Francisco Bilbao

Carlos Vidales

 
 El 18 de febrero de 1864, a los 41 años de edad, murió en Buenos Aires, desterrado y pobre, el revolucionario chileno Francisco Bilbao. Pocos lo recuerdan hoy, pero el cariño y la gratitud exigen al menos unas líneas en su memoria.

 La historia de las ideas socialistas en América Latina está llena de figuras extraordinarias por su originalidad, su fuerza creadora y su entusiasmo generoso. Desde los primeros días de la prensa obrera, allá en las pampas salitreras y cupríferas de Chile, en 1828, hasta la gran huelga proletaria de Cananea, que inició la Revolución Mexicana, en 1910, se desarrolló un vasto movimiento social y político, de masas y de ideas, de organizaciones y líderes, huelgas, rebeliones. motines y revueltas, triunfos y derrotas, crueles masacres y jornadas de esperanza. En ese proceso, accidentado y dramático, ardieron y se consumieron vidas de héroes anónimos, artesanos y obreros, campesinos, mineros, cargadores del puerto, peones del ferrocarril, costureras, panaderos, en fin, proletarios de todos los oficios. Pero también ardieron, con luz propia e intensa, héroes singulares, pioneros de las ideas, trabajadores de la teoría, intelectuales que intentaron trazar el camino y las fórmulas que habrían de garantizar la redención de los oprimidos.

 Entre esos héroes del pensamiento destaca el chileno Francisco Bilbao, no solamente por la audacia de sus escritos, sino también por su gran capacidad de organización, por su visión política, por la amplitud continental de sus planteamientos y por la tenacidad con que defendió sus proyectos revolucionarios hasta el último minuto de su vida.

 Un brevísimo resumen de la existencia de Bilbao nos dará los siguientes hitos de importancia:

 Nació en 1823, en Santiago de Chile, en el seno de una familia muy aristocrática pero fuertemente influida por las ideas liberales. Su padre fue frecuentemente perseguido y desterrado por los conservadores, desde la época de la dictadura de O'Higgins, y esto marcó en su corazón un ardiente amor por la libertad. Estudió en el Instituto Nacional y tuvo por maestros al ilustre Bello (quien, como se sabe, había sido maestro de Simón Bolívar y fue después fundador de la Universidad de Chile), al pensador radical Vicente Fidel López y al brillante José Victorino Lastarria, el más democrático y progresista de los liberales chilenos. Bajo la influencia de esos maestros leyó a Rousseau, a los principales enciclopedistas, a Gibbon y Vico, y a los socialistas franceses contemporáneos. Antes de cumplir los veinte años ya había traducido al español la obra De la esclavitud moderna, de Lamennais, autor que se convirtió pronto en su guía intelectual.

 En 1843, a los veinte años de edad, publicó su primer trabajo: Sociabilidad chilena. En él, con un estilo vigoroso, señalaba su adhesión a los principios esenciales de la revolución de independencia, tal como él los concebía: republicanismo, igualdad de los ciudadanos, preponderancia de la sociedad civil sobre el militarismo, abolición completa de los privilegios de la Iglesia, igualdad de derechos para todos sin distinción de razas ni de credos, y supremacía de los intereses generales del pueblo sobre los intereses de los particulares. Todo esto ya era, de por sí, insoportable para la rancia oligarquía chilena, pero además las formulaciones de Francisco Bilbao eran verdaderas bofetadas. "Querer continuar los resultados de la revolución es querer hacer otra revolución", decía refiriéndose a la necesidad de culminar la obra de la independencia; "La mujer está sometida al marido. Esclavitud de la mujer", afirmaba al analizar las premisas familiares del poder oligárquico, y agregaba que "esta desigualdad matrimonial es uno de los puntos más atrasados en la elaboración que han sufrido las costumbres y las leyes. Pero el adulterio incesante, ese centinela que advierte a la leyes de su imperfección, es la protesta a la mala organización del matrimonio". Al analizar la estructura injusta del poder clerical, señalaba que "Jesús fundó una democracia religiosa, Pablo una aristocracia eclesiástica". En suma, Bilbao sometía a una crítica demoledora todos los poderes, todas las bases del Poder, el patriarcalismo, el autoritarismo, la desigualdad de sexos y de clases, e incluso el sistema de represión y domesticación mental que constituía la base de la educación: "El pensamiento encadenado al texto, la inteligencia amoldada a las creencias".

