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Érase un hombre a una internet pegado; érase una internet superlativa; érase un cyber-pollo a la deriva entre un millón de WEBos empollado. Érase un cyber-loco enajenado llevando el alma en su jompeich cautiva, por un capricho de su suerte esquiva en un mar de WEBadas naufragado. Era un brujo febril del forwardeo, exorcista de emailes y ventanas, monaguillo fatal del deleteo. Era un cyber-creyente peregrino en el éter azul, pateando ranas entre un trago de ron y otro de vino.
Carlos Vidales
(c) 1996

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