La Rana Dorada
Internet y Cultura
Carlos Vidales

Juan Pérez de Montalván publicó en 1636, bajo el título de Fama Póstuma, una detallada biografía de Lope de Vega Carpio, muerto apenas un año antes en Madrid. No parecía tarea fácil hacer el recuento de la vida y la obra de este personaje a quien el gran Cervantes llamó "monstruo de la naturaleza", y cuya fecundidad prodigiosa se resume con unas cuantas estadísticas sobrenaturales: Lope escribió más de 1.800 piezas de teatro, 400 Autos sacramentales, 1.587 sonetos, incontable número de baladas, redondillas, elegías, epístolas y otras muchas composiciones líricas, más una cantidad aún hoy desconocida de piezas religiosas y cartas cortesanas.

Es verdad que "solamente" se han conservado 426 piezas de teatro de las 1.800 originalmente escritas. También es cierto que gran parte de la obra de Lope se ha perdido, o permanece aún oculta en algún rincón olvidado, en el oscuro sótano de alguna casona antigua. Pero eso no impide que la formidable fecundidad del Fénix de los Ingenios excite nuestra imaginación hasta más allá de los límites del absurdo.

Algún curioso, más interesado en las medidas físicas de esta obra que en su calidad literaria, ha calculado que la producción de Lope, puesta una hoja al lado de otra desde el comienzo hasta el fin, serviría para trazar el camino de ida y vuelta a la luna, y todavía sobrarían hojas para un viaje transatlántico.

Lope de Vega escribió todo eso con una pluma de ganso. Afortunadamente para él y para los lectores que amamos su ingenio maravilloso, no tuvo que sufrir la infancia de los ordenadores personales, esos malditos aparatos que nos hicieron la vida imposible durante las décadas de los ochentas y los noventas y que recién ahora comienzan a servir para escribir uno que otro artículo con sentido.

En efecto, hace apenas una docena de años estábamos todavía luchando con programas que se "congelaban" en la pantalla del ordenador, mensajes infames que nos ordenaban apagar el aparato y volver a instalar todo. Por esto los llamamos "ordenadores", aunque hay optimistas que prefieren llamarlos "computadores". Mi amigo Quevedo, con mayor sentido de la relidad, los habría llamado "emputadores".

Los sufrimientos del pionero informático incluían máquinas impresoras que se atragantaban con el papel y disquetes que se magnetizaban y desmagnetizaban como señoritas volubles y frívolas. Lope no habría sido capaz de terminar siquiera un soneto con estas máquinas infernales.

Pero la humanidad -al menos la pequeña horda de locos que por entonces tenía la insensata idea de que los ordenadores servirían para algo- se empeñó con heroísmo y sacrificó toda una generación de genios literarios en aras del desarrollo cibernético. Miles de héroes abnegados, entre los cuales me cuento, entregamos todas nuestras energías y nuestros recursos a domesticar a los ordenadores y explorar sus maravillosas habilidades, mientras otros, menos concientes de su responsabilidad histórica, se dedicaban a escribir novelas famosas y a recibir premios internacionales de grueso calibre.

Hoy, gracias a nosotros, los papeles se han invertido. Mejor dicho, los papeles se han convertido en electrones y las plumas de ganso en ondas cibernéticas. Acabamos de publicar -nosotros, sí, los novelistas frustrados, los locos de la internet- la primera novela de Stephen King en forma electrónica, y el hecho reviste toda la fuerza de un símbolo vengativo. Porque Stephen King, este Lope de Vega del terror, este escritor que fabrica una novela espeluznante en cuatro días y gana una cantidad inimaginable de millones de dólares cada doce meses, ha decidido ensayar sus habilidades narrativas comunicándose con lectores de todas las latitudes en la librería sin fronteras del ciberespacio.

Y casi al mismo tiempo, el argentino Ernesto Sábato ha puesto en la red, en formato "Glassbook", su hermoso ensayo La Resistencia, que es (¡oh, ironías de la vida!) un apasionado llamamiento a la resistencia de los pueblos contra la globalización. Sábato ha comprendido que la resistencia contra la globalización debe ser global, y por ende debe manifestarse por las avenidas abiertas de la red cibernética, esas avenidas donde transitan las abigarradas muchedumbres de filósofos, mercaderes, accionistas de la bolsa, traficantes de niños y predicadores de la fe, literatos e historiadores, señoritas desnudas y politólogos adustos, propagandistas de la guerra y coleccionistas de tangos ya olvidados, dibujantes de ciencia ficción y sicoanalistas sin diván.

Todas las especies de la especie están ahí, yendo y viniendo, traficando, husmeando, olfateando y opinando como en un bazar turco. "Internet y la cultura" resulta por eso una expresión tan pintoresca como podría serlo "la Calle de Alcalá y el teorema de Pitágoras". ¿Dónde, si no en internet y en la Calle de Alcalá (o en cualquier otra avenida del mundo), podría transitar con mayor libertad que nunca la cultura o expresarse con toda su cruda desnudez el teorema de Pitágoras con sus dos catetos turgentes y su esbelta y sensual hipotenusa?

Una avenida para todos
Porque internet no es más que eso: una avenida para todos, donde todos -por ahora- pueden decir, escribir y comunicar lo que se les venga en gana. En esa ancha vía se pasea ya, con más libertad que en ningún otro de los campos de la actividad humana, la cultura, como hace dos milenios y medio lo hacía en la plaza pública, en el ágora griega, entre vendedoras de verduras, prostitutas, mercaderes y maleantes.

No existe ningún otro ámbito de la vida humana donde uno pueda encontrar a Heráclito al lado de Cervantes, las pinturas de Diego Rivera y las colecciones privadas con cuadros de Klee, Miró o Van Gogh, obras que no es posible ver en ningún museo y cuyas reproducciones están al alcance de cientos de millones de curiosos en todo el mundo. Los escritores jóvenes hacen sus primeros intentos en "jompeiches" (barbarismo español de Home Pages) propias o ajenas, miles de "jompeiches" se alojan bajo los aleros de "portales" comerciales, gigantescos paraguas donde cada cual puede producir lo que quiera a cambio de convivir con uno que otro anuncio publicitario, y los que tenemos más escrúpulos y algún centenar de dólares publicamos nuestras "jompeiches" privadamente sin aceptar anuncios ni hacerle concesiones al cochino capitalismo que nos ha derrotado en toda la línea (por ahora) y nos deja vivir la ilusión de los principios, siempre que tengamos con qué pagar.

Ardua empresa sería intentar una clasificación de la masa de cultura que transita por internet y aumenta su cauce día tras día. La información nacional, gubernamental, de cada país, incluye valiosos datos sobre la cultura, las creaciones y las formas de vida social de cada pueblo. Las universidades y centros de enseñanza difunden conocimientos que reavivan las raíces culturales de regiones enteras, de pueblos y familias de pueblos. La Universidad de Guadalajara (México) tiene una bella página de cocina mexicana que ha hecho las delicias de mis hijos gracias a mis habilidades de virtuoso cocinero. Los claustros españoles nos regalan magnífica información sobre el legendario Camino de Santiago, esa ruta que fue de peregrinaje obligado de todos los europeos durante la Edad Media y que, al decir de Goethe, fue la cuna de la unidad europea. Los universitarios brasileros dedican hermosas páginas al movimiento trágico de Canudos y su líder profético, Antonio Conselheiro. Los venezolanos nos obsequian con la insuperable BitBlioteca virtual, una sobrehumana Torre de Babel de las letras ciberespaciales. Los argentinos nos dan gratuitamente la obra completa de Borges, el Martín Fierro y muchos inolvidables tangos ya olvidados. La obra de Lope de Vega comienza ya a asomarse, junto a la de Cervantes, Quevedo, San Juan de la Cruz, Santa Teresa y Sor Juana, en textos íntegros, de inmejorable calidad, gratuitos. Mucho de la obra pictórica de nuestra amada Frida Kahlo está ya en la red, a la espera de nuestros ojos ansiosos.

Así, la cultura se pasea por una avenida cada vez más ancha. La cultura siempre tuvo la tendencia a desbordar los límites pero se encontraba de frente con la geografía, las aduanas, los idiomas, las vigilancias del estado. Ahora fluye incontenible. Transgrede las fronteras de los países y los idiomas, de las edades y los colores, se reparte generosamente por un mundo que nunca habría soñado tanta riqueza y tanta diversidad.

El libro electrónico
A la par de esta feria de la cultura, que por primera vez se expone ante mil millones de afortunados (recordemos que todavía hay más miles de millones que no tienen acceso a estos placeres), comienza ya a florecer el Libro Electrónico. Se trata de aparatos lectores en forma de libro, capaces de contener una biblioteca entera, que despliegan ante nuestros ojos una página tras otra, con espléndida nitidez. Yo llevo en mi bolsillo uno de esos aparatos y puedo leer en el bus o en el tren, mientras voy viajando, las obras que he guardado previamente en su memoria electrónica. Justamente hoy van los siguientes títulos en esta biblioteca portátil: El Arte de la Guerra de Sun Tzu, De la Guerra, de von Clausewitz, cuatro relatos de Mark Twain, las Hojas de Hierba de Walt Withman, el Diccionario Encarta y una deliciosa crónica sobre brujas y cacerías de brujas, publicada en el siglo XIX. Todavía cabrían más obras, por ejemplo tres o cuatro piezas dramáticas de Shakespeare y tal vez Fuenteovejuna de Lope de Vega, pero ocurre que estoy preparando una charla sobre las guerras del siglo XX y no tengo tiempo para otras tragedias, por ahora. Withman y Mark Twain son, por otra parte, mis eternos compañeros.

Por supuesto, yo tengo también mi biblioteca de papel porque amo el contacto físico con mis libros. Nada en el mundo remplazará jamás el placer sensual, epicúreo, de acariciar el libro amado, hojear sus páginas desteñidas por el tiempo y por la insaciable curiosidad de nuestros ojos, cabalgar por sus praderas pobladas de letras mágicas y criaturas de leyenda, sentir el olor de tintas antiguas o empastes modernos y perderse, con fascinado deslumbramiento, entre los alineados renglones donde rugen huracanes y se libran batallas memorables, vuelan dragones y mariposas amarillas, o hacen su peregrinaje por la vida imaginaria Lazarillos de Tormes y Aurelianos Buendías. ¿Cómo podríamos vivir sin el amado papel, sin la entrañable tinta, sin la página doblada para el recuerdo, marcada para poder soñar despiertos otra vez, o sin el inicio de un capítulo inolvidable que alguna abuela ya muerta señaló con una flor disecada, para que la emoción fuera eterna, por los siglos de los siglos?

Sí, el libro impreso vivirá para siempre, nada podrá jamás sustituirlo. Pero yo trabajo cada día más con el libro electrónico, porque con él toda diligencia de investigación se hace más rápido, la técnica de hacer notas está automatizada y puedo preparar mis clases con mayor fluidez. El libro electrónico tiene la ventaja de que uno puede intercalar anotaciones y hacer subrayados o marcas de diferente color, dejar puntos señalados para volver allí automáticamente cuando desea hacer citas, y finalmente limpiar todo y dejar el texto como nuevo, cuando uno ha terminado su trabajo. Un aparato de 300 o 400 gramos puede contener una tonelada de libros en su memoria, y uno puede consultar todos esos libros mientras se toma un café o recorre la ciudad en un bus.

Tal vez, algún día, todo esto me dé tiempo para escribir las 1.800 piezas de teatro que llevo en la cabeza. Si ese día llega, escribiré mis obras con una pluma de ganso.

(C) Carlos Vidales 2000
Estocolmo