 Naturalmente, semejante diagnóstico tenía que provocar la ira del enfermo, y la respuesta fue un juicio fulminante. En junio de 1844 Bilbao fue expulsado del Instituto Nacional, el periódico que contenía (por entregas sucesivas) la Sociabilidad Chilena fue quemado por mano del verdugo, en la plaza pública, y nuestro joven subversivo fue condenado a pagar mil doscientos pesos de multa (lo que valía una casa). Pero los señores jueces no contaban con la reacción del público. Una masa compacta de estudiantes, artesanos y obreros rodeó el tribunal en medio de gritos y arengas encendidas. Los amigos de Bilbao recolectaron en unos pocos minutos, de manos de la muchedumbre, los mil doscientos pesos de la multa, y una vez pagada ésta los manifestantes exigieron airadamente que les entregaran los jueces y leguleyos para hacer justicia con ellos. Los guardianes de la Ley tuvieron que salir a esconderse, huyendo de la furia popular, y Bilbao se convirtió en un héroe de las masas.

 Sin embargo, perseguido por la reacción conservadora, debió irse de Chile. Llegó a París a comienzos de 1845, cuando la monarquía de julio comenzaba su agonía. Allí participó activamente en los círculos republicanos revolucionarios y estableció contactos con los autores que admiraba: Michelet, Quinet, y especialmente Lamennais. Este último lo trató con un amor de padre, y esta relación padre-hijo nunca se alteró.

 Entre 1845 y 1848 viajó Bilbao por muchos países de Europa, siempre en busca de contactos intelectuales y políticos. Regresó a París en junio de 1848, cuando Francia se debatía en una grave convulsión. Luis Felipe había caído en febrero (el mismo mes en que había salido a la luz el Manifiesto Comunista de Marx y Engels), y bajo la inspiración de los socialistas se había proclamado el derecho de sufragio universal, que hizo subir de un solo golpe el número de votantes de 200.000 a nueve millones. Italia se hallaba sumida en la revolución. Hungría y Polonia, sublevadas por la libertad, eran ahogadas en sangre por el imperio Austro-Húngaro. En Berlín ardían las barricadas. Entre el 23 y el 26 de junio, las masas de obreros de París fueron ametralladas, en feroces combates con las fuerzas del gobierno. Más de quince mil proletarios murieron en los enfrentamientos, y miles más fueron deportados a la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa. El gobierno francés acudió luego en ayuda de las fuerzas reaccionarias de Europa, para apagar los alzamientos en Italia, Alemania, Hungría y Polonia. Francisco Bilbao, con la amargura de la derrota, regresó entonces a Chile, a donde llegó en febrero de 1850.

 Casi inmediatamente fundó la Sociedad de la Igualdad, con un grupo de entusiastas amigos y seguidores, entre los cuales sobresalía el brillantísimo y audaz Santiago Arcos, a quien sin duda alguna cabe el mérito de ser el primer teórico comunista de la historia de Chile. La Sociedad de la Igualdad fue en sus comienzos un grupo de discusión política y cultural, pero pronto se volvió un verdadero partido político, con agitadores y organizadores venidos de la clase obrera y de los gremios artesanales. Bilbao era el orador más ardiente, el consejero más agudo y el organizador más entusiasta de este partido. Cada una de sus iniciativas y propuestas parecía dirigida a un solo fin: el alzamiento revolucionario de los trabajadores. El gobierno dio órdenes de disolver e ilegalizar la Sociedad de la Igualdad, y ésta pasó a la clandestinidad. Muchos dirigentes y activistas fueron encarcelados. Bilbao y Arcos concentraron su trabajo en las minas de Copiapó y la Serena, y al comenzar el año de 1851 lanzaron a los mineros a la insurrección.

