La Rana Dorada

Mi amada Juana Inés

Publicado en sueco en
Svenska Dagbladet, Estocolmo,
sábado 15 de abril de 2000


Sucede con frecuencia: Juana Inés y yo pasamos noches enteras juntos. Y después de cada una de esas ocasiones me siento más joven, más alegre y más sano.

Es verdad que ella es monja y que hace más de trescientos años que está muerta. Pero esos detalles no constituyen ningún obstáculo para nuestra relación. Ya se sabe que el amor no conoce límites...

Y esto de cortejar monjas es una antigua y bella tradición hispánica. Muchos hombres geniales me hacen compañía en estos menesteres. Toda la literatura española, desde el cura Juan Ruiz, Arcipreste de Hita y su Libro de Buen Amor, hasta el moderno poeta andaluz Federico García Lorca y su Romancero Gitano, da testimonio de esta beatitud erótica, este juego aparentemente absurdo en que un hombre visita regularmente a una monja, mantiene interminables conversaciones espirituales con ella y le rinde adoración amorosa, mientras ella responde con buenos consejos e indica el recto camino que conduce al reino de Cristo.

Más o menos lo que ocurre entre Juana Inés y yo.

Todo comenzó una tarde calurosa de verano, hace algunos años. Yo me había dedicado a leer sus poemas durante toda la tarde y una profunda fascinación me dominaba. Su tierno feminismo, su amor por la vida y por la gente sencilla, su alegría de conocimiento y su pasión por la sabiduría de la naturaleza me habían cautivado.

El libro que tenía en mis manos se abrió precisamente en la página en que ella, retratada en su celda del convento, dirigía la mirada hacia mí como si estuviera diciéndome: "Buenos días, amigo. ¿Vamos a filosofar hoy? ¿Tal vez podríamos discutir sobre física? ¿O quizás intercambiar ideas sobre el amor, la única esencia verdadera del Universo?"

Desde aquel día adquirí la costumbre de visitarla en mis sueños. En el fondo descansa siempre, al alcance de la mano, su maravillosa biblioteca. Conversamos sobre todas las cosas del mundo, ella cristiana y naturalista, yo ateo y materialista. Y nuestro eterno diálogo siempre nos conduce al enigma más bello y placentero del mundo: el Amor.

Es dulce y vivificador este cortejo intelectual a mi amada monja. Es cierto que el cínico don Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) solamente pudo ver (mucho tiempo antes de que Juana Inés naciera) un rudo y brutal secreto oculto bajo la superficie platónica de una tal relación. En su magistral Historia de la vida del buscón, describe Quevedo cómo la monja cortejada recompensa el amor del hombre que la corteja con comida y bebida, regalos costosos y finos e inclusive dinero.

No, así no funciona mi relación con Juana Inés. Y, por otra parte, Quevedo no debería ser tan cínico. En los tiempos en que él vivió era frecuente que la linda monja fuera hija de una familia rica. Tal vez se trataba de una jovencita que no tenía ninguna vocación religiosa y que en cambio estaba ahí, encerrada en el claustro cumpliendo un castigo de su padre autoritario por algún desliz amoroso, y por ello debía permanecer en el convento durante algún tiempo. Todos sabían que la infeliz muchacha regresaría, tarde o temprano, a la vida mundana. Ella era solamente una hermosa, triste y solitaria monja de ocasión. Entonces era posible que un joven hidalgo aventurero, pobre y sin trabajo, aprovechara la oportunidad para visitarla para darle consuelo y compañía, para derramar un poquito de alegría en su alma mustia. Ella podía, en cambio, ejercitar su misericordia saciando el hambre y aplacando la sed de su visitante, llenado sus bolsas vacías con algún dinero y otorgándole la limosna de buenos consejos espirituales y sanos juegos de ingenio. Todo eso, en perfecta armonía con la doctrina cristiana de aquella época.

