isla como el punto de cita general de todos los barcos contrabandistas; a la vista ondean en el puerto de Gustavia los pabellones de todas las naciones, principalmente el de América (del Norte); y me he informado que la mayor parte de la ganancia de los negociantes establecidos en esta isla consiste en el interés que tienen en las naves que practican el contrabando". [James Hackett, 1819, pp. 24 y 25].

 

Este testimonio sobre San Bartolomé coincide con los informes oficiales de las autoridades locales, que he tenido oportunidad de revisar en el Archivo Nacional de Suecia. Sobre el uso de Five Islands como refugio de corsarios y contrabandistas existen además otras fuentes de primera importancia [AGM, 4.401, 4.042 y 4.087; Franco, 1957, pp. 142 y 43; Bealer, 1937, pp. 194 y 203.]

 

En efecto: William Israel, acomodado comerciante de la isla, era agente de varios corsarios argentinos, entre ellos el Santafecino comandado por el capitán Stafford, y se encargaba de reembarcar el botín hacia los Estados Unidos, con documentos suecos, "a los señores Barna, McKinnie y Cía. de Savannah" [Currier, 1944, Apéndice, D.]; y entre los miembros del Consejo de gobierno se contaban personas como William Haddocks, "agente del bergantín corsario de Buenos Aires Independencia", o como Dejoye, "agente de la mayoría de los piratas  que frecuentan este puerto, particularmente el notorio Debouille". [Carta anónima firmada "A Burgher" ("Un Ciudadano"), dirigida al conde de Wetterstedt, sin fecha de escritura pero con sello de expedición en St. Kitts (25/04/1822 RA/SB, VIII:A. Original en inglés.]


 

Los corsarios y el gobierno colonial

 

La documentación existente en el Archivo Nacional de Suecia permite constatar la presencia, en la jurisdicción de San Bartolomé, de corsarios con bandera: a) de Cartagena, en 1814 y 1815; b) de Venezuela y de Luis Aury, entre 1815 y 1819; c) de Artigas, de Buenos Aires, de Chile y de la Gran Colombia, entre 1818 y 1829 [RA/SB.].

 

Particularmente buenas fueron la relaciones de los comerciantes y autoridades locales con los corsarios venezolanos y grancolombianos. En abril de 1816, una de las naves de la expedición de Los Cayos, la General Mariño al mando de Vicente Dubouille, capturó un barco español y el Libertador Bolívar decidió que navegase hacia San Bartolomé para vender su presa y la carga. Allí fondeó con pabellón inglés, y las autoridades le permitieron cumplir su comisión en tres días [Yanes, 1822, pp. 76/77]. Debe tenerse en cuenta que en aquel momento las fuerzas bolivarianas no tenían ni territorio ni gobierno y, por tanto, sus corsarios no tenían derecho a otro trato jurídico que el de simples piratas.

 

En otra ocasión fue confiscado y rematado en Gustavia un barco de Artigas, el bergantín Republicana y, con la anuencia del gobernador Johan Norderling, lo compró el corsario grancolombiano Nicolás Joly. En efecto, La Corte de Gustavia dictó fallo contra el corsario Republicana el 25 de noviembre de 1818 [ROSB, 30/11/1818, p. 1, y 07/12/1818, p. 4], y ya el 25 de enero de 1819 podía Joly comunicar a Bolívar que él había comprado "el hermoso bergantín" [Joly a Bolívar, 25/01/1819, DL, 15:34/35 y O'Leary, Memorias, 16:203/204].

 


 

Refugio y base de operaciones

 

Hay que recordar que la hospitalidad de San Bartolomé hacia los rebeldes hispanoamericanos tenía raíces antiguas. En noviembre 1797 buscaron allí asilo los conspiradores España y Cortés Campomanes, cuando se encontraban en plenos preparativos de revuelta [C. Parra Pérez, 1959, I:139, nota.]. En 1812, comisionado por el gobierno de la Primera República de Venezuela, Martín Tovar Ponte pasó por la isla en su recorrido por las Antillas en busca de pertrechos. Al parecer fue Tovar Ponte quien inició los contactos de amistad y negocios entre el comerciante Juan José Cremony y las fuerzas bolivarianas. Más tarde, al producirse la catástrofe de la república y la caída de Caracas en manos de Monteverde, Mariano Montilla se refugió en la isla sueca. Desde allí escribía, acosado por las fiebres, a Luis López Méndez, informándole sobre la implacable represión desatada por los realistas [M. Montilla a Luis López Méndez, Gustavia, 04/10/1812, F.O., 72/157. Citado por C. Parra Pérez, 1959, II:515.]. El mismo Montilla habría de cultivar, a lo largo de toda la guerra de independencia, muy buenas relaciones con el vecindario de San Bartolomé, y sus hermanas residieron allí durante algún tiempo, antes de instalarse definitivamente en París. En abril de 1818 volvió Tovar Ponte a la isla y desde allí informó a Bolívar sobre el trasbordo de armamentos y legionarios ingleses a los barcos de la república. ["El Archivo de don Martín Tovar Ponte", El Universal, Caracas, 19/04/1916, pp. 4 y 5. Facsímil gentilmente cedido por el Dr. Alberto Filippi.]