 La Comuna de la Serena fue una epopeya que libró sus combates, con un gobierno obrero y un ejército proletario, durante casi tres meses, en 1851, veinte años antes que la Comuna de París. Sus jefes ideológicos fueron Francisco Bilbao y Santiago Arcos. Su órgano político, la Sociedad de la Igualdad, el primer partido proletario de la historia latinoamericana. Su derrota, a manos del ejército chileno, fue terrible y sangrienta, pero mientras existió fue un ejemplo de democracia de los trabajadores, con sus representantes elegidos por votación directa, con participación plena y con la más amplia libertad de tendencias.

 Después de esta derrota Bilbao partió al destierro, esta vez al Perú. Participó activa y febrilmente en las campañas populares contra el gobierno corrupto de Echeñique, publicó encendidos artículos exigiendo la abolición de la esclavitud, y comenzó a organizar grupos para provocar una insurrección popular. El gobierno inició la persecución y Bilbao tuvo que asilarse en la embajada francesa. Desde allí siguió conspirando. En 1854 estalló finalmente la revolución y el astuto general Ramón Castilla asumió su jefatura con firmeza de caudillo guerrero y artimañas de patriarca populista. Bilbao creyó en él y le ofreció su apoyo desinteresado. Comenzó nuevamente con su prédica "extremista", sin darse cuenta de que Castilla no estaba interesado en una revolución social. Así pues, Bilbao fue a parar a uno de los calabozos de la Inquisición, acusado por el mismo gobernante que él había ayudado a triunfar.

 De allí salió, gracias a la ayuda de amigos, conspiradores y diplomáticos. Y viajó nuevamente a París. Llegó a la Francia de Napoleón III. Sus viejos amigos estaban desterrados, algunos de ellos en Bélgica. Allí había también muchos exiliados y refugiados de otros países hispanoamericanos (como se decía entonces). Bilbao entonces los buscó, los reunió en una serie de encuentros, y los instó a a regresar a sus países para promover un Congreso Federal de las Repúblicas que le diera unidad política a los pueblos hispanohablantes de América. El 22 de junio de 1856 dictó una conferencia en París con el mismo contenido, y en ella, por primera vez en nuestra historia política, se empleó la expresión América Latina en un contexto progresista, antiimperialista. En esa conferencia, con genial lucidez, pronosticó Bilbao, con medio siglo de anticipación, el robo de Panamá y el control del Canal interoceánico por parte de los Estados Unidos, las sucesivas agresiones imperialistas sobre Centroamérica y las Antillas, el injusto "panamericanismo" del coloso del Norte, y los peligros de la discriminación racial. Su propuesta de unión latinoamericana era detallada, ponderada, precisa. En suma, esta conferencia de Bilbao, la última de sus grandes propuestas políticas, constituye una pieza imprescindible para el estudio de las ideas de integración en América Latina.

 Luego de estas actividades y de una gira por Italia, Bilbao regresó a su amado continente. A comienzos de 1857 desembarcó en Buenos Aires. Venía enfermo y desgastado, a pesar de su juventud. Violentos ataques sacudían su cuerpo y lo postraban durante días enteros. Sin embargo, hizo en Argentina lo que siempre había hecho en cualquier país en que se encontrara: participó intensamente en la política, organizando grupos, dictando conferencias y publicando artículos. Sus enemigos lo calumniaban, lo amenazaban, lo perseguían. Pero él continuaba trabajando por sus ideas. Colaboraba con Urquiza, quien le había encargado la redacción de "El Nacional Argentino" en favor de la unidad nacional, y al mismo tiempo mantenía nutrida correspondencia con sus compañeros de Chile, quienes conspiraban preparando una nueva insurrección obrera. Fueron años intensos, durísimos, marcados por los pasos presurosos de la muerte, que se fue apoderando de su cuerpo sin darle tregua ni descanso.

 Francisco Bilbao trabajó hasta el último minuto de su vida. Vivió luchando por los trabajadores de todos los países. Sus exilios no fueron remansos ni ausencias del combate. Estuvo en las barricadas de París y en las huelgas de Italia, en los debates ardorosos de Buenos Aires y en las violentas escaramuzas de Lima, con la misma pasión y el mismo amor por la justicia con que acompañó a los mineros heroicos de la Serena, en el norte chileno.

 Fue un héroe sin fronteras, y por eso merece cariño y gratitud.


Carlos Vidales
Estocolmo, julio de 2007


La Rana Dorada