Como ustedes ven, mis amigos, la función de la monja cortejada es la más bella y humana forma de asistencia social. Porque está escrito que no solamente de pan vive el hombre sino también de alimento espiritual: literatura, poesía, arte, conocimientos, buenos consejos, relaciones emocionales, compañía, amor, ternura, comprensión. En otras palabras: sin monjas, el mundo sería un desierto frío, inerte.

Hoy, en estos tiempos horrendos de globalización inhumana, el hombre pobre y sin empleo hace cola para ser atendido por una asistente social triste y sin amor, cuya única función es extender un cheque miserable sin recibir nada en cambio. El cortejo ha sido reemplazado por la burocracia desalmada. Tal vez deberíamos organizar las cosas de manera que aquellos que necesitan ayuda social puedan ganarla con sus propios recursos, dando lo mejor que guardan en su corazón a la pobre asistente solitaria, abrumada por la rutina y por el desconsuelo eterno de la administración pública.

Después de meditar sobre todas estas cosas, he llegado a una conclusión emocionante: estoy perdidamente enamorado de una monja.

Ella está muerta desde el 17 de abril de 1695. Pero no se asusten, no soy un necrófilo. Lo que pasa es que yo hablo frecuentemente con ella en mis sueños. Por supuesto, ella es la monja más bella y más inteligente del mundo. Tenía solamente tres años cuando comenzó a leer y escribir, así como suena, ¡paf! de un solo golpe. Puedo garantizar que esto es una hazaña: yo mismo comencé a leer y escribir cuando tenía cuatro años, pero esto lo hice mediante grandes esfuerzos y con ayuda de mi papá.

Juana Inés nació en San Miguel de Nepantla, México, como hija bastarda de un caballero vasco y una india mexicana. Por esto fue declarada "hija de la Iglesia" en el momento de ser bautizada, el 2 de diciembre de 1648. Y desde el primer momento fue una niña alegre, espontánea, indescriptiblemente bella y, para colmo, encantadora. Nadie podía resistir su embrujo.

— Cuando era niña quería saberlo y aprenderlo todo — confiesa. — Mi curiosidad era tan grande que llegué a vestirme con ropas de hombrecito para colarme de contrabando en la escuela. Mi tío y mi abuelo materno consintieron en esta trampa.

Aprendió latín en veinte lecciones y al poco tiempo se convirtió en una autoridad en esa lengua.

— Tu belleza me tiene loco —, le digo. — Ya sabes que eres bella, pues tú misma has escrito una pieza teatral sobre una mujer inteligente y bella que habla sobre su propia belleza:

    Decirte que nací hermosa
    presumo que es excusado
    pues lo atestiguan tus ojos
    y lo prueban mis trabajos.

Y entonces pregunto:

— ¿Pensabas en ti misma cuando escribiste esa estrofa?

— Pues... no pude evitar pensar en mí y en mis admiradores. Pero los versos iban sinceramente dedicados a la esposa del Virrey, doña Leonor Carreto, marquesa de Mancera, a cuyo servicio fui puesta cuando tenía dieciséis años. Ella fue mi protectora y me amaba como una hermana tierna y maravillosa. Era bella, de origen humilde y muy culta...

— Ustedes dos tenían entonces varios rasgos en común. A ti te pusieron pronto el apodo de "la favorita de la virreina", y algún cura chismoso escribió años más tarde que la marquesa "no podía vivir un instante sin Juana Inés". Algunos llegaron a insinuar que esta relación era "rara". ¿Qué me dices sobre esto?

— Fabricar chismes malvados ha sido siempre más fácil que intentar comprender la ternura y el amor, más fácil incluso que escribir poemas...

Entiendo lo que Juana Inés me quiere decir. Ella se dedicó sin descanso a escribir poesía, pequeños ensayos, versos religiosos y cartas de cortesía, muchas de ellas por encargo de personas poderosas que siempre estaban listas a pagar con aplausos, elogios y admiración.