 


 

El almirante Brión y el gobernador sueco

 

Por esos días se produjo el más importante contacto directo con los jefes republicanos: fue el que estableció el gobernador Rosensvärd con Luis Brión, almirante de la escuadra patriota. En el islote de Five Islands habían fondeado tres navíos británicos con armamento, municiones y centenares de legionarios para el ejército de Bolívar. Brión había llegado con su escuadra para hacer el trasbordo correspondiente, y la operación fue de tal magnitud que el gobernador se sintió obligado a entrevistarse en secreto con Brión para acordar con él ciertas medidas de discreción frente a los vecinos franceses y españoles. Existe un relato detallado de esta entrevista, escrito por el propio gobernador [Rosensvärd a Wetterstedt, Gustavia, 22/04/1818, RA/SB, V:A. Original en sueco.]. Por él nos enteramos de que Brión había vivido con anterioridad varios años en San Bartolomé y que tenía allí muchos buenos amigos. También vemos en este documento que el uso de Five Islands para el trasbordo de armas y vituallas fue discutido y aceptado por parte del gobernador, "de lo cual no se me podía culpar, puesto que yo no tenía barco armado con qué echarlo de allí" [Rosensvärd a Wetterstedt, Gustavia, informe citado].

 

La respuesta de la corte de Estocolmo al informe de Rosensvärd es elocuente: "El Rey aprueba vuestra conducta con respecto a Brión". [Acta del Consejo de Gobierno, Stockholm, 02/01/1819. RA, Statsrådsprotokoll, Kolonialärenden. Comunicación Real a Rosensvärd. Original en francés, acta firmada por Wetterstedt y por el rey Carl Johan].

 


 

El gobernador Norderling y sus amigos

 

Durante el período del gobernador Johan Norderling (1819-1826) los contactos directos se hicieron muy frecuentes, aunque nunca con jefes de primera línea. Norderling escribió alguna vez a Bolívar y a Brión pero no sabemos si recibió respuesta. Esto ocurrió a mediados de 1820, cuando el almirante francés Duperré capturó a un corsario venezolano que estaba fondeado con su presa en Five Islands. El gobernador de San Bartolomé protestó de inmediato y escribió a Brión y a Bolívar para contarles lo sucedido [Norderling a Wetterstedt, Gustavia, 03/07/1820, RA/SB, VII. Original en sueco].

 

En cambio, están muy bien documentadas, por los propios informes de Norderling a la corte de Estocolmo, sus buenas relaciones con Joly, Pilot, Brotherton, Johnston, Chase, Dubouille y otros muchos jefes corsarios que fueron también oficiales de la escuadra grancolombiana [RA/SB, especialmente VII en adelante].

 

Norderling llegó a hacer acuerdos con el capitán corsario John Obadiah Chase sobre el tipo de saludo y recibimiento que se haría en San Bartolomé a los corsarios de la Gran Colombia [Informe de Norderling, Gustavia, 24/04/1822, RA/SB, VIII:A].

 


 

Ventas de armas a los insurgentes

 

Cuando Norderling asumió su cargo traía instrucciones precisas del rey Carl Johan para vender en la región un importante cargamento de armas, pólvora y municiones. Estas instrucciones establecían "la condición expresa de que las transacciones y rendiciones de cuentas no pongan en evidencia ningún vínculo directo del Gobierno con los compradores pertenecientes a los países insurgentes", y agregaban que en las comunicaciones "que algunas veces serán inevitables, con los Jefes de los Insurgentes", se debería actuar con franqueza y corrección sin reconocer formalmente la independencia [Instrucción real a Johan Norderling, Estocolmo, 06/05/1819. RA, Statsrådsprotokoll, Kolonialärenden. Original en francés. Cf. Vidales, 1988, pp. 29/41].

 

Estos fueron los primeros intentos de establecer algún comercio de significación entre Suecia y las nuevas repúblicas a través de San Bartolomé. Ya en 1816 se había consultado al gobernador de ese entonces, barón Stackelberg, sobre la posibilidad de organizar un depósito de provisiones de guerra en la isla para venderlas en la región. Aunque la respuesta de Stackelberg no fue positiva, se puede constatar quiénes eran los clientes previstos en el proyecto, pues el barón decía que éste "podría posiblemente realizarse con beneficios si los numerosos estados de la costa española de América tienen suerte en sus empresas, es decir, si los Insurgentes tienen éxito; pero en cambio, si no triunfan, no veo ninguna posibilidad para una venta tan grande" [Stackelberg a la corte, 16/05/1816, RA/SB, IV:A. Original en sueco. Versión en español, Vidales, 1988, pp. 29/31].

 

En todo caso, las ventas jamás fueron estrictamente directas, con excepción de dos o tres cargamentos de pólvora que llegaron a Cartagena en el período 1820/26 en el navío Thetis [P. ej. informe de Norderling, 08/11/1823. RA/SB, VIII:B. Original en francés. Citado en español en Vidales, 1988, p. 38]. En 1826 el rey dio orden de preparar un nuevo cargamento de pólvora para enviar a San Bartolomé [Carl Johan a Wetterstedt, Drottningholm, 11/07/1826, RA/SB, IX:A].

 

Los otros equipos y armamentos fueron vendidos, según las instrucciones dadas a Norderling, a través de comerciantes locales, y presentadas como negocios particulares. En la historiografía bolivariana son muy conocidas, por ejemplo, las "contratas de armamento" firmadas entre Simón Bolívar y Juan Bernardo Elbers, así como la venta de provisiones a los patriotas de Venezuela por parte del comerciante Juan José Cremony.

 


 

Incidentes diplomáticos

 

Toda esta actividad tenía necesariamente que provocar reacciones y producir incidentes. Aparte de los innumerables conflictos entre el gobierno de la isla y las autoridades de las colonias vecinas, se deben mencionar las reiteradas protestas del rey de Portugal ante las cortes europeas, particularmente durante los años 1817 y 1818. En muchas de esas comunicaciones se menciona explícitamente al gobernador de San Bartolomé, barón Rosensvärd. Al reunirse el Congreso de Aix-la-Chapelle (otoño de 1818), se renovaron las quejas contra las autoridades de la isla y Suecia prometió formalmente respetar los intereses portugueses y españoles en la región. Con la llegada del nuevo gobernador, Johan Norderling, los incidentes se multiplicaron llegando a su punto culminante a comienzos de 1822, con una protesta formal por parte del Enviado Real español en Estocolmo [Bealer, 1937, pp. 202 y 203; protesta del Enviado Real español, Moreno, a Lars v. Engeström, Estocolmo, 28/03/1822, RA/SB, VIII:A].

 

Simultáneamente, los periódicos norteamericanos arreciaron sus ataques, mencionando explícitamente a Norderling y publicando picantes anécdotas de piratería sacadas de los innumerables procesos que se producían en los puertos de los Estados Unidos. La corte de Estocolmo exigió más de una vez explicaciones a Norderling, pero aparte de cartas justificatorias no hubo cambios en la conducta del gobierno colonial. Debe recordarse que mientras San Bartolomé hacía sus negocios con las nuevas repúblicas, desde Estocolmo se intentaba vender a Colombia y México algunos navíos de guerra. [Informe de Norderling defendiéndose de los cargos que se le hacen, 02/05/1822, RA/SB, VIII:A. Sobre el escándalo de los barcos, Hildebrand, 1950, y Mörner, 1947].

 


 

Conclusión

 

Por supuesto, muchas de las actividades mencionadas en este trabajo suelen ser consideradas como algo reprobable o digno de vergüenza. San Bartolomé fue muchas veces objeto de duras críticas, tanto por parte de extranjeros como de suecos, en razón de sus operaciones comerciales de dudosa legalidad. Pero es necesario constatar, para la mejor comprensión de los hechos históricos, que en todas las colonias de las Antillas se usaban los mismos métodos en aquella época y que, además, existía en toda la región del Caribe una clase cosmopolita, de comerciantes y funcionarios coloniales, que sostenía abierta y públicamente la necesidad y utilidad de tales prácticas. Fiel representante de esta clase fue el citado Bergius, quien argumentaba con entusiasmo en favor de esas prácticas. [Bergius, 1819, pp. 219 y 220]. Recordemos que el libro de Bergius mereció la aprobación del rey Carl Johan. El gobernado Norderling, por otra parte, señalaba que las demás potencias hacían lo mismo, y daba ejemplos de la ayuda inglesa y danesa a los patriotas [Informe de Norderling, 04/10/1820, RA/SB, VII:B. Original en francés].

 

Por razones de espacio no es posible discutir extensamente este punto. Es un hecho, sin embargo, que estas actividades contribuyeron a fortalecer la causa de la independencia hispanoamericana y por eso, según mi opinión personal, fueron positivas. Pero incluso los que piensan de otro modo reconocerán que ellas forman parte de la historia y constituyen un capítulo importante de las relaciones entre Suecia y América Latina.

 


 

 

Bibliografía / Documentos

 

AGM: Archivo General de Marina, Madrid.

 

BOC: BOLIVAR, Simón (1800-1830), Obras Completas, 3 vols., comp. Vicente Lecuna, segunda edición, LEX, la Habana, 1950.

 

DL: BOLIVAR, Simón, y otros (1800-1830), Documentario de la Libertad, vols. 1 a 50, Ed. Presidencia de la República, Caracas, 1983.

 

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La Rana Dorada