Cuando tenía veintiún años ingresó en el convento de San Jerónimo, a pesar de no tener ninguna vocación religiosa. Lo cual, dicho sea de paso, es una de las cosas que más me gustan de su personalidad. La pregunta es obligatoria:

— ¿Por qué elegiste ser monja? ¿Estabas cansada de los placeres mundanos?

— ¡No, Dios me libre! —, responde con sonrisa irónica. — Te lo voy a explicar con las mismas palabras que en su oportunidad usé en mi escrito titulado Respuesta a Sor Filotea, que tantos problemas me causó en la vida: Entréme de religiosa porque, aunque conocía que tenía el estado de cosas (de las accesorias hablo, que no de las formales) muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación.

— Sí, eso ya lo he leído. Pero también confiesas en ese mismo escrito que tu primer y más fuerte deseo era vivir sola y "no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros". O sea, mi querida Juana Inés, que elegiste el convento como un mal menor, como lo demuestran tus palabras y el ajuar de tu celda, llena de libros profanos, de estudios filosóficos y científicos y de instrumentos de física, química y astronomía. Por otra parte, ¿qué quieres decir con eso de que buscabas la seguridad de tu salvación?

— Amigo mío, respóndeme ahora: ¿Cuál habría sido mi destino ahí, en la vida mundana, siendo yo una muchacha de origen ilegítimo, sin casa y sin la protección de un padre?

Yo pienso: "¡Encantado me hubiera casado yo contigo!". Pero no digo nada. Ella ya ha dicho que no le gusta el matrimonio. Y además, por desgracia, yo nací en un siglo equivocado...

Por alguna extraña razón ella no puede leer mis pensamientos, a pesar de que nuestras conversaciones se desarrollan precisamente ahí, en mis pensamientos. Esta afortunada circunstancia me permite conservar ciertos secretos bien guardados. Ella continúa:

— En el claustro continué escribiendo poemas y cartas de amor por encargo. Diariamente recibí visitas de gente de la corte, admiradores, sacerdotes y funcionarios de alto rango, y repartí obsequios y regalos a pobres y ricos. Los placeres mundanos fueron generosos conmigo.

Sí, lo sabemos. Ella no lo dice, pero hay indicios ciertos de que el convento pagó los costosos obsequios a la gente rica e influyente, ya que esto significaba una acertada inversión en gastos de relaciones públicas. Yo prefiero no preguntarle nada sobre este asunto, para no violentar su discreción.

— Tus poemas sobre los Derechos de la Mujer son muy bellos...

— ¿Derechos? Tú hablas con palabras extrañas, amigo mío. Yo escribí sobre el valor igual que todos los seres humanos tienen, y la identidad única de cada ser humano. La Naturaleza no tiene "derechos". La Naturaleza tiene solamente valores naturales, naturalidades, y en ella la mujer es una persona natural que a cada instante es sacrificada en una sociedad antinatural.

— Bonito argumento. Pero tú, mi bella monja, tú te sacrificaste a ti misma. Tuviste miedo de la Inquisición, de tus perseguidores, de tus enemigos, prometiste que dejarías de escribir tus poemas para siempre, arrojaste tus libros a la basura y firmaste una abjuración humillante. Después te moriste de peste y te quedaste callada para toda la eternidad.

— Me quedé callada cuando ya había dicho todo lo que tenía que decir. Prometí no publicar nada más cuando ya había publicado mi obra completa. Entregué mi biblioteca a los Inquisidores cuando ya había comprendido el contenido de todos esos libros, y cuando ya lo había convertido en poemas. Engañé a todos mis jueces. Creyeron callarme para siempre, pero mi voz sigue viva en las gentes que buscan el amor y la vida, la verdad y los secretos maravillosos de la naturaleza. Engañé a los inquisidores. No te dejes tú engañar por ellos. No olvides que yo escribí mi abjuración para ellos, pero toda mi obra la escribí para ti y las gentes honradas de la tierra.

Así es Sor Juana Inés, mi amada monja.

C.V. (c)
Estocolmo, 